diciembre 17, 2008

diciembre 15, 2008

Reportaje de Jesús Maqueda: "La risa es el triunfo de la vida sobre la muerte"

El reportaje, aquí.


Publicado en La Gaceta de los Negocios (Madrid). 12 de diciembre de 2008.

Del archivo II: Cómo escribir un ensayo académico

La producción incesante, metódica y, al menos en su origen, completamente desproporcionada en relación a la demanda que es el signo de nuestros tiempos, difíciles o no, tiene su correlato natural e inevitable en la producción de artículos académicos. Quien haya leído —por el caso, también hojeado— cualquier publicación académica en los últimos tiempos habrá quedado impresionado por la gratuidad y la superficialidad de gran parte de los artículos publicados. Más aún: quien esté metido en la Disneylandia académica —entre el Captain Hook y Peter Pan, que encarnan los dos modos preferidos de actuación en este campo— y haya deseado alguna vez publicar un artículo en alguna de sus revistas habrá notado que esto es más difícil que leer a Pablo Neruda —de quien se ha dicho que "Quiso ser poeta y sólo llegó a poeta chileno"— y no pensar en Walt Whitman, a quien se lo robó todo, más complicado que estar serio mientras se lee el grandísimo poema "La última felicitación" del enorme Francisco Vighi, más doloroso en la entrepierna que leer una antología de poetas chicanas lesbianas. Quien quiera publicar un artículo en una revista académica tiene que enviarlo y esperar hasta un año para que le comuniquen la negativa —que es lo más frecuente— o la publicación, en uno o dos años. Contra la crítica de izquierdas de Argentina, que divide el "campo" cultural en las dicotomías aparentemente irreconciliables de "mercado" y "academia", ésta demuestra en la etiqueta de aceptación o rechazo de sus publicaciones que en ella operan las mismas reglas que en el mercado: aquí también un tema es relevante en razón a su demanda, la marca —el nombre y prestigio del autor del artículo— es más importante que el producto y lo que determina en última instancia la aceptación, o no, no es otra cosa que lo que los alemanes llaman la vitamina "B", por "Beziehungen" (relaciones o contactos).

Un excurso breve, homófobo, racista y reaccionario sobre la demanda: la mejor forma de conseguir ser publicado en alguna revista académica de los Estados Unidos es, en la actualidad, escribir acerca de la literatura chicana, la "homosexual" —cualquier cosa que ésta sea— o sobre literatura y cine, debido a la demanda específica de sus alumnos —que son, entre otras cosas, chicanos u homosexuales y van mucho al cine— por leer sobre estos temas; es absurdo, pero así de absurdas son las masas, como dirían aquellos dos grandes filósofos, José Ortega y Gasset. Fin del excurso.

En descargo de las publicaciones académicas y sus larguísimos procesos de selección —cuya eficacia radica en el triunfo, y publicación, de los ensayos más pedestres y acomodaticios— se debe reconocer que, simplemente, les envían demasiados manuscritos. Quizás el drama más terrible de nuestros tiempos y el de peores consecuencias es que todo el mundo cree tener algo para decir —nosotros también, qué duda cabe, pero por lo menos no llevamos un diario de nuestro bebé o alguna imbecilidad semejante— y lo dice. Y es que contra lo que se piensa habitualmente— es muy fácil escribir artículos académicos; de hecho, para melancólicos y tímidos, que son quienes se interesan por esta gilipollez de la literatura, es más fácil que abrir una cuenta en el banco o ir a tomar una copa con una compañera de oficina. Escribir un ensayo académico es increíblemente fácil si se sabe sacar partido de la información que se posee; aquí le mostramos cómo.

Supongamos que tenemos que hablar sobre la escritora Gabriela Mistral. De ella podemos decir que fue una escritora, criada en el seno de la familia Mistral y cuyo padre la bautizó Gabriela; todo esto es obvio y por lo tanto tiene que aparecer en nuestro ensayo. A partir de este punto podemos improvisar: hablar de las dificultades que tuvo que atravesar para triunfar como escritora —qué escritor no tiene que pasar por ellas— y hablar de que, pese a ellos, se convirtió en una escritora importante, lo cual se cae de maduro porque si no no estaríamos hablando de ella. Es importante mencionar el nombre completo del escritor que nos ocupe cada vez que hagamos referencia a él porque eso da la impresión de que sabemos sobre el tema y además abulta. Un nombre como Gabriela Mistral no roba mucho espacio, por lo que habría que concentrarse en los escritores de nombres más largos: Jorge Luis Borges ya es un avance en relación a Gabriela Mistral, pero los que se llevan las palmas son Nicolás Fernández de Moratín, Juan de Agramont y Toledo y Juan Alcaide de la Vega, cuyos nombres son más largos que la paciencia del pobre. Llamar al escritor por su nombre de pila o apodo, por contra, puede no caer bien excepto que uno sea un viejo profesor y se haya ocupado de él toda la vida; si se hace alusión a un encuentro personal, por contra, el apodo es bienvenido: "Cuando Federico [García Lorca] nos visitó en nuestra casa en Écija..." o "Siempre lo he dicho: Georgie [Jorge Luis Borges] es nuestro escritor más internacional" son frases que entretienen y sientan bien. Naturalmente, la anécdota con el escritor, por más inmotivada y superficial que sea, es motivo más que suficiente para escribir un artículo. Me abstengo de citar ejemplos porque el lector ya tendrá los suyos.

Hemos visto que se pueden decir muchas cosas de un escritor sólo conociendo su nombre y su género. Si además se conocen sus fechas de nacimiento y muerte se puede escribir todo un volumen. Gabriela Mistral nació en 1889 y murió en 1957. Sabiendo esto podemos hablar de los duros tiempos que le tocó vivir —dos guerras mundiales, la crisis de los treintas— y suponerle firmes convicciones antifascistas; claro que uno puede equivocarse en este punto y que el escritor abordado fuera un auténtico Celine, pero partimos de la hipótesis de que si lo fue es improbable que lo hayan descubierto —como a la mayor parte de los escritores realmente fascistas— y, utilizando el derecho que nos otorga la convicción bien fundada de que quienes escriben artículos académicos sólo escriben sobre escritores afines genérica o ideológicamente, ponemos nuestra mejor cara de progresistas y socialdemócratas y seguimos con nuestro artículo. En base a las fechas, que ahora conocemos, podemos afirmar que fue una escritora modernista —¿quién en ese período no lo fue?— y conjeturar las influencias de Rubén Darío y Amado Nervo. Si sabemos algo sobre alguno de estos poetas podemos derivar hacia ellos, o continuar con Mistral y destacar la artificiosidad, el esnobismo y el carácter refinado de su obra, todas cosas que derivamos de su pertenencia al modernismo y no de que alguna vez la hayamos leído. Si sabemos que fue chilena, podemos tirarnos un par de párrafos más hablando de su importancia para las letras de ese país, usando expresiones como "tradición", "institución" y "canon" cuyo uso excesivo las ha librado de todo sentido, lo que nos permite utilizarlas a placer y sin temor a que alguien nos malentienda.

Naturalmente, las publicaciones académicas tienen limitaciones de espacio, y es probable incluso que tengamos que cortar algo de nuestro artículo, que con tanta facilidad escribimos sin tener ni puñetera idea de la autora abordada.

Se trata pues de un buen método, cuya utilidad será especialmente importante en los años juveniles del académico, ya que luego podrá dedicarse a publicar viejos artículos con otro título y una u otra corrección, que es lo que hacen todos los profesores veteranos y lo que ya está haciendo nuestro amigo Álvaro Ceballos Viro, un hombre que siempre salta sobre su sombra como se dice en Alemania.

Este método no es infalible pero casi. Una objeción que se me ocurre es que no siempre puede inferirse la identidad entre el apellido del autor y el de su familia. Una descripción de los primeros esfuerzos literarios del pequeño Rubén en la mansión Darío sería por fuerza errónea; también la de la pequeña propiedad de la familia Stendhal en la campiña francesa. Sin embargo, la mayor parte de los lectores —incluidos los lectores de las publicaciones académicas— sólo conoce de los escritores el nombre y, con un poco de suerte, el siglo en que vivieron, y nosotros estamos allí para llenar los huecos. La edición digital del Gran Diccionario Enciclopédico Planeta DeAgostini que tengo delante de mí no dice mucho más sobre Gabriela Mistral, a la que le dedica once líneas llenas de generalidades que podrían haber sido escritas incluso sin saber nada sobre la escritora, que es el procedimiento que recomendamos aquí. Esto por no hablar de Wikipedia y de inventos similares, en los que la superficialidad y el error desaforado campean. La supuesta multiplicación del conocimiento a través de la red —que lleva al conocimiento la producción incesante que es signo del mercado— contribuye a su desaparición, de la que nosotros nos beneficiamos en el reino de Nuncajamás de la academia, en el que surcamos los mares como el Captain Hook o remontamos los cielos como émulos cutres de Peter Pan y dejamos estelas en las que se confunden la verdad y la invención, del deseo de decir algo y la ausencia de alguien que lo escuche. Esta es la nueva Edad Oscura; bienvenido a ella, joven académico.


Publicado en el Semanario de Literatura Recreativa (el vínculo, aquí). 15 de abril de 2007.

diciembre 04, 2008

Reportaje de Elena Viñas

El reportaje, aquí.


Publicado en El Imparcial (Madrid). 3 de diciembre de 2008.

Reportaje de Antonio Jiménez Morato: "La memoria de Patricio Pron"

El reportaje, aquí.


Publicado en Público (Madrid). 26 de noviembre de 2008.

"Mis dos mundos" de Sergio Chejfec

El crítico y escritor argentino Damián Tabarovsky ha afirmado recientemente que la de Sergio Chejfec es "una de las obras más radicales, agudas, complejas y eruditas de la literatura argentina contemporánea". Esa obra comienza con Lenta biografía y Moral (ambas de 1990) y continúa con El aire (1992) —que transcurre en una Buenos Aires en la que el dinero ha sido reemplazado por el vidrio, los barrios de chabolas se apiñan en las terrazas de los edificios, las plantas silvestres invaden la ciudad y Buenos Aires es recorrida por marginales en busca de botellas—, Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999) y Boca de lobo (2000), además de Los incompletos (2004), que explora la incomplitud total como motor de la escritura, en este caso a través de unas postales que el protagonista de la novela le envía desde Rusia al narrador, quien debe reconstruir con ellas —a menudo de manera contradictoria y vacilante— los recorridos y las acciones del personaje y Baroni: un viaje (2007), que narra el encuentro de un narrador con la artista popular venezolana Rafaela Baroni y es, esencialmente, un relato ensayístico sobre Venezuela.

El elemento unificador de todas estas novelas es una radical objeción de las convenciones narrativas básicas, una revolución de la forma novelística y la exploración de temas a menudo considerados no literarios, como la levedad, los objetos, la mirada o la incertidumbre. Se trata, en palabras del crítico Rafael Castillo Zapata, de "relatos de pensamiento, activados a partir de un prolongado soliloquio reflexivo de personajes casi siempre cavilosos, narradores introvertidos que despliegan la anécdota como si se tratara de un acertijo" a través de la "descomposición micrométrica, minimal, de un acontecer que se fractura en pequeñas partículas elementales, breves células accionales interrumpidas constantemente por un excursus reflexivo, minados de paradojas y aparentes contrasentidos". Chejfec es autor también de los libros de poemas: Tres poemas y una merced (2002) y Gallos y huesos (2003), y del libro de ensayos El punto vacilante (2005) y ahora también de esto que, a título provisorio llamaremos una novela: Mis dos mundos.

Mis dos mundos comienza de la siguiente manera: "Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños, y si decido comenzar de este modo es porque dos amigos a través de sus libros me hicieron ver que estas fechas pueden ser motivo de reflexión, y de excusa o de justificación, sobre el tiempo vivido" (5). El comienzo es, pues, no muy diferente del de otras novelas que en los últimos tiempos han constituido lo que la crítica ha denominado el "giro autobiográfico" de la literatura argentina. Sin embargo, el énfasis está puesto aquí no en el cumpleaños en sí, que sólo es motivo, excusa o justificación, sino en "el tiempo vivido". La tarea, desde luego, es desmesurada: ¿cómo recuperar el tiempo vivido de otra forma que no sea viviéndolo, siquiera una parte de él? A sabiendas de esta imposibilidad, el narrador se limita a reflexionar sobre un acontecimiento muy específico de su vida, casi insignificante: una visita a un parque en una ciudad del sur de Brasil.

El narrador se detiene en detalles, comentarios y digresiones cuya relevancia e interés, se superponen sobre la irrelevancia y la falta de interés del asunto que los motiva: una estancia de unos días en una ciudad del sur de Brasil, la búsqueda de un parque en la periferia de esa ciudad y finalmente su visita. El relato adquiere así la forma de una caminata, "una forma de arqueología superficial, que por lo general me resulta sumamente instructiva y en cierto modo conmovedora, porque se trata de considerar indicios modestos, irrelevantes y hasta azarosos, todo lo contrario de la definitiva pertinencia de las observaciones científicas" (38). El narrador no es un flaneur; puede incluso que el tono general de desesperanza del libro provenga del hecho de que, a diferencia del personaje baudelaireano, el narrador de Chejfec sabe que no encontrará ninguna revelación durante su caminata: "No ha sido en mi caso como en el pasado, cuando los caminantes sentían reencontrarse con algo que sólo se ponía de manifiesto en el trance de andar, o creían descubrir aspectos del mundo o relaciones en la naturaleza hasta ese momento ocultas. Yo nunca encontré nada, sólo una vaga idea de lo novedoso o lo diferente, por otra parte bastante pasajera. Pienso ahora que caminé para sentir un tipo específico de ansiedad, que llamaré ansiedad nostálgica, o nostalgia vacía" (55).

Lo que el narrador de Mis dos mundos encuentra durante su paseo es otra cosa: un público inesperado compuesto por barcas con forma de cisnes, peces y tortugas, el recuerdo de las pinturas del australiano William Kentridge, que grafica con líneas puntuadas los ángulos de visión de sus personajes, y un sentido para la escritura. "Durante mucho tiempo consideré la escritura como una labor privada, que sin embargo debe hacerse pública en algún momento porque de lo contrario sería muy difícil que subsista, en particular y en general. Pero la vergüenza no sólo derivaba de dedicarme a algo privado ante la vista de todos, sino también de hacer algo improductivo, una cosa medianamente inútil y bastante banal. [...] Por lo tanto mi principal preocupación no pasaba por superar mis defectos y mis insensatas ilusiones de escritura, sino por no ser descubierto. A eso se reducía la vida, podía decir, mientras me acercaba a un cumpleaños crucial: a no ser descubierto" (121-122).

Bueno, se puede decir que los peores temores de Sergio Chejfec se han confirmado aquí: con la publicación de Mis dos mundos la editorial Candaya lo ha descubierto para los lectores españoles. Y lo único que resta, por lo tanto, es el puro placer de la lectura que, como los dos mundos del narrador de esta novela, se debate entre "la inmovilidad, la espera y todas las situaciones relacionadas, por un lado, y las acciones y los intercambios con el prójimo, por el otro" (127).

La crítica argentina Beatriz Sarlo ha escrito recientemente que "En Mis dos mundos Chejfec lleva a un límite cualidades de su narrativa anterior. Escritor recatado y enigmático, excéntrico por originalidad de lo que hoy es la literatura, Chejfec alcanza una especie de tranquila soledad en el espacio nervioso de las novedades literarias. Se tiene la impresión de estar frente a un escritor completamente libre de cálculo, que confía encontrar sus lectores sin salir a buscarlos. Impertérrito, Chejfec escribe".

A esto sólo puede añadirse que, allí donde su narrador vacila y duda sobre lo que está narrando o se pregunta cómo hacerlo, Chejfec, en el fondo, no se lo pregunta jamás. Si alguien sabe cómo contar en la literatura argentina, ése es Sergio Chejfec.


Leído en la presentación y reportaje público a Sergio Chejfec en Casa de América (Madrid). 12 de noviembre de 2008.