marzo 22, 2008

Un experimento entre ficción y realidad

El hueco que deja el diablo
Por Alexander Kluge
Traducción de Daniel Najmías
Barcelona: Anagrama, 2007

Nacido en Halberstadt en 1932, Alexander Kluge es uno de los autores más importantes del "nuevo cine alemán" surgido en la década de 1960 y caracterizado por su activismo político. Entre los filmes más importantes de Kluge se encuentran Los artistas en la tienda del circo: desorientados (1967) y Trabajo ocasional de una esclava (1973), además de un capítulo del filme colectivo Alemania en otoño (1978). El filósofo Theodor Adorno le presentó pronto al cineasta Fritz Lang, quien debía desalentar sus esfuerzos literarios. Sin embargo, Kluge se convirtió en asistente en las últimas películas del director de Metrópolis (1927) y dirigió otras veinte pero nunca dejó de escribir. Su primer largo, Despedida del ayer (1966), estaba basado en un relato propio, por ejemplo. Su producción como teórico cinematográfico lo convirtió en una autoridad, pero Kluge es principalmente un autor de relatos cortos y muy cortos, muchos de los cuales fueron compilados en los dos volúmenes de la monumental Crónica de los sentimientos (2000). Su obra narrativa era desconocida en español hasta la publicación de El hueco que deja el diablo (2003).

El libro se compone de ciento setenta textos breves ―quinientos en la edición alemana― en los que el autor pretende abordar las principales experiencias políticas y culturales recientes ―de allí el apropiado subtítulo de la edición alemana, "En el entorno del nuevo siglo"― a través de la filosofía kantiana y, muy especialmente, de las enseñanzas de la Escuela de Frankfurt, principalmente Adorno y Walter Benjamin. Su manera de aproximarse a estos hechos es, paradójicamente, directa e indirecta a la vez, puesto que Kluge se refiere sin dilaciones a sucesos de la historia y la política internacional donde cree encontrar la mano del diablo ―el ataque a las Torres Gemelas, el hundimiento del submarino Kursk, el accidente de Chernobyl, la destrucción de las ciudades alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial, la primera Guerra del Golfo, una revuelta en Bizancio, el nazismo, etcétera― pero, más que por ellos directamente, Kluge se interesa por las posibilidades ficcionales de estos hechos y, particularmente, por lo que puede aprenderse de ellos sobre la moral, la causalidad, la minoría de edad autoimpuesta, la ética laboral y la ley. En ese sentido, el libro es un experimento sobre la naturaleza de los vínculos entre ficción y realidad. Kluge se vale de las convenciones del informe periodístico, el ensayo de divulgación, la cita ―falsa pero basada en datos documentados― y el diálogo, pero estas técnicas "objetivistas" están puestas al servicio de la ficción o, mejor aún, del territorio entre ficción y realidad que el alemán reclama para sí en este libro.

El uso de collages, la interpretación antinaturalista y la prosa objetiva ―que el autor también ha practicado en sus filmes― dota al libro de un curioso encanto, aunque un encanto frío y distante. Kluge parece ser un erudito en asuntos como el gobierno del emperador Diocleciano, la catástrofe de Chernobyl ―sobre la que escribió un libro en 1996― y teoría política, pero las conclusiones que elabora, y que plagan muchos relatos, resultan de difícil comprensión; quizás por ello, la edición norteamericana del libro incluye un prólogo y unas notas finales que los editores en español han tenido el acierto de reproducir, incluso aunque tampoco expliquen mucho. Sin embargo, Kluge es un buen narrador, como lo demuestran algunos relatos de este libro. Los personajes de los mejores son consejeros matrimoniales concienzudos, soldados alemanes perdidos en el interior de África, astrofísicos rusos que pueden ver la rotación de los átomos con sus propios ojos pero luego son incapaces de transmitir esta revelación, antiguos revolucionarios rusos que temen a las hormigas o son incapaces de implantar el socialismo en una colonia de náufragos, deformes y técnicos de los orígenes del cine, y, naturalmente, el diablo. Excepto por algunos relatos, en uno de los cuales aparece disfrazado de asesor de la Casa Blanca, Kluge nunca "encuentra" al diablo y el lector parece tener que inferir las implicaciones éticas y morales de los hechos narrados y su supuesta condición diabólica sin “ayuda” del autor. Este es precisamente el "hueco" que deja Kluge, y en él está gran parte del atractivo de este libro.


Publicado en ADNCultura de La Nación (Buenos Aires). 22 de marzo de 2008.