febrero 22, 2008

El argentino Hugo Wast (1883-1962): Un best-seller olvidado

Es probable que las razones por las que un autor es recordado tras su muerte sean tantas y tan variadas como las que hacen que otro sea olvidado por completo. Esto es porque la historia literaria no atiende a la calidad de los autores y las obras que la componen sino a complejas operaciones de legitimación en las que intervienen razones tanto políticas como editoriales y educativas y, a veces, el puro azar; con ellas, la crítica compone un mapa siempre cambiante en el que a menudo hay presencias injustificables y omisiones incomprensibles. Una de estas omisiones es la de Hugo Wast: Martín Prieto no lo menciona en su excelente Breve historia de la literatura argentina (2006), por ejemplo, y su nombre ha sido ya más o menos olvidado. Su realismo ramplón y melodramático y su irremediable nacionalismo de corte fascista justificarían su exclusión de cualquier historia de la literatura argentina basada en criterios de calidad artística. Una historia literaria que, por contra, quisiera contar las cosas tal como realmente fueron no debería prescindir de él: Wast fue uno de los escritores argentinos más importantes de su tiempo, además del primero en concebir la literatura como un bien de consumo, un innovador en las estrategias de mercantilización del libro y, probablemente, el escritor argentino más vendido de todos los tiempos, el primer best-seller.

EL TEMOR DE DIOS

Su verdadero nombre fue Gustavo Martínez Zubiría y nació en la ciudad de Córdoba el 22 de octubre de 1883. En 1903 publicó Fantasías y leyendas, en 1904, Rimas de amor, en 1905, la novela Alegre y en 1907, Pequeñas grandes almas. Sus títulos permiten entrever el contenido: realismo simplón, amores "puros", situaciones melodramáticas que a menudo involucran madres, exageración folletinesca y buenos sentimientos entre los que se incluyen el temor de Dios y el amor a la Patria, todo en mayúsculas. En 1907 Wast se doctoró en derecho en la Universidad de Santa Fe y ese mismo año actuó como secretario de la Asamblea Constituyente para, ya afiliado al Partido Demócrata Progresista, ser candidato a vicegobernador por ese partido en 1915. Un año después fue elegido diputado nacional por Santa Fe; su labor legislativa se encuentra recogida en el previsiblemente soporífero Prosa parlamentaria (1921).

En 1911, de forma paralela a su actividad política, había publicado su novela Flor de durazno y en 1916 La casa de los cuervos, dos de sus libros más exitosos, a los que siguieron la novela Ciudad turbulenta, ciudad alegre, publicada por entregas por el diario La Nación, Valle negro (1919), al que la Real Academia Española, premió con su medalla de oro en 1923 y, en 1926, Desierto de piedra, por el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. En 1927 cumplió con el viaje a Europa obligatorio para los escritores sudamericanos de aquellos tiempos: Wast permaneció cuatro años fuera del país, elevando la ya casi increíble cifra de sus hijos de diez a doce; a todos los dejó estudiando en colegios franceses e ingleses.

En 1928 la Academia de la Lengua lo designó miembro correspondiente y un año después publicó Lucía Miranda. Una serie de funciones burocráticas se suceden a continuación en su biografía, entre ellas la dirección de la Biblioteca Nacional –otorgada por el ministro de Justicia e Instrucción Pública del gobierno del general José Félix Uriburu–, la incorporación a la Academia Argentina de Letras, la presidencia de la comisión de prensa del XXXII Congreso Eucarístico Internacional que se celebró en Buenos Aires al año siguiente, la presidencia de la Comisión Nacional de Cultura y la designación como interventor federal en la provicia de Catamarca. En 1943 el presidente de facto Pedro P. Ramírez lo designó ministro de Justicia e Instrucción Pública, un cargo en el que consiguió implantar la enseñanza religiosa en las escuelas públicas tras años de polémicas. En 1954, el gobierno de Juan Domingo Perón lo despojó de su cargo de director de la Biblioteca Nacional como consecuencia de su enfrentamiento con los sectores religiosos, a los que Wast representaba, y tres años después la Editorial Fax publicó en Madrid dos volúmenes con sus Obras completas; en total escribió treinta novelas. Murió en Buenos Aires el 28 de marzo de 1962 con el mérito dudoso de haber colaborado con todos los gobiernos militares que se cruzaron en su camino.

DESPRECIO Y VENTAS

En sus funerales, el jesuita Guillermo Furlong sostuvo que "ni la enorme popularidad de Hugo Wast pudo arrancar una expresión de elogio, ya que no de admiración, de las sectarias plumas de los que, agavillados tras divisas engañosas, conspiran contra Dios y, por ende, contra la Patria". No es conveniente ir a buscar opiniones sobre literatura a la iglesia, pero Furlong acierta al señalar popularidad –es decir, ventas– y desprecio de la crítica como los dos polos entre los que se movió Hugo Wast durante su vida. El desinterés de las "sectarias plumas" no se debió sin embargo a la famosa conspiración contra Dios y la Patria tan recurrida en el Río de la Plata sino simplemente a una forma de concebir la literatura que veía la calidad literaria como opuesta al gusto masivo, al que Wast siempre fue fiel.

Si se debe creer a Juan Carlos Moreno, amigo personal y biógrafo del escritor, la novela Flor de durazno habría agotado más de doscientos mil ejemplares distribuidos en treinta y cuatro reimpresiones y La casa de los cuervos habría tenido treinta y dos ediciones que contabilizarían ciento noventa y dos mil ejemplares vendidos, además de una traducción publicada por Macmillan en Nueva York con notas y vocabulario en inglés para la enseñanza del español, a lo que habría que sumar las exitosas adaptaciones cinematográficas de ambas novelas: La casa de los cuervos (Carlos Borcosque, 1941) y Flor de durazno (Francisco Defilippis Novoa, 1917) con el presunto uruguayo Carlos Gardel. Según Moreno, "sin contar con las publicaciones folletinescas, en una época se editaron sus libros en tres encuadernaciones diferentes, para hacerlas accesibles a todos los bolsillos: una de lujo, encuadernada; otra de buen papel, en rústica, y la tercera, popular, muy barata". La publicación por entregas, la multiplicación del público mediante la diversificación del producto y la adaptación cinematográfica no fueron las únicas estrategias de venta desarrolladas por el autor.

Excepto por Flor de durazno, editada en Buenos Aires en 1911 por Alfa y Omega, Fuente sellada, Lucía Miranda, El camino de las llamas y 15 días sacristán, publicadas por Ollendorff de París en 1914, y Don Bosco y su tiempo, editada en Madrid en 1932, todas sus primeras ediciones fueron publicadas por el autor con los sellos de Agencia General de Librería y Publicaciones y Editorial Bayardo; Wast también se encargó de su distribución. La autoedición lo llevó a tener que actuar también como un moderno agente, aprovechando sus salidas del país para negociar traducciones y derechos; así, su participación en el Congreso del PEN Club Internacional en Varsovia, en junio de 1930, fue sellada con la firma de contratos para publicar cuatro novelas suyas en Polonia y ese mismo año se reunió en los Estados Unidos con agentes de la editorial Logmans Green para firmar un contrato por la publicación en inglés de otros cuatro libros. Wast fue también muy hábil para vender los derechos de adaptación teatral y cinematográfica de sus libros y llegó incluso a interesarse por la producción material de estos; según su biógrafo, fue uno de los primeros escritores argentinos "que en aquellos años adornaba sus libros con carátulas llamativas, de buen gusto artístico" y llegó a decir que "antes de pensar el argumento de una novela, pensaba en el papel con que iba a editarla".

Estas estrategias de venta, además de ser únicas en la literatura argentina de su tiempo, no son accesorias a la propia producción escrita de Hugo Wast; de hecho, su pseudónimo es un anagrama extraído de su nombre de pila en idioma nórdico: "Ghustawo" y el escritor comenzó a utilizarlo luego de que sus tres primeros libros, firmados con su nombre original, no se convirtieran en sucesos de venta. Su estilo lo emparenta con otros novelistas como Enrique Larreta y Manuel Gálvez, quienes no son mucho mejores que Wast pero sin embargo han entrado en el mapa crítico hace tiempo. Su preocupación por las ventas y los aspectos más específicamente materiales del hecho literario lo relaciona con otro escritor que hizo de la circulación del dinero su tema principal, Roberto Arlt, de quien Wast es una especie de doble bienintencionado y ridículo. Wast comprendió como ningún contemporáneo suyo, con la probable excepción de Arlt, las posibilidades de la literatura como objeto de consumo, y se dedicó a explotarlas. La historia de la literatura argentina no debería prescindir de él.

Publicado en El País Cultural 953. 15 de enero de 2008.

febrero 12, 2008

Dos libros sobre Borges

Echavarría, Arturo: Lengua y literatura de Borges. Madrid; Frankfurt am Main: Iberoamericana; Vervuert [La crítica practicante. Ensayos latinoamericanos 1], 2006.

Echavarría, Arturo: El arte de la jardinería china en Borges y otros estudios. Madrid; Frankfurt am Main: Iberoamericana; Vervuert [Teoría y Crítica de la Cultura y Literatura 33], 2006.


No es habitual encontrarse con la reedición de un ensayo académico; la mayor parte de las veces, el recorrido de estos es breve y casi íntimo: de la mesa de trabajo del autor a la imprenta y de allí a las estanterías de los interesados en el tema ―a menudo amigos o colegas del autor― y a las de las bibliotecas, donde la relevancia de una obra queda puesta de manifiesto en el deterioro del volumen y en la cantidad de subrayados y anotaciones que sus lectores le han hecho. Quizás no esté de más decir, en ese sentido, que el ejemplar de Lengua y literatura de Borges de Arturo Echavarría que se conserva en la biblioteca del Seminario de Filología Románica de la universidad de Gotinga está subrayado una y otra vez, y apenas se mantiene entre sus tapas. Una segunda prueba ―ya no de carácter local― de la importancia del libro de Echavarría, publicado originalmente en 1983, es su reedición el año pasado.

Entre los méritos que justifican su importancia debería destacarse el hecho de que ninguna teoría entorpece el análisis, que se basa en una lectura atenta y carente de dogmatismos cuyo presupuesto es la continuidad conceptual de ensayo, cuento y poesía, así como entrevistas y otros paratextos, en la obra de Borges. Echavarría fue uno de los primeros críticos, junto con Jaime Rest (1976) y Gabriela Massuh (1980), en interesarse por la forma en que Borges comprendió la naturaleza y los límites del lenguaje e incorporó al análisis una perspectiva diacrónica de notable importancia si se considera la evolución del pensamiento borgeano desde sus primeras manifestaciones en la década de 1920 hasta la muerte del autor.

Según Echavarría, Borges concibió el lenguaje "como un sistema arbitrario de símbolos independientes de la realidad objetiva y que, por ello mismo, tiende a falsearla" (51) cuyo carácter es "comunitario e impersonal" (55) a la vez que temporal, por cuanto es de "índole sucesiva" y por el hecho de que el transcurso del tiempo altera el sentido de las palabras que lo componen (69), e intemporal, debido a que utilizar una palabra "equivale a reproducir una imagen que, con pequeñas variaciones, es compartida por todos los que pertenecen a ese ámbito lingüístico, tanto en el presente como en el pasado" (70). La tesis central del libro es que Borges, partiendo de una concepción escéptica de las posibilidades del lenguaje como medio de expresión, acorde a su concepción del manejo "difícil y problemático" del idioma como instrumento (74) y a la dificultad de innovar en él, desarrolló una estrategia de enriquecimiento del lenguaje consistente en la superación de sus limitaciones mediante una red de alusiones "externas" e "internas" que la crítica posterior denominaría "intertextualidad" e "intratextualidad". Mientras que las primeras consisten en alusiones a otros textos del autor, y en ocasiones al mismo texto que contiene esas alusiones, básicamente en la forma de palabras como "noche", "sombra", "orillas", etcétera, cuyos sentidos se amplían y vuelven más densos debido a su uso diferencial por parte de Borges, las segundas son alusiones a textos de otros autores y suponen la participación activa del lector para su interpretación, una de las preocupaciones centrales de la literatura del escritor argentino. El resultado es una estética de la "incredulidad" (178) que advierte acerca de "los peligros inherentes en todo lenguaje cuando se toma como fiel espejo de la realidad" (133-134, cursivas del autor).

Echavarría organiza su ensayo en tres capítulos. El primero (25-102) desarrolla la sistematización del pensamiento de Borges en relación al lenguaje y la literatura que he esbozado y concluye con la constatación de numerosas y profundas similitudes entre las ideas del escritor argentino y las de Fritz Mauthner. El segundo (103-132) ilustra esta concepción en su poesía, prestando especial atención al desarrollo del pensamiento de Borges en torno a la metáfora y la creación de un vocabulario poético personal. El tercero (133-178) se ocupa de la narrativa de Borges y la reflexión en ella sobre lenguaje y literatura; cuatro profundos análisis ―de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", "El acercamiento a Almotásim", "Los teólogos" y "Historia del guerrero y la cautiva"― conforman este capítulo. El más extenso de estos análisis es el del primero, por considerarlo el relato "donde se encuentran mejor ejemplificados en la obra cuentística gran parte de los postulados teóricos acerca del lenguaje y la literatura que comentamos en el primer capítulo" (133). El "Prefacio" de Klaus Meyer-Minnemann (9-15) contextualiza el texto y aporta información relevante sobre la obra.

El arte de la jardinería china en Borges y otros estudios es una profundización a la vez que una actualización, veintitrés años después de publicada la primera obra, del pensamiento de su autor sobre el escritor argentino. Sus nueve ensayos ―todos, excepto uno, aparecidos anteriormente en publicaciones especializadas― son ejemplo de una cierta paradoja conocida al interesado en la literatura de Borges, que consiste en que los estudios dedicados a su narrativa son mucho más extensos que los relatos breves que les sirven de asunto, y ―a diferencia de estos― no aspiran a la totalidad. El primero (11-46) se ocupa de "El jardín de senderos que se bifurcan" utilizando la noción de espacio textual y mostrando una notable erudición del autor acerca del poco conocido tema del jardín en la historia cultural china. El segundo (47-69) tiene por tema las referencias a la historia de Irlanda y del Imperio Británico en "La forma de la espada" y los antecedentes de este relato en The informer de Liam O’Flaherty y el film del mismo nombre de John Ford. "La muerte y la brújula" es el asunto del tercer capítulo (71-90), en el que Echavarría estudia la "inversión", que considera uno de los procedimientos principales en la obra del argentino, y aborda la cuestión de los arlequines y el carnaval en ese relato a partir del aporte teórico de Mijail Bajtín. El cuarto capítulo (91-101) se ocupa de las coincidencias entre el relato "La muerte y la brújula" y un pasaje de El águila y la serpiente del mexicano Martín Luis Guzmán. Quizás uno de los capítulos más interesantes del volumen, el quinto (103-118) evalúa la figura de Pierre Menard en el marco del simbolismo francés y se detiene en los puntos de coincidencia entre Borges y el español Miguel de Unamuno. El sexto capítulo (119-126) se ocupa del breve relato "His End and his Beginning". El séptimo (127-140) propone una lectura de "Acercamiento a Almotásim" que enfatiza la aparición en él de elementos como la fusión de géneros y la transgresión de límites narrativos, elementos constitutivos "en la narrativa que vendrá con posterioridad" (127), y profundiza en la noción de tradición literaria según Borges. En el octavo (141-149), el autor se interesa por la concepción de este acerca del canon; su análisis parte de los aportes de Harold Bloom y John Guillory sobre el tema. El noveno capítulo (151-172) historia la recepción crítica de la obra de Borges desde sus comienzos, deteniéndose en algunos de los hitos de esa recepción, como los debidos a Enrique Pezzoni, Ana María Barrenechea, Massuh, Jaime Alazraki y Emir Rodríguez Monegal.

Los ensayos de El arte de la jardinería china en Borges y otros estudios muestran que Echavarría se siente actualmente más cercano a "las posiciones que interpretan a un Borges contextualizado en una realidad geográfica y cultural" y ya no piensa en su obra como "orbe cerrado de lenguaje" (168). Estos ensayos, así como Lengua y literatura de Borges, y todo lo hecho entre una obra y otra son ejemplo de un interés continuo y profundo por la obra de Borges que es también el testimonio de una vida.


Publicado en Iberoamericana 28. Diciembre de 2007.

El guardián del cementerio

Antología seca de Green Hills
Matías Néspolo
Barcelona: emboscall, 2005

Una serie subterránea reúne este primer libro de Matías Néspolo (Buenos Aires, 1975) ―periodista de la edición catalana del periódico El Mundo y de otras publicaciones como Letras Libres y Clarín― con una cierta Antología Griega reunida alrededor del siglo I a.C. que consta de unas cuatro mil piezas breves, principalmente epitafios, y con la relativamente olvidada Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters (1915), sobre cuyo molde se vuelca el libro de Néspolo. La de Masters no es su única influencia ―quien esto escribe ha reconocido también las de Juan Gelman y de Federico García Lorca―, pero es de Masters de quien Néspolo extrae la idea de una antología de epitafios imaginarios ―el argentino los llama, más bien, "jaculatoria", "llanto", "lamento", "epitafio", "plañido", "responso", "súplica", "elegía", etcétera― de un cementerio imaginario de un pueblo imaginario llamado Green Hills. Al igual que los de Masters, los epitafios de Néspolo constituyen un relato del drama y la muerte de cada personaje ―a menudo asumido por él mismo― a la vez que un enjuiciamiento moral de la vida en pueblos abismados por la estrechez de horizontes, la hipocresía y el puritanismo. Como los de Masters, también, los epitafios de Néspolo no carecen de humor, un humor que se extrae de cierta disposición de la frase y de las rimas y de los destinos más o menos desafortunados de sus creaciones, como en el caso de "Eugenio el malnacido / nació de culo y bien sanito" (23) del "Responso por la navaja desafilada de Eugenio Antonópoulos" (23-25) y del sacerdote de la localidad, Casimiro Benedit, del cual "fue católica la ingle" (32) en la "Elegía por los salmos luteranos de Casimiro Benedit" (31-33).

Sin embargo, el principal aporte de Néspolo a la serie a la que se hacía referencia es la recreación en sus poemas de la lengua de las coplas del noroeste argentino, una forma de literatura oral y subterránea escrita por pastores analfabetos pero cuyos temas son la muerte y el tiempo. Esta utilización de una poesía sentenciosa y de formas simples ―por ejemplo en el "Responso": "de río arriba a un tiempo se vino / de las plantaciones de algodón o quebrachales / del monte / con una negra amancebada / para ama de leche de su prole / leche proletaria de su china / como hijos nunca tuvo / él solo la bebía" (24)― contribuye a la impresión de que se está frente a poemas cuyos personajes son argentinos. La suya es, sin embargo, una Argentina enrarecida y de dimensiones ilimitadas, ya que en ella caben los quebrachales del monte y New Orleans, irlandeses y chinas argentinas, Salta y el Potomac, una Argentina llena de muertos que, además de ser la Argentina verdadera, es tal vez la que los escritores argentinos que viven fuera de ese país ―uno de los cuales es Néspolo― conocen y añoran y temen, la que los mantiene despiertos por la noche, escribiendo.


Oración fúnebre por la maleta desflorada de Grace Cooper

"no me gustan los fantasmas"
no señor, no le gustaban
"porque no los hay
porque están muertos no me agradan"

la señorita Cooper de new jersey
ya maliciaba del entuerto
en escuela pueblo muerto
impartía sus lecciones
y partió el temor en risas curvas
las caderas

bonitos ojos almendrados
y bonito sentido del humor
de guardián del cementerio

"pero no me agradan
porque no los hay y no los hubo"
por las gradas los arreaba
derechito a su maleta

flor de orinal es la locura
sin equipaje la cabeza
una muleta para el niño
y de memoria la lección
"¿cuántos pares son tres botas?"
y las botas de tacón
fueron ratas o fantasmas
mirada opaca las almendras
nueces de california en su costal
a picotazos dibujaba
un buitre en la pizarra
y era fácil la lección
pues sentadito en su pupitre
el retrasado Joshua progresaba

"no me agradan" no señor
"no me gustan los fantasmas"

de a pares nacen las botas
y los idiotas van a la escuela
perdió otra muela el loco Sidney
las almendras
por amargas saben bien

ah, niña Grace pequeñita
aún merodea su maleta
en el barranco
sopla el viento.


Inédito. 12 de febrero de 2008.