enero 15, 2008

Lawrence Sterne (1713-1768): El buen escritor que robaba

Anthony Burgess afirmó cierta vez que "Sterne creó una novela notable y excéntrica al escribir Tristram Shandy", un juicio similar al del crítico inglés C. E. Vaughan, para quien el libro "se mantiene al margen de la ficción contemporánea gracias a su originalidad". Quien lea el Tristram Shandy tendrá por fuerza que coincidir con estas afirmaciones: su protagonista y narrador pretende contar su vida y opiniones, pero para hacerlo tiene que remontarse a su nacimiento, y antes de él a su concepción, lo que lleva a que no nazca sino hasta el tercer libro de los once que Sterne consiguió componer antes de morir; además, el suyo no es un relato lineal, sino que las interrupciones y digresiones continuas de narrador y personajes hacen que el libro no parezca avanzar en absoluto. Más aún, estas digresiones tienen por tema principal la ambigüedad de las palabras, de la que el autor se beneficia para crear pasajes de una escatología inconcebible para un escritor del siglo XVIII que además era párroco anglicano, a todo lo que hay que sumar juegos tipográficos, cortes, asteriscos, dibujos, páginas en blanco e incluso dos ―famosas― en negro. El resultado es radicalmente diferente, al menos en apariencia, al resto de las novelas inglesas de la época, con su entusiasmo por la virtud, la rectitud moral y el "buen gusto".

Mientras que la crítica coincide en señalar las deudas de Tristram Shandy con Jonathan Swift, Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais y el Quijote de Miguel de Cervantes, otras influencias suelen pasar desapercibidas, como la del filósofo inglés John Locke, y otra cuyos contemporáneos descubrieron, alarmados: la de La anatomía de la melancolía, del clérigo inglés Robert Burton. En lo que hace a esta última obra, el Tristram Shandy ―uno de los libros más originales de la lengua inglesa― no resulta tan original. Quizás la palabra plagio sea la más conveniente para designar la relación entre ambas obras, y ella es la que usaron los contemporáneos de Sterne cuando llegó el momento.

TRENZANDO LA MISMA CUERDA

En 1759, Lawrence Sterne era un párroco rural en Sutton-in-the-Forest, tenía cuarenta y seis años, mala salud, una mujer, Elizabeth Lumley, a la que no quería y que acabaría enloqueciendo, una hija, afición a la bebida y fama de bromista. Un día, para curar un acceso de melancolía, comenzó a redactar lo que sería el Tristram Shandy. Su entusiasmo y el placer obtenido por la escritura fueron tan grandes que, pese a corregir abundantemente, Sterne escribió catorce capítulos en seis semanas; seis meses más tarde había terminado los dos primeros libros, y se prometió a sí mismo escribir dos volúmenes al año por el resto de su vida.

En mayo de 1759 escribió al editor Robert Dodsley ofreciéndole el libro pero éste lo rechazó. Sterne publicó por su cuenta una pequeña tirada, que se vendió de inmediato, y Dodsley debió comprar por seiscientas libras los derechos de una obra que no había querido adquirir por cincuenta. Algo así como del día a la noche, Sterne se convirtió en un autor alabado y requerido por todos; viajó a Londres y fue recibido en Windsor, residencia de la familia real, además de por empresarios y letraheridos de todo tipo. Sus obras continuaron vendiéndose a un promedio de cuatro mil ejemplares, lo cual era una enorme cantidad para aquella época. El éxito de Sterne tuvo la consecuencia que suele tener en todas las épocas: los ataques contra el escritor arreciaron, centrados principalmente en la gran cantidad de préstamos indebidos que podían leerse en su obra.

Sin embargo, no fue hasta la década de 1790 cuando estos ataques adquirieron una virulencia inusitada. Todo comenzó en 1791, cuando cierto John Ferriar, un médico que se había interesado por el libro de Sterne debido a las referencias en él a la obstetricia, llamó la atención en un libelo acerca de la deuda que el clérigo tenía con Rabelais, además de con los también franceses D’Aubigné, Beroalde, Tabarin y Bruscambille. Su acusación más grave, sin embargo, fue la de haberse apropiado de pasajes completos del libro de Burton, acusaciones que profundizó treinta años después de la muerte de su objeto de estudio.

En “Illustrations of Sterne” (1798), Ferriar destacó el "robo" indudable a Burton del que Sterne parece regodearse en el primer capítulo del quinto libro de Tristram Shandy, llamado habitualmente por la crítica el "capítulo de los plagios"; allí Sterne parece querer anticiparse a sus críticos preguntándose, en un comentario sobre su propio método de escritura: "¿Nos vamos a pasar la vida fabricando libros como los boticarios fabrican recetas, limitándonos a echar cosas de una vasija en otra? ¿Nos vamos a pasar la vida trenzando y destrenzando la misma cuerda?", lo que es un plagio descarado del prefacio de La anatomía de la melancolía, donde Burton había escrito: "Como boticarios, hacemos nuevas recetas todos los días, echando de una vasija en otra [...] tejemos la misma red, trenzamos la misma cuerda una y otra vez".

Un plagio de este tipo puede ser visto de dos maneras: como una broma literaria cuya finalidad sería suscitar sorpresa y risa en el lector o como un robo descarado; pese a que la crítica tiende a inclinarse por el primero de los términos, lo cierto es que para que la sorpresa y la risa tengan lugar tiene que existir la posibilidad de que el lector reconozca el préstamo y su origen. La anatomía de la melancolía, publicada originalmente en 1621, tuvo reediciones en 1624, 1628, 1632, 1638, 1651, 1660 y 1676; para cuando Sterne publicó los primeros volúmenes de Tristram Shandy era un ítem de anticuario, un libro publicado más de ochenta años atrás y ya olvidado por la mayoría, como prueba el hecho de que sólo pocos de sus lectores descubrieron el plagio pese a la gran cantidad de pasajes similares: para la mayor parte de ellos, los estos pertenecerían al genio original y único del autor de Tristram Shandy.

ROBANDO A UN MUERTO

Ninguna de las obras de Sterne escaparía a las acusaciones de plagio a lo largo de los años. Sus sermones, publicados en 1760 bajo el título de "The Sermons of Mr. Yorick" (Los sermones del señor Yorick) fueron descartados como burdo bricolage, lo cual no es realmente justo, debido a que la paráfrasis de obras morales y divinas es parte constituyente del sermón como género literario y fue practicada por la mayor parte de quienes lo cultivaron. William H. Thackeray observó una forma más suave pero quizás más habitual de plagio en el Viaje sentimental de Sterne (1768): el plagio a sí mismo. Sus cartas a una de las tantas amantes que tuvo, Eliza Draper, publicadas en 1904 con el título de "Journal to Eliza" (Diario para Eliza), quizás el testimonio más íntimo que tenemos del autor, no escaparon a la suerte del resto de su obra: un crítico observó recientemente que varias de ellas estaban copiadas de otras tantas que Sterne había escrito a su mujer años antes. Naturalmente, el reconocimiento del préstamo y, por consiguiente, la sorpresa y la risa no son precisamente lo que Sterne debía tener en mente al plagiarse a sí mismo para deleite de su amante.

Sterne murió el 18 de marzo de 1768, producto de una gripe que se complicó debido a que padecía tuberculosis desde su juventud; dejó deudas por valor de más de mil libras y bienes por valor de cuatrocientas. El 22 de marzo fue enterrado en el cementerio de Paddington, en Londres. No fue su última aparición pública. Hasta 1832, cuando se emitió una ley que regulaba la donación de cuerpos para fines científicos, investigadores, estudiantes y profesores de medicina debían recurrir a los servicios de ladrones de tumbas, llamados irónicamente "resurrectores", y –al parecer– fue de esta forma que los restos de Sterne fueron a parar a una mesa de disección, lo que fue reportado por un espectador, que dijo reconocer al autor de Tristram Shandy cuando un paño que cubría el rostro del cadáver diseccionado cayó al suelo.

Si bien la historia tiene todos los visos de una leyenda, la exhumación del cuerpo de Sterne por orden del Lawrence Sterne Trust en 1969 con la finalidad de enterrarlo en la parroquia de Coxwold en la que había sido párroco reveló señales de autopsia en el cadáver. No sin ironía, el escritor muerto había sido robado por otros; exactamente lo que Sterne había hecho con Burton y otros a lo largo de su vida.

CAMBIANDO EL PARADIGMA

El autor de Tristram Shandy parece haber disfrutado de saquear desembozadamente a otros escritores, y uno de sus trasuntos en la obra es Homenas, el clérigo del cuarto volumen que plagia con ineptitud. El escritor fue mucho menos tolerante cuando se trató de otros intentando robarle a él; así, firmó personalmente los cuatro mil ejemplares del volumen quinto de su obra ―el que contiene la mayor cantidad de plagios a Burton― para protegerse de una imitación "a la manera de Tristram Shandy" que había aparecido recientemente. Muerto Sterne, su influencia y la importancia de su obra no hicieron sino aumentar, y hoy en día es imposible concebir la historia de la literatura moderna sin su obra, que sirvió de inspiración más o menos reconocida a autores como Dorothy Richardson, James Joyce, Virginia Woolf, Anthony Powell y José Lezama Lima, entre otros.

Tristram Shandy fue escrito en un período dominado por el surgimiento de las nociones románticas de originalidad y sinceridad, las que comenzaban a determinar el valor de una obra literaria, y su obra fue, entre otras cosas, una crítica irónica a esas nociones que, bajo su supuesta originalidad, esconde a decenas de autores y a toda una larga tradición literaria. Nuestro interés por las falsificaciones y los plagios, expresado recientemente en las acusaciones al argentino Sergio di Nucci de haber plagiado Nada de Carmen Laforet en su novela Bolivia Construcciones, ganadora del Premio La Nación-Sudamericana 2006, y a Federico Andahazi de haber hecho lo mismo con la obra del argentino Agustín Cuzzani Los indios estaban cabreros en la novela El conquistador, con la que ganó el Premio Planeta 2006, no es nuevo sino que fue una constante durante todo el siglo XVIII, la época en que Sterne escribió: Samuel Taylor Coleridge acusó a Sterne de plagiario siendo él mismo uno –más específicamente, de las obras de los metafísicos alemanes, en especial de Schelling y Schlegel, con las que entró en conocimiento durante sus estudios en la universidad alemana de Göttingen–, y fue acusado de lo mismo por Thomas De Quincey, quien también lo era, e incluso en mayor medida.

En ambos casos, la preocupación por la originalidad –y su contrapartida, el plagio– muestran un cambio de paradigma, producto en nuestros días del aumento de los recursos disponibles gracias a Internet. La Red ha hecho posible que copiar, pero también ser descubierto, sea más fácil que nunca, haciendo que la figura clásica del escritor cuya única inspiración proviene de su musa resulte más inverosímil que nunca. T. S. Eliot dijo alguna vez, famosamente, que el buen escritor toma prestado y el malo roba. Tristram Shandy está allí para llevarle la contra.


Publicado en El País Cultural 948. 4 de enero de 2008.

enero 07, 2008

Kreuzberg: no hay museos para el presente

Punks, drag queens, jóvenes turcos, generales prusianos muertos y enterrados, pañuelos en la cabeza de mujeres, pintores que han tomado por asalto un hospital, chinos, vegetarianos y pollos que dan vueltas después de muertos, un canal, sitios donde sólo se habla turco, miles de antenas parabólicas apuntadas hacia el Sudeste. El futuro de Alemania ya ha llegado y se llama Kreuzberg.

Un atardecer de febrero, mientras el viajero observa la vitrina de una tienda de discos usados y se pregunta quién querrá ya semejantes cosas, dos jóvenes que hablan en turco entran a un edificio de la Gneisenaustrasse. Unas figuras masculinas sostienen con aparente facilidad sobre sus hombros los balcones de la fachada y contemplan con ojos vacíos a quienes ingresan al edificio. Un travesti de casi dos metros sale entonces de él y, sin reparar en las figuras masculinas de la fachada que sostienen los balcones, que son pesados, y el pasado alemán, que es más pesado aún, se dirige hacia el SchwuZ Basement, la discoteca para homosexuales de la Mehringdamm. Entonces el viajero piensa —o, mejor, recuerda, puesto que, mientras la inteligencia es económica y selectiva, la memoria, en particular la de un viajero, es antieconómica y acumulativa— en la bella ciudad croata de Split, junto al Mar Adriático, y comprende que Kreuzberg y Split se parecen, no desde el punto de vista arquitectónico, ya que los dos sitios son diferentísimos, pero sí en lo que hace a su frágil y a la vez dinámica relación con el pasado.

Split está fundada sobre el que alguna vez fuera el imponente palacio de Diocleciano; muerto el emperador, muertos todos los emperadores romanos y desaparecido el imperio, el palacio fue ocupado por nómadas de Asia central y, más tarde, por bizantinos, venecianos y croatas. Quien visita Split tiene pues la impresión de encontrarse en un sitio que alguien hace siglos convirtió en su hogar, desplazando a su antiguo dueño, y ésa es exactamente la impresión que se tiene cuando se visita Kreuzberg. Al igual que la ciudad croata, el barrio berlinés ha sido ocupado una y otra vez por gentes de diferentes culturas y hábitos que han desplegado sus vidas sobre los cimientos de vidas anteriores hasta el punto de que el estado permanente de ocupación, asentamiento y transformación ha devenido la regla y no la excepción en este sitio que anticipa el futuro mestizo de este país. En pocos lugares de Alemania está tan lejos el pasado como en Kreuzberg.

EL PASADO

Ya desde mediados del siglo XIX la zona del actual Kreuzberg, bautizado así por la colina del mismo nombre que actualmente se encuentra en el bello Viktoriapark vivió una explosión demográfica que coincidía con la industrialización acelerada de Berlín, que parecía prometer trabajo a cualquiera que estuviera en condiciones de trabajar, y la existencia de grandes edificios en los que los alquileres resultaban baratos. Como por entonces los propietarios debían pagar impuestos en razón del ancho del frente y no del tamaño total del edificio, muchos de ellos construyeron “en profundidad” edificios de fachada estrecha, pero dos o incluso tres patios interiores alrededor de los cuales se apiñaban más viviendas, una solución arquitectónica que afectó el perfil del barrio, y no sólo a nivel urbanístico: los alquileres baratos atrajeron a una clientela principalmente obrera que lo dotó de un carácter particular.

Kreuzberg no fue ajeno a la persecución de opositores políticos y judíos que siguió al ascenso al poder del nacionalsocialismo en 1933: de los 6 096 judíos que vivían en el vecindario ese año, alrededor de 1 300 fueron asesinados. Que los nazis hubieran escogido el área para instalar el centro de su administración —las dependencias principales de la policía, el servicio de seguridad y las SS estaban en el área comprendida entre las actuales estaciones de Kochstrasse, Hallesches Tor y Prinzenstrasse— condujo a que Kreuzberg fuera duramente bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien arquitectos y urbanistas desarrollaron tras la guerra un plan completo de urbanización para la zona, su actividad se restringió en los años siguientes a rellenar los huecos que dejaran las bombas con bloques de cemento que en la actualidad constituyen una señal distintiva de todo el lado Este del barrio.

Y entonces tuvo lugar la construcción del Muro de Berlín, cuyas consecuencias para Kreuzberg se hicieron visibles de inmediato; con su parte oriental —conocida como SO 36 por su antiguo código postal— cerrada en tres de sus cuatro costados por el muro y con la mayor parte de sus vías de comunicación al centro cortadas, Kreuzberg se convirtió en un sitio aislado que todo el que pudiera permitírselo abandonaba. Esto, paradójicamente, fue lo que lo convirtió en el caso único que aún hoy es, ya que el “vacío” que produjo el aislamiento —su población descendió de 213 mil a 158 mil habitantes entre 1952 y 1970— y la gran cantidad de viviendas desocupadas atrajeron a Kreuzberg a los tres colectivos que le darían su identidad definitiva: artistas bohemios, inmigrantes turcos y punks.

Es difícil imaginar tres colectivos de orígenes y ambiciones más disímiles; sin embargo, la mezcla funcionó y dotó al barrio de una fama de la que aún hoy goza. Los inmigrantes, muchos de ellos llegados desde las zonas rurales de Turquía para solventar el déficit de mano de obra alemana y a cuyo trabajo se debe buena parte del conocido “milagro alemán”, llegaron a Kreuzberg atraídos por las viviendas baratas y lo transformaron, principalmente con altas tasas de natalidad que llenaron las calles de críos; siguiendo sus pasos, arribaron punks y artistas que aprovecharon el aislamiento para llevar un modo de vida poco convencional y antiburgués. Muchos de ellos ocuparon ilegalmente los edificios vacíos y crearon en ellos talleres, salas de conciertos, galerías de arte y cafés: en 1981 había en Berlín 165 casas ocupadas ilegalmente, de las cuales 86 se encontraban en Kreuzberg.

La prensa nacional reaccionó con artículos en los que se exageraban la ausencia de reglas y el carácter alternativo y comunal de la vida en los edificios ocupados, y esos artículos, sin pretenderlo, fueron anuncios para los disconformes de toda Alemania Occidental, que se dirigieron a Kreuzberg. Uno de los testigos de aquella época, Hellmut Kotschenreuther, escribió: “Lo que Montmartre y Montparnasse fueron alguna vez para París, eso fue para el Berlín de posguerra, en un sentido muy específico, el barrio de Kreuzberg: un foco y un refugio para los no o aún no integrados, donde el caos colorido y triste y el crecimiento artístico prosperaban mejor que en ninguna otra parte”.

“Kreuzberg no era el ‘modelo alemán’, no tenía nada que ver con lo que pasaba fuera”, resumió otro testigo de la época. El punto más alto de esta proyección del barrio como la imagen en negativo de Alemania tuvo lugar el primero de mayo de 1987, cuando la celebración del día del trabajador por parte de un grupo de anarquistas y punks condujo a enfrentamientos con la policía en las cercanías de la estación de metro Kottbusser Tor y en Oranienplatz; los manifestantes saquearon y a continuación incendiaron un supermercado y, lo que es más importante, se las arreglaron para desalojar a la policía de Kreuzberg durante varias horas y reivindicar en los hechos una autonomía que hacía tiempo les pertenecía en el terreno de los símbolos. La celebración del primero de mayo (Erster Mai in Kreuzberg) se ha convertido desde entonces en ocasión para una violencia más o menos ritualizada a la que acompaña un gran despliegue de la prensa, pero la jornada de violencia y caos de 1987 estaba aún presente en la memoria de los berlineses como ejemplo de la marginalidad, la pobreza y la peligrosidad de Kreuzberg cuando éste pasó de ser un sitio periférico y aislado a encontrarse en el centro de la ciudad al caer el muro, en noviembre de 1989.

La reunificación y la repentina centralidad del barrio llevaron a algunos a augurar grandes inversiones y su transformación en un “Manhattan berlinés” y, si bien Kreuzberg, en particular toda su zona occidental, ha sido en parte saneado, su carácter específico no se ha perdido, para bien y para mal: aún hoy, Kreuzberg es considerado uno de los barrios más pobres de Berlín.

EL PRESENTE

A Kreuzberg suele llamársele “la ciudad turca más grande fuera de Turquía” o “el pequeño Estambul”, apelativos que merece largamente: en 1999, 49 010 de los 146 884 habitantes eran extranjeros, y la mayor parte de nacionalidad turca. En las cercanías de la estación de metro de Kottbusser Tor —llamada Kotti por los berlineses— la cantidad de extranjeros asciende al 51 por ciento, pero las estadísticas no consideran en este rubro a los hijos de los turcos que han recibido la ciudadanía alemana. Su gran cantidad en un país con cifras de natalidad negativas convierte a Kreuzberg en uno de los barrios de población más joven de toda Alemania, y es aquí donde el presente permite intuir el futuro, lo que sucede cuando uno ve a estos niños jugando con sus, pocos, vecinos alemanes y a sus hermanos mayores escuchando música hip hop cantada en turco, mientras comen hamburguesas sentados en el coche alemán de sus padres.

La población turca se concentra alrededor de la estación Kottbusser Tor, por donde se encuentran los principales restaurantes y tiendas turcos, y la que probablemente sea la mayor concentración de antenas parabólicas de todo Berlín, todas enfocadas hacia Turquía.

Un indicador de la fuerza del colectivo es que cuenta con todo aquello que se necesita para la vida actual, es decir, abogados, agencias de viaje, dentistas, estaciones de radio, librerías, discotecas, sastrerías, panaderías, periódicos —Hürriyet, uno de los periódicos más importantes de Turquía tiene también una edición en alemán—, hospitales, peluquerías —algunas de las cuales, como el Coiffeur Bagdad de Kottbusser Damm 102, ofrecen apartados para las mujeres más conservadoras que no desean ser vistas fuera de casa sin pañuelo y anuncian, entre sus especialidades, el depilado del rostro y de la espalda— y centros culturales. En Kreuzberg, el alemán es segunda lengua.

Más que el idioma, sin embargo, es el olor de las especias, el vestido de las mujeres y el aire cansino y resignado de la vida en Kreuzberg lo que hace sentir de inmediato el Oriente; la vida, al menos en el SO 36, tiene un ritmo definitivamente oriental al que contribuyen las mezquitas ubicadas en antiguas fábricas y departamentos privados que, hasta que se concluya con la construcción del magnífico edificio de la esquina de Skalitzer Strasse y Wiener Strasse, satisfacen las necesidades del culto y el bello mercado del Maybachufer conocido como Türkenmarket (mercado de los turcos). En este mercado al aire libre ubicado junto al Landwehrkanal, el canal que atraviesa buena parte del vecindario, se tiene la impresión de estar en cualquiera de los mercados de Estambul, con vendedores que vocean sus mercancías en turco, la bella disposición de las frutas y las verduras, y la impresión de que es posible comprarlo todo: telas por metro, dátiles por kilo, calzones, maíz hervido, relojes, queso en hebras y pañuelos. Los martes y, en particular, los viernes, antes o después del rezo del mediodía, no hay otro sitio en Kreuzberg donde valga la pena estar que no sea este mercado.

Sin embargo, no es exactamente la población turca la que lo hace atractivo, sino su superposición con otros colectivos. En el metro de Kottbusser Tor, donde los pocos punks que aún quedan allí —los que ocupaban casas han sido desalojados en su mayoría hace tiempo— piden dinero y beben cervezas, o en Chamissoplatz, la espléndida plaza rodeada de edificios de balcones de hierro forjado que tiene entre sus modestas, pero bellas propiedades, un urinario antiguo aún en funciones. La otra manifestación del pasado alemán son los cementerios: Kreuzberg tiene dos, el Friedhöfe vor dem Halleschen Tor, frente a la estación de metro Mehringdamm, en el que yacen los escritores Adelbert von Chamisso (1781-1838) y Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) y el compositor Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847), entre otros, y el bello Standortfriedhof, domicilio último de cientos de generales prusianos que, a diferencia de sus soldados, murieron en la cama.

Pero es en dos calles donde la mezcla de estos “dos Kreuzberg” se hace más patente: Bergmannstrasse y Oranienstrasse. La primera, ubicada en el lado occidental del barrio, es una interesante calle de bares y tiendas, en las que la cualidad práctica alemana va de la mano del refinamiento turco. Sus tiendas de discos usados, sus librerías y sus restaurantes de comida francesa, iraní, china, japonesa y turca señalan que la convergencia entre alemanes y turcos no hizo sino inaugurar una forma de vida más plural, en la que la frontera entre “ellos” y “nosotros” fue desdibujada por otras minorías nacionales en busca de un hogar.

En Oranienstrasse, excelentes cafeterías se encuentran en un marco menos glamoroso, pero la cercanía de la sala de exposiciones y la escuela Kunstlerhaus Bethanien atrae a muchos artistas, y todo, desde los peinados hasta las bolsas de la compra, muestran una elaboración que los hace dignos de la galería de arte. En Oranienstrasse es donde la mezcla adquiere un carácter más programático y combativo: los carteles de los anarquistas que invitan a los vecinos a dejar atrás el concepto de la propiedad privada, algunos de ellos traducidos al turco, se superponen a otros con fotografías del líder de la guerrilla separatista kurda de Turquía, Abdullah Öcalan; los panaderos turcos producen algunos dulces alemanes y los panaderos alemanes —pero casi no hay de éstos— producen pan ácimo a la manera turca; los alemanes compran verdura en los puestos turcos y los turcos venden imitaciones de ropa alemana y, en general, ya nadie parece estar muy seguro de dónde empieza una cosa —una identidad nacional, por ejemplo— y empieza otra.

EL FUTURO

Se tiene una impresión muy aguda de Kreuzberg si se llega a pie por la Friedrichstrasse, puesto que esta calle atraviesa el bello bulevar Unter den Linden, producto de la visión de Federico el Grande y en cuya cercanía se encuentran escenarios del pasado alemán como el Bundestag (Parlamento) y la Brandenburger Tor (Puerta de Brandeburgo), para internarse en una zona comercial —Galerías Lafayette, Hilton y Mercedes Benz son sólo algunas de las casas radicadas en la zona—, atravesar el famoso Checkpoint Charlie, uno de los pocos pasos entre Alemania Oriental y Occidental durante la Guerra Fría, y acabar en el mercadillo de Mehringplatz. Visitar este mercadillo es como revolver en la basura que los habitantes han acumulado durante décadas; aquí pueden encontrarse perfumes falsificados, camisetas con el rostro de Ernesto “Che” Guevara y la frase "Hasta le victora sempre" [sic] y un vendedor de pollos asados que parecen palomas y probablemente lo sean, rodeados de edificios de aspecto amenazador, bares baratos y locutorios telefónicos que ofrecen llamadas de bajo precio a Turquía, Rusia y China; aquí comienza Kreuzberg, como si la Friedrichstrasse fuera del pasado al futuro y apenas se detuviera, pero sólo por un instante, en el presente.

Cuando unas horas después el viajero le dice a un amigo turco al que visita que Friedrichstrasse es una calle que va del pasado alemán a su futuro, su amigo se ríe. El viajero le pregunta si desea quedarse en Kreuzberg cuando culmine su periodo de prácticas en el hospital del barrio, pero se encoge de hombros; para jóvenes como él —con vidas alemanas pero pasaportes turcos— el futuro es tan inasible como el pasado rural que sus padres evocan en ocasiones. Por esta razón, sólo el presente cuenta para ellos, y en esto se parecen a los anarquistas, los bohemios y los punks con los que comparten barrio, interactuando o sólo esquivándose. Kreuzberg es el laboratorio social de Alemania, donde hoy se inauguran tendencias y se anticipa lo que vendrá, y quizá sea por eso por lo que hay tan pocas estatuas en el barrio y su museo apenas recibe visitantes, porque no hay museos que historien el presente y ninguna estatua puede retratarlo.


GUÍA PRÁCTICA

QUÉ VISITAR

VIKTORIAPARK
El Viktoriapark no sólo es famoso por albergar el monumento de Schinkel, al que conducen la mayor parte de sus senderos, sino también porque desde la cima de la colina de Kreuzberg se puede disfrutar de una interesante vista. Más abajo, en las laderas, se cultivan las uvas con cuyo producto se fabrica el único vino que se produce en la actualidad en Berlín, el Kreuz-Neroberger, que el ayuntamiento suele regalar a los visitantes ilustres.

MUSEUM KREUZBERG
Adalbertstrasse 95A
T. 49 (30) 5058 5233
www.kreuzbergmuseum.de
De miércoles a domingo de 12 a 18 horas.
Narra, mediante una colección distribuida en tres plantas, la historia del barrio desde comienzos del siglo XVIII en adelante, con hincapié en el movimiento de protesta de las décadas de 1960 a 1990 y la inmigración.

HAMAM
Mariannenstrasse 6
T. 49 (30) 615 1464
www.hamamberlin.de
14 euros las tres horas y 2 euros
cada hora adicional.
Una curiosidad local es el baño turco o hamam para mujeres, que funciona en una fábrica de chocolates ocupada en 1981 por miembros del movimiento de liberación femenina. El baño reproduce con fidelidad los que pueden encontrarse en Turquía y es un punto de encuentro para turcas y alemanas desde hace décadas.

KUNSTLERHAUS BETHANIEN
Mariannenplatz 2
T. 49 (30) 616 9030
Quienes se interesen por las bellas artes deben visitar el Kunstlerhaus Bethanien. Su exterior tiene el aspecto de una iglesia y las dimensiones de un hospital: este edificio, creado en 1843 como convento de una orden religiosa, funcionó como hospital hasta 1970. En la actualidad alberga dos excelentes espacios para exposiciones, talleres para artistas y una escuela de música. Más de cuatrocientos artistas de más de treinta países han trabajado ya en Bethanien como parte de un programa internacional.

DÓNDE DORMIR
Kreuzberg carece de una oferta hotelera atractiva, con la que sí cuenta el vecino Berlin-Mitte. Una excepción es el bello Hotel Riehmers Hofgarten (Yorckstrasse 83; T. 49 (30) 7809 8800; www.riehmers-hofgarten.de; habitaciones dobles desde 129 euros). Situado en el área más elegante del vecindario, este pequeño hotel construido entre 1860 y 1900, cuenta con un café y un excelente restaurante.

Viajeros con menos exigencias y más deseos de conocer íntimamente la vida en una fábrica rehabilitada por sus ocupantes pueden considerar el albergue Die Fabrik (Schlesische Strasse 18; T. 49 (30) 611 7116; www.diefabrik.com; habitaciones dobles desde 52 euros), situado, evidentemente, en una fábrica ocupada y saneada en 1995 y cuyos dueños han renunciado por razones ideológicas a equipar las habitaciones con televisor, minibar o teléfono; el resto es lo habitual en todo albergue de este tipo, pero el sitio es colorido y vale la pena al menos visitarlo.

DÓNDE COMER
Una estancia convencional no alcanzará para agotar la oferta culinaria de Kreuzberg; incluso el local más modesto —reconocible por la palabra imbiss escrita en su escaparate— puede satisfacer la curiosidad y el apetito del viajero con sus sándwiches de carne de cordero asado y verduras (kebab desde 1.50 euros) o sus sándwiches de albóndigas de garbanzos (falafel, desde 2.50 euros), en el caso de un local turco, o sus salchichas y cervezas en caso de tratarse de un local alemán. Quienes deseen ser introducidos en la comida turca de calidad pueden visitar el excelente Restaurant Hasır (Adalbertstrasse 10; T. 49 (30) 614 2373; www.hasir.de; horarios intempestivos), donde pueden disfrutar, por ejemplo, de hojas de parra rellenas de arroz y almendras (Yaprak Dalması, 4.20 euros) o de brochetas de carne picada con perejil, ajo, rodajas de rábano, tomates asados y pimientos (Yufka Ekmekii, 8 euros), todo ello acompañado de alguna de las bebidas turcas por antonomasia: Ayran, a base de yogur (1.20 euros), o Raki, licor de anís de altísima graduación alcohólica que se mezcla con agua (3 euros).

Una opción simple y económica para desayunar es cualquiera de las panaderías de la zona —por ejemplo, la Pastacı Firin en Adalberstrasse 94, casi frente al Hasır— y ordenar un té y alguna pasta, aunque los turcos no suelen frecuentar las panaderías a la hora del desayuno; ellos beben por la mañana sopa, por ejemplo la sustanciosa Mercimerk Çorbası de lentejas rojas (2.50 euros), a la que le agregan limón y acompañan con pan. Otra excelente opción para el desayuno es el café Morgenland (Skalitzer Strasse 35; T. 49 (30) 611 3183; todos los días de 9.30 a 2 horas); ubicado en una fea esquina junto a las vías elevadas del metro, el café compensa la fealdad de su locación con un ambiente juvenil, excelente blues y un magnífico bufé de desayuno por 10.50 euros que, especialmente los fines de semana, hace las delicias de su clientela con resaca; es imperioso reservar por anticipado.

QUÉ COMPRAR
Música turca; en todo el barrio pueden encontrarse tiendas de discos que ofrecen casi exclusivamente arabeske, una música que combina ritmos y melodías tradicionales turcas con instrumentación pop y occidental. Sus cantantes más populares son Tarkan, Candan Erçetin, Özcan Deniz, Azer Büllbüll, Bibel Sezal, Rafet el Roman y Ünlü, a los que convendría añadir Islamic Force, el primer grupo de hip hop alemán cantado en turco surgido en Kreuzberg, que combinó percusión electrónica con instrumentos turcos tradicionales como zurna, baglama y ud. En Umut Kasetcilik (Adalbertstrasse 13; T. 49 (30) 615 8131; abierto de lunes a viernes de 10 a 20 horas y sábados de 10 a 19 horas) no sólo se venden discos y cassettes, sino también DVDs e instrumentos musicales tradicionales, y su dueño, Ümit Ürgen, puede ser un excelente guía en esta música si se habla alemán o turco.


Publicado en Travesías 64. México, mayo de 2007.

Brazilian Science Fiction: Cultural Myths and Nationhood in the Land of the Future

Uno de los aspectos más interesantes de la ciencia ficción latinoamericana es que su marginalidad en relación al mercado literario propicia el mantenimiento de una sólida aunque no muy numerosa base de aficionados que mediante intervenciones críticas en revistas especializadas y foros virtuales ejercen una influencia directa en el desarrollo del género. Su participación acompaña y a menudo estimula la reflexión crítica de los propios autores, generando un sentido de comunidad desconocido fuera del ámbito de la literatura de ciencia ficción y una reflexión acerca del género que, sin embargo, queda confinada lamentablemente a revistas de escasa circulación y breve existencia. En años recientes, sólo algunos críticos estadounidenses han llamado la atención acerca de la existencia de una pujante literatura de ciencia ficción en Latinoamérica, y a su esfuerzo se suma ahora este volumen de Elizabeth M. Ginway (Lewisburg: Bucknell University Press, 2004). La autora conecta la producción literaria de ciencia ficción con sucesos sociales y políticos de la historia brasileña reciente, en especial la dictadura militar (1964-1985). Su hipótesis central es que los autores de ciencia ficción reaccionaron ante las políticas de industrialización y de desarrollo económico de ésta mediante el uso de elementos de la ciencia ficción angloamericana y de mitos nacionales en tres períodos bien definidos. El primero, que corresponde en mayor o menor medida a la década de 1960, “comprises mostly anti-technological, apolitical science-fiction as a way of affirming myths of Brazilian identity”. En la década de 1970, un segundo grupo de autores utiliza la ciencia ficción para protestar contra el régimen militar “creating dysthopian worlds in which the myths of Brazilian culture serve as touchstones to criticize various ills associated with the regime, such as urbanization, industrialization, and repression”. Un último período, que comienza con el fin de la dictadura, “offers a more all-encompassing view of Brazil and its continuing social problems, with a more complex, postmodern outlook” (14) y la aparición de subgéneros como el “cyberpunk” brasileño –al que el escritor Roberto de Sousa Causo bautizó en 1996 como “tupinipunk”, un neologismo que surge de la combinación de “punk” con “tupiniquim”, el nombre de una tribu brasileña indígena–, la “hard science fiction” y la literatura de mundos posibles o “alternate histories”, así como la ciencia ficción escrita por mujeres. Contrariamente a lo que es habitual en las obras dedicadas a la ciencia ficción, la autora prescinde de intentar definirla; por el contrario, lo que hace es seguir la aproximación tipológica propuesta por Gary K. Wolfe en The Known and the Unknown. The Iconography of Science Fiction (Kent, Ohio: Kent State University Press, 1979), según la cual, el indicador más fiable de la afiliación de un texto determinado al género es la aparición en él de figuras como el robot, el extraterrestre, la nave espacial, la tierra devastada, etcétera. Si bien esta aproximación puede parecer simplista, resulta sumamente productiva en el caso de Ginway pues le permite dar cuenta de una cierta cantidad de textos que hubieran quedado fuera del corpus de haber adoptado una definición más estricta del género pero igualmente insatisfactoria. Mediante esto, la autora reivindica a su vez el carácter de apropiación que tiene el ejercicio de la ciencia ficción en Latinoamérica, evitando caer en el error –habitual– de aplicar a ésta definiciones propias de su ejercicio en el ámbito angloamericano. Ginway muestra que lo propio y distintivo de la ciencia ficción brasileña es una doble apropiación: de elementos de la ciencia ficción angloamericana y de ciertos mitos nacionales, entre los que menciona “Brazil as a tropical paradise, Brazil as a racial democracy, Brazilians as a sensual and docile people, and Brazil as a country with potential for national greatness” (16). Mediante esta doble apropiación “the genre provides a barometer to measure attitudes toward technology, while at the same time reflecting the social implications of modernization in Brazilian society” (212). Sin embargo, según la autora, “The genre continues to be ignored by most of Brazil’s literary establishment; instead, it is viewed as a fan-driven phenomenon, functioning outside traditional literary and academic circles” (139). Brazilian Science Fiction: Cultural Myths and Nationhood in the Land of the Future puede contribuir a que esto deje de ser así.


Publicado en Iberoamericana 25. Marzo de 2007.

Puig por Puig: imágenes de un escritor

En su ensayo “Manuel Puig y la magia del relato”, aparecido en La Argentina en pedazos (Buenos Aires: Ediciones de la Urraca, 1993), Ricardo Piglia sostiene que la tercera novela de Manuel Puig, The Buenos Aires Affair (1973), es “una versión cifrada de las luchas y la competencia que definen el ambiente literario” (115). Que estas luchas y esta competencia fueron el ámbito en el que Puig mejor se desenvolvió es puesto de manifiesto nuevamente por el volumen compilado por Julia Romero, integrante del equipo que desde 1994 trabaja en los archivos de Manuel Puig y cuyos esfuerzos ya han dado un fruto de extraordinaria importancia en los Materiales iniciales para La traición de Rita Hayworth editados por José Amícola con la colaboración de Graciela Goldchluck, Roxana Páez y la propia Romero (La Plata: Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, Ediciones Especiales de la revista Orbis Tertius 1, 1996). En Puig por Puig (Madrid; Frankfurt am Main: Iberoamericana; Vervuert, 2006), la investigadora de la Universidad Nacional de La Plata compila y anota los reportajes que Puig otorgó a lo largo de su carrera, así como sus declaraciones en ámbitos de discusión y mesas redondas, algunas cartas a sus traductores y varios artículos suyos o sobre él, que el propio Puig conservó en sus archivos, con la finalidad de “comprobar la importancia que ella tiene sobre las imágenes que el lector recibe, sobre su posicionamiento respecto de los demás escritores, tradiciones, lecturas de la crítica en contrapartida con su propia letra y con el propio modo de realización de la puesta en escena de la escritura” (15). Según Romero, “su imagen de escritor juega con la autobiografía, sin serlo, si la entendemos como el relato de la propia vida y de sus sucesos, como una lectura-relato de sí mismo, de una pluralidad de imágenes, cuya movilidad delata sus fijaciones y cuya fijación delata un autorretrato” (15). Este “autorretrato” es el de un escritor aplicado con obstinación a construir una imagen en la que la atención a los modos de narrar tradicionalmente ajenos a la literatura “culta” se superpone al supuesto desconocimiento de ésta y en la que las cifras de ventas y el número de traducciones son lo que Puig pone por delante al principio de su carrera cuando se le reclama que establezca su lugar en la literatura argentina; más tarde, cuando las ventas disminuyen, es su condición de escritor exiliado y perseguido por la crítica la que irrumpe en su lugar. Que esta imagen “juega con la autobiografía, sin serlo” queda en evidencia si se lee la gran biografía de Suzanne Jill Levine Manuel Puig y la mujer araña (Buenos Aires: Seix Barral, 2002); lo interesante, en cualquier caso, es que ésta no es un producto espontáneo sino el resultado de un posicionamiento minuciosamente elaborado, como lo prueba la repetición sistemática de unos y otros argumentos por parte de Puig que sorprendió a Josefina Delgado cuando comprobó, cotejando las respuestas que el escritor le diera al entrevistarlo con las que había dado en otros reportajes que “sus respuestas habían sido las mismas” (24), como cuenta en el ensayo de Cuadernos Hispanoamericanos mencionado más abajo.

Uno de los méritos de Puig por Puig, en ese sentido, es que la acumulación de materiales habitualmente considerados marginales devuelve a estos su carácter central en la recepción de unos textos literarios y de un autor al que le sirven de paratextos. El volumen muestra cómo el escritor argentino utilizó todas las oportunidades que se le presentaron para construir una imagen autorial pensada para irrumpir en un ámbito determinado y destacar en él; la impostura y la manía persecutoria son parte de ésta de la misma forma en que ésta es una parte, lamentablemente, de lo que Manuel Puig es para nosotros y de la forma en que leemos su obra.

Puig por Puig se divide en tres secciones: “Comienzos: Confirmado, Panorama, Siete Días, Mundo Nuevo, Sur y después (1968-1973)” (27-93), “Exilios: México, Nueva York (1974-1979)” (95-193) y “Río de Janeiro, Trópico de Capricornio (1980-1990)” (195-407), más una cuarta sección, “Correspondencia” (409-443) que reúne cartas de Puig a sus traductores Albert Bensoussan y Angelo Morino, y un anexo con un listado exhaustivo de obras y premios. El criterio de la compilación es principalmente cronológico, aunque en varias ocasiones este criterio no se respete dentro de cada sección. En los casos en que los materiales no estaban fechados, la datación ha sido conjetural. Puig por Puig tiene el mérito de hacer accesibles algunos reportajes realmente importantes como los realizados por Diego Baracchini en 1973 (59-66), Elena Poniatowska en 1974 (104-116), Nora Catelli en 1982 (255-262) y María Esther Gilio en 1984 (236-247), así como varios textos de importancia en los que Puig trazó la trayectoria de sus motivaciones y de sus inquietudes intelectuales desde General Villegas hasta el presente. Mención aparte merece el reportaje de 1977 “Géneros menores: ‘Soy tan macho que las mujeres me parecen maricas’” (147) cuyo título es uno de los mejores de toda la producción puigiana. Sin embargo, es lamentable la ausencia de notas que sitúen en contexto determinados pasajes; así, la autora incluye fichas de numerosos filmes de Hollywood de fácil acceso en enciclopedias pero omite hacerlo con filmes mexicanos, desconocidos para el lector no especializado, y la información sobre determinados personajes –en particular argentinos– como el actor Norman Briski está incompleta o ausente. El lector echa en falta un índice y un corrector para el volumen, ya que las erratas son numerosas y en algunos pasajes hacen dificultosa la comprensión; una de ellas, “falto” por “falo” (246), daría material para todo un congreso de psicoanalistas argentinos. Independientemente de esto, Puig por Puig es una cala notable en los archivos del escritor y merece ser puesta junto a la biografía de Levines, Manuel Puig y la tela que atrapa al lector de José Amícola (Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1992) y la ya mencionada Materiales para La Traición de Rita Hayworth como obra de consulta.

Ya en 2003 Cuadernos Hispanoamericanos había dedicado a la obra de Puig un dossier compilado por Reina Roffé (634 [abril 2003] 5-64). Éste incluye el ensayo “El camino de la oralidad” de Mario Goloboff (7-12) en el que el autor parte de la propuesta de José Amícola en el volumen arriba citado de “una línea continuada de la literatura argentina que se expresaría en la tríada Arlt-Cortázar-Puig” (9) para indagar los modos de la oralidad en los tres escritores. Reina Roffé sostiene en “El enigma de lo femenino” (13-20) que “las películas de serie B, la novela rosa, las canciones populares y los novelones radiales que conformaron el imaginario de la clase media argentina en las décadas del 30 y el 40 se articulan en Puig como una cultura del sentimiento –que contrasta de manera estridente con la cultura de élite, donde lo sentimental debía ser reprimido– en oposición a un mundo violento, autoritario y censor” (18). Josefina Delgado pone en relación en “La mirada sin cuerpo” (21-29) la novela de José Donoso El lugar sin límites y la adaptación de Puig para el filme de Arturo Ripstein, conjuntamente con la novela Sangre de amor correspondido del propio Puig. En “Sobreescrituras. La cara del villano como el ‘espejo’ en Las Meninas” (31-40) es otra adaptación de Puig, esta vez del cuento de Silvina Ocampo “El impostor”, la que es puesta por Adriana A. Bocchino junto a su original y al filme producto de ese guión, El otro de Arturo Ripstein. El dossier se cierra con tres testimonios, dos de personas cercanas a Puig, Ítalo Manzi –“Los vídeos de Manuel” (41-50)– y May Lorenzo Alcalá –“Entre Río y México. Sus últimos cuatro años” (57-64)– y el restante de uno de los críticos que más se ha ocupado de su obra en los últimos tiempos, Alberto Giordano, “Algo más sobre Puig” (51-55).


Publicado en Iberoamericana 23. Septiembre de 2006.

A Sungurlu a como dé lugar

Me sacudí el polvo que llevaba en la ropa antes de entrar a la casa de té y allí me senté en una mesa pequeña en la que un adolescente depositó una taza de té. Le pregunté cuándo salía el siguiente dolmus a Sungurlu y respondió que lo haría más tarde, señalando el sitio frente a la casa de té desde donde partiría. Yo había tomado ya decenas de dolmus, los pequeños autobuses que unen los poblados del interior de Turquía y circulan también por sus principales ciudades, y sabía que carecían de horarios y su partida dependía de que el conductor —probablemente alguno de los hombres de alrededor que sorbía su taza de té— considerara que ya se había reunido un número suficiente de pasajeros para que el viaje valiera la pena.

Me gustaba viajar en dolmus debido a que hacerlo implicaba una serie de pequeñas formalidades que disfrutaba cumplir. Una de ellas era preguntarle al conductor si iba al sitio adonde yo quería ir. Si lo hacía, me subía al dolmus, me sentaba tratando que fuera junto a otro hombre para evitar los posibles problemas que hubiera acarreado hacerlo junto a una mujer que no fuera mi madre o mi hija, y preguntaba el precio que el conductor establecía de acuerdo a un cálculo que a mí se me escapaba, ya que al menos en tres ocasiones hice la misma ruta dos veces y en cada una tuve que pagar precios distintos. Supongo que cualquier occidental se hubiera sentido incómodo ante esto pero yo disfrutaba secretamente que fuera así, por una parte, porque las sumas eran mínimas y, por la otra, porque el precio aparentemente librado al azar —o mejor aún, a las circunstancias— reflejaba una verdad que el país enseñaba a quienquiera que lo recorriera: que lo circunstancial y efímero son en realidad la regla y no su excepción. Yo entregaba al conductor el dinero que en esa circunstancia, y sólo en esa circunstancia, costaba el recorrido, y las personas que se encontraban sentadas delante de mí se pasaban de mano en mano el cambio hasta que éste me alcanzaba. Los conductores siempre recordaban dónde debía bajarme, no importaba cuántos pasajeros tuvieran ni cuánto tiempo tomara llegar.

Sin embargo, viajar en dolmus también tenía sus inconvenientes y la falta de regularidad era el más grande. Miré mi taza de té ya vacía, el vaso de cristal depositado sobre el pequeño platillo blanco con arabescos rojos y dorados que había visto ya en decenas de casas de té, restaurantes y casas en toda Turquía y que muchos occidentales consideran una cursilería pero que, en realidad, es uno de sus objetos más conmovedores, y pensé que Turquía era un país al que le acababas tomando el gusto, no importaba lo que hicieras para evitarlo. El adolescente se acercó y cambió mi taza de té vacía por otra llena y luego se retiró. Un grupo de niños atravesó la calle persiguiendo una pelota y detrás de ellos cruzaron unas gallinas.

Yo había llegado a Bogazkale el día anterior en un dolmus proveniente de Sungurlu, un pueblo situado a treinta kilómetros de allí y a ciento setenta y cinco de Ankara, con la única finalidad de visitar Hattusas, la antigua capital del imperio hitita. Éste era de alguna forma el final de mi viaje, aunque después siguiera viajando, porque había decidido visitar Turquía precisamente tras ver una exposición dedicada a esta civilización en la ciudad alemana de Bonn; antes de hacerlo, yo no sabía nada de este pueblo amante de la guerra que salió del Cáucaso para conquistar Anatolia y reinar en ella durante seiscientos años, y que rivalizó en esplendor y fuerza con el imperio egipcio —en 1286 a. C. los hititas derrotaron a Ramsés II en Kadesh y adquirieron Siria— y se colapsó hacia 1190 a. C. sin dejar tras de sí más que algunas menciones en la Biblia y un vacío que sólo comenzó a llenarse en 1905, cuando un grupo de arqueólogos comenzó las excavaciones en Hattusas.

Un par de horas atrás, mientras recorría las ruinas de lo que en su tiempo debió haber sido una ciudad magnífica, pensé que lo que me había llevado allí era una pregunta acerca de la Historia —¿quiénes eran los hititas?— que, hacia el final del viaje, seguía sin poder responder, ni siquiera después de haber visto las hermosas vasijas de barro con forma de toro, de ojos grandes, y los imponentes relieves de piedra que reunía el Museo de las Civilizaciones de Anatolia en Ankara. Ni siquiera al recorrer Yazilikaya, el templo situado a algunos kilómetros de Hattusas, y contemplar los dioses y las diosas de esta civilización que había adorado mil divinidades excavadas en la roca, con la cabeza y los pies representados de perfil y los cuerpos de frente, detenidos en un desfile ceremonial que sus acólitos ya no realizarían, tuve la impresión de que podía entender finalmente algo, ya que las bocas de esos dioses se habían cerrado hace tiempo y ya no se abrirían.

Un par de mujeres esperaban ahora en el sitio de donde partiría el dolmus y pensé que lo mejor era reunirme con ellas para que el conductor decidiera partir, así que dejé unas monedas sobre la mesa, me despedí del adolescente y crucé la calle. Saludé a las dos mujeres que esperaban y éstas me devolvieron el saludo. Un camión lleno de jaulas de gallinas se había detenido frente a una peluquería y su conductor discutía el precio de su mercancía con los clientes; cuando llegaban a un acuerdo, éstos señalaban una gallina y el conductor la sacaba de su jaula y se iba detrás del camión, frente a donde yo me encontraba; le hacía un tajo bajo cada ala y uno en el cuello y la gallina comenzaba a desangrarse. Había leído en algún sitio que de esta forma el animal no sentía ningún dolor y me pregunté si no era realmente así, porque efectivamente la gallina parecía quedarse dormida, como si no supiera o no le importara lo que le sucedía. El conductor solía regresar a recogerla y la entregaba al cliente, que se marchaba llevándola cogida de las patas, con la cabeza bailándole al final del cuello. Estuve mirando cómo esto se repetía unas quince o veinte veces de la misma forma hasta que el adolescente de la casa de té, que llevaba una bandeja con tazas de té a los clientes de la peluquería, se nos acercó y le dijo algo a las mujeres que no comprendí. Yo me encogí de hombros; mi turco había mejorado durante el viaje hasta el punto de poder sostener una conversación sencilla pero aún me resultaba difícil comprender muchas cosas. El adolescente me repitió lo que le había dicho a las mujeres y esta vez entendí: el dolmus ya no iba a salir ese día. No supe qué hacer. Las mujeres se marcharon y yo me quedé mirando el río de sangre que salía detrás del camión y corría calle abajo, hasta un punto en el que se perdía de vista. Quizá podía regresar al hotel donde había dormido la noche anterior, pero eso significaba trastocar mis planes y, eventualmente, perder el autobús de Estambul a Frankfurt que tenía comprado.

Un niño se acercó y me recordó que el dolmus no iba a salir ese día. Yo asentí y el niño me preguntó de dónde era. Se lo dije —Argentina— y se quedó mirándome, en éxtasis; luego se sentó a mi lado y me mostró un cromo de un jugador argentino que en ese momento jugaba en el Besiktas, uno de los equipos más populares del país. Yo asentí nuevamente y el niño se sentó a mi lado y se quedó en silencio un rato; cuando se levantó para irse le di un lápiz y sonrió sorprendido, me agradeció y se marchó. Yo había aprendido durante un viaje anterior por Marruecos que pequeños regalos como los lápices de colores o los caramelos podían sacarte de apuros si había un niño cerca, porque los niños siempre conocían al dedillo las intrincadas ciudades en las que vivían y estaban dispuestos a ayudarte a cambio de una pequeña gratificación. En la casa de té ya no había clientes y los de la peluquería habían comenzado a marcharse para el rezo en la mezquita. Yo estaba pensando en hacer lo mismo cuando un camión lleno de corderos se detuvo frente a mí. Su conductor, un hombre delgado de bigotes grises que estaba quedándose calvo, me dijo algo que no pude escuchar por el ruido del motor. Le dije que iba a Sungurlu y me ordenó que subiera; tomé mis cosas y me dirigí a la cabina del camión cuando el hombre me señaló el remolque donde estaban los corderos. Me detuve en seco; pensé en quedarme allí y en seguir y luego no pensé más y me subí al camión. El pelo de los corderos parecía el agua de un mar blanco que se movía y se adaptaba a tu cuerpo cuando entrabas en ella. Me metí entre los animales y uno de ellos me dio una patada a modo de bienvenida; lo aparté con el brazo y el camión partió.

Una de las cosas más interesantes de los corderos es que, contra lo que se piensa habitualmente, no son nada pacíficos. Uno que tenía una mancha negra en la cara intentó morderme cuando lo moví para acodarme en uno de los costados del camión. Afuera, el paisaje se componía de una vasta meseta de colinas onduladas, cubiertas de poca hierba que revelaban vistas cada una más bella y solitaria que la anterior. Un anciano pasó montado en un burro y al acercarnos vi que movía los labios, quizás hablándole al burro o sólo hablando consigo mismo. El sol había comenzado a caer y eso parecía haber tranquilizado a los corderos, que se habían apiñado en el centro del remolque; el viento aullaba a nuestro alrededor pero yo no sentía frío gracias al calor que emanaba de sus cuerpos. Mientras viajábamos pensé que al día siguiente ellos estarían muertos y yo estaría vivo y me alegró que no lo supieran, y luego pensé en todos los que habían pasado antes que yo por allí y habían contemplado las colinas de Anatolia y ahora estaban muertos, comenzando por Abraham, de quien se dice que vivió en el sur, Noé, que habitaba en el este, cerca de la actual Armenia, los troyanos, Herodoto, quien nació en el suroeste, en la actual Bodrum, Jenofonte, quien en el año 401 a. C. condujo a un ejército de diez mil mercenarios griegos derrotados de regreso a casa, los ejércitos persas de Ciro, Darío y Jerjes, Alejandro Magno, los ejércitos romanos, los mercaderes que hacían la Ruta de la Seda, los mongoles, los cruzados y los turcos.

En un punto del camino las colinas comenzaron a hacerse más pronunciadas y algo más verdes y los campos sembrados cedieron paso a las primeras casas. El conductor del camión se detuvo en un baldío en el que había siete u ocho autobuses que partían a diferentes sitios y yo salté fuera, le di las gracias, le deseé buen viaje y él me lo deseó a mí. Entonces, comencé a caminar entre los conductores de los autobuses, que voceaban sus destinos a la manera turca. Ninguno viajaba a Estambul pero había uno que iba a Ankara, desde donde podía regresar a Estambul sin problemas; al comprarle el boleto noté que fruncía el ceño y me di cuenta de que algo menos agradable que el recuerdo de los corderos y del viaje que habíamos hecho juntos por razones tan curiosas como circunstanciales —su olor— me acompañaría hasta que encontrara una ducha.

Me senté en un asiento al fondo del autobús para no molestar al resto del pasaje y me pregunté porqué aquel conductor había accedido a traerme cuando esto es tan poco habitual en Turquía, y pensé que éste es un país al que llegas con una interrogante y que te devuelve al sitio de donde has venido con decenas de ellas y sin haber respondido siquiera a la pregunta que traías; tú regresas adonde quiera que vivas y contigo lo hacen las formas de un vaso depositado sobre un platillo con arabescos rojos y dorados, el olor de las especias en el mercado, la melancólica música turca a la que te has aficionado y un montón de nombres que no significarán nada para nadie excepto para ti mismo: Trabzon, Igdir, Van, Konya, Kusadasi, Göreme. Una vez más pensé en los corderos y pensé en mí mismo, entonces partió el autobús.


ALGUNAS INFORMACIONES ÚTILES

BOGAZKALE
No hay mucho que ver en este pequeño poblado al que se puede llegar en dolmus desde Sungurlu, accesible a su vez en autobús desde Ankara. Sin embargo, Bogazkale es, en cierto sentido, el “hogar” de Hattusas, una ciudad de cuatro mil años de antigüedad que alguna vez rigió una buena parte del mundo conocido. El sitio arqueológico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, se encuentra a un kilómetro del pueblo y se compone de un complejo de templos y palacios de los que sólo se conservan los cimientos, largas murallas con sus correspondientes puertas —algunas de ellas imponentes— y un pequeño museo abierto de 8 a 19 horas que acoge algunos de los objetos desenterrados en el sitio, aunque es necesario mencionar que los más notables no se encuentran aquí sino en el impresionante Museo de las Civilizaciones de Anatolia, en Ankara. El costo de la entrada es de aproximadamente un dólar y el recorrido a través de la ciudad es de ocho kilómetros, montaña arriba en varios tramos, por lo que se recomienda visitar el sitio por la mañana antes de que comience a apretar el calor, vestir ropa cómoda, y traer mucha agua. Fuera de Hattusas, accesible mediante un camino, se encuentra Yazilikaya, el templo excavado en las quebradas de una montaña en el que puede contemplarse una procesión de dioses hititas grabados sobre la roca. El boleto para Hattusas es válido también para Yaz?l?kaya. Fuera del templo se encuentran algunos puestos que venden reproducciones en barro de objetos hititas a un precio que, como todo en Turquía, depende de quién pregunte y cuándo. (Más información en www.hattuscha.de).

Bogazkale cuenta con varios hoteles destinados a arqueólogos y visitantes; si bien son pequeños, su calidad es superior a lo habitual. Una buena opción es la Pensión y Hotel Hattusas (Cumhuriyet Meydan 22; T. 90 (364) 4522 013; F. 90 (364) 4522957; www.hattusha.com; habitación doble 12 euros con ducha en la pensión y 30 euros en el hotel; desayuno 2 euros) que también cuenta con un buen restaurante. Su dueño habla inglés y es una excelente fuente de información.

ANKARA
En 1923, Mustafá Kemal Atatürk, el fundador de la Turquía moderna, trasladó la capital de Estambul a Ankara como señal de un nuevo comienzo e hizo levantar una ciudad moderna allí donde sólo había un poblado modesto de pasado glorioso. Si bien Ankara carece del encanto de Estambul, su historia no es desdeñable: aquí reinó el famoso rey Midas y la ciudad adquirió renombre gracias a ciertos felinos, los gatos de Angora, que es como también se llama a la ciudad, y por sus textiles. Ankara es un sitio de tránsito inevitable para quien desee visitar Bogazkale o se dirija al sur, pero también merece que el viajero se detenga gracias a varios de los monumentos romanos que pueden verse aquí, al notable Museo de las Civilizaciones de Anatolia (Anadolu Medeniyetleri Müzesi, Hisarlar Caddesi, Atpazari; T. 90 (312) 324 3160; www.anadolumedeniyetlerimuzesi.gov.tr; de martes a domingos de 8:30 horas a 17:30 horas; entrada 3 dólares) y al impresionante Mausoleo de Atatürk (Anit Kabir, An?t Cad. s/n; abierto los lunes de 13:30 horas a 17 horas y de martes a domingos de 9 horas a 17 horas; entrada gratuita).

QUÉ COMER
No importa cuántos elogios se dediquen a la comida turca, siempre resultarán insuficientes. La cocina de este país es una de las más variadas del mundo y muchos de sus platos sólo pueden encontrarse en determinadas regiones; para decirlo de otra forma, se puede pedir un mismo plato en Estambul, Antakya y Kars y resultará diferente. Incluso el kebap, probablemente el plato turco más conocido fuera del país, se presenta en variantes regionales tan diferentes que a menudo resulta irreconocible: desde trozos de pollo asado con un poco de cebolla, lechuga y tomate en pan hasta carne de cordero asada cocida al horno en salsa de tomate acompañada de pan recién horneado y arroz. Si bien en ciudades como Estambul los puestos en las calles son una opción práctica y poco costosa, vale la pena meterse en restaurantes, en particular en los lokanta concurridos por turcos, porque no son mucho más caros que los puestos ambulantes y ofrecen por lo general más garantías en cuanto a la cocción de los alimentos. Una excepción a esto la constituyen los interesantes puestos de dondurma, el helado turco que sus vendedores promocionan levantándolo en el aire con palas de madera y golpeándolo con ellas para que conserve su consistencia.

Muchas recetas de la cocina turca incluyen carne de cordero; en lo personal, creo que el animal está mucho mejor en cualquier otro sitio, como viajando en un camión, que en un plato.

CÓMO MOVERSE
Si bien los conductores de dolmus suelen tener cierta ruta más o menos establecida de antemano, su flexibilidad hace que uno pueda permitirse sugerir una ruta alternativa o un desvío, y su utilidad es enorme, en particular en ciudades como Estambul —donde pueden encontrarse decenas en la plaza de Taksim y también en el área de Eminönü, Kadiköy y Aksaray— y en las carreteras de la Turquía profunda. En las ciudades los dolmus suelen ser preferibles a los autobuses, siempre abarrotados, y son especialmente requeridos al final de la jornada laboral cuando los trabajadores inician el regreso a casa; ver cómo el conductor se las arregla para sortear el tráfico intrincado, entrega el cambio, escucha música y habla con los pasajeros mientras retiene en la cabeza el sitio en que estos se deben bajar es algo que merece ser visto.

Publicado en Travesías 57. México, septiembre de 2006.