marzo 25, 2009

La reinvención de lo nuevo: la literatura argentina después de 2001

1. En diciembre del año 2001 una serie de acontecimientos hizo pensar que el país que habitualmente llamamos Argentina llegaba a su fin. El intento de incendiar el parlamento, el acoso a la Casa Rosada, sede del poder ejecutivo nacional, y el estado de crispación de quienes habiendo depositado su dinero en los bancos se veían impedidos de retirarlo, condujeron a un vacío de poder cuyo resultado más visible fue la renuncia del presidente de aquel momento y la sucesión de cinco presidentes en el período de un mes en el que nada, absolutamente nada, podía darse por garantizado. Era, o parecía ser, el final de un país que nunca había hecho mucho por merecer la gloria con la que, de acuerdo a su himno nacional, merecía vivir: una guerra de independencia contra un país ocupado en librar la suya propia, el asesinato de la población aborigen del país, guerras contra países miserables de los alrededores, la persecución por parte de todos los gobiernos argentinos de cualquier forma de oposición sin importar su signo, una sucesión de gobiernos democráticos débiles y de dictaduras férreas, una guerra insensata contra el Reino Unido por la posesión de dos islas, dos campeonatos de fútbol del mundo ganados y decenas de otros abandonados por la puerta trasera y a los golpes y notorias pruebas de una incapacidad sorprendente para administrar y conducir a la prosperidad a un país de recursos casi ilimitados. Eso, pero también —y sobre todo— la literatura, la fabulosa tradición de la literatura argentina que había dado a Jorge Luis Borges, a Juan Rodolfo Wilcock, a Roberto Arlt, a Manuel Puig, a Juan José Saer, a Rodolfo Walsh, a Leopoldo Marechal, a Julio Cortázar, a Macedonio Fernández, a todos esos grandes escritores que, como en el caso de Borges, habían cambiado definitivamente la forma de escribir y leer, no sólo en Argentina sino también en todo el mundo. Que esa tradición quedara interrumpida —si, como todo parecía indicar, el país desaparecía aquel diciembre de 2001— era una pena, pero los argentinos tenían cosas más importantes en la cabeza en ese momento que la supervivencia de su literatura nacional. Un país que se sume en la anarquía y en la desesperación no es algo que uno quiera mirar muy de cerca.

2. Sin embargo —y como es habitual en Argentina— al final sucedió lo más improbable: el país sobrevivió a su propio colapso. Con él sobrevivió también su literatura, que surgió de la crisis extrañamente fortalecida y con una diversidad y una prosperidad que nadie podía siquiera soñar cuando en diciembre de 2001 las editoriales dejaron de publicar libros, las librerías comenzaron a cerrar sus puertas y los lectores perdieron el interés en cualquier otra cosa que no fuera la brutal, pura y dura supervivencia. Lentamente, tímidamente al principio, los sellos retomaron sus calendarios de publicación, las librerías comenzaron a comprar libros, aparecieron nuevos autores y los lectores regresaron también. Y en el centro de todo eso estuvo Buenos Aires, la capital argentina de más de diez millones de habitantes donde se concentra un tercio de la población del país; la ciudad que no tiene límites, que se extiende hasta donde la vista alcanza en una sucesión de barrios residenciales, chabolas y calles rectas que tienen casas que emulan las de París y las de Madrid pero, en su mezcla de estilos, son profundamente argentinas; la ciudad que alguna vez fue llamada "la cabeza de Goliat" en un país del que se dice que, como el pescado, comienza a pudrirse por la cabeza; la ciudad donde están todas las casas editoriales de relevancia, la ciudad que posee las mejores y más grandes librerías del país —y, pero esta es sólo una sospecha, las mejores de América Latina—, la ciudad donde viven casi todos sus escritores y que reúne a la mayor parte de sus lectores. Buenos Aires, la ciudad que parecía destinada a llevar a la Argentina a la perdición contribuyó finalmente a la supervivencia de su literatura. Las páginas que siguen explican cómo lo hizo.

3. Lo primero que sucedió fue que en diciembre de 2001 los sellos de capital extranjero perdieron su interés en la literatura argentina tras la devaluación de la moneda local y cedieron temporalmente su sitio en las librerías a los pequeños sellos independientes que desde mediados de la década de 1990 venían publicando literatura innovadora, principalmente de escritores entre los veinticinco y los cuarenta años de edad y mayoritariamente poetas. Cuando estas editoriales pudieron ganar visibilidad en los escaparates, su crecimiento fue sostenido, principalmente gracias a que, al no responder sólo a intereses comerciales, pueden orientarse a la formación de escritores y de un público para ellos y no están supeditados a la necesidad de rendimientos inmediatos, además de que, al encontrarse en el territorio, pueden responder más rápidamente a nuevas tendencias y modas, al tiempo que la toma de decisiones —y, por lo tanto, la capacidad de arriesgar— está notoriamente simplificada porque no existe la necesidad de negociar nada con los responsables de las casas madres, cuyas agendas suelen ser diferentes a las locales. En la actualidad, Buenos Aires cuenta con editoriales de la calidad de Interzona, Adriana Hidalgo y El Cuenco de Plata, las tres fundadas por Edgardo Russo, probablemente el último editor argentino con una visión de lo que la literatura debería ser y una vocación y una voluntad para convertirla en eso. Las tres —junto a Mansalva, Entropía, Tamarisco, Eterna Cadencia, Tantalia y otras menos recientes como Simurg, Libros del Zorzal, Santiago Arcos, Bajo la Luna Nueva y Beatriz Viterbo Editora— se han consolidado como alternativas válidas a los sellos importantes, así como editoriales donde el lector puede encontrar una literatura que está viva[i], una literatura que a menudo sólo existe gracias al mecenazgo de sus propios autores —que en algunos casos deben pagar la edición para ver sus obras publicadas— pero que está viva y es el motor del cambio. Con las nuevas editoriales han aparecido también revistas como La mujer de mi vida o Mil mamuts y ellas han contribuido a la conformación de un nuevo público y a la aparición de nuevos autores.

4. La multiplicación de las posibilidades de publicación se vio acompañada precisamente por la aparición de lo que, a falta de un término mejor, podríamos llamar "una generación" de escritores menores de treinta y cinco años que, habiendo publicado antes o no, accedieron a las primeras planas gracias a la antología de Maximiliano Tomas La joven guardia (2005). Ésta fue precedida y continuada por otras antologías como Viene a cuento (2003), Una terraza propia, selección de narradoras argentinas realizada por Florencia Abbate (2006), En celo (2007), cuentos sobre sexo elegidos por Diego Grillo Trubba, y la interesante Buenos Aires / escala 1:1, una antología de relatos breves sobre barrios porteños realizada por Juan Terranova (2007), que han contribuido a una saturación de antologías sobre fútbol, la década de 1990, casos policiales, y así hasta el hartazgo. Sin embargo, lo que distingue a La joven guardia es el haber sido concebida como parte de una estrategia de intervención generacional que, con la etiqueta de "lo nuevo", contribuyó al posicionamiento de unos escritores que carecen de estéticas similares o de inquietudes políticas comunes pero comparten un proyecto estratégico generacional y ciertos referentes comunes, provenientes principalmente de la cultura popular de las décadas de 1980 y 1990. Muchos de ellos —Pedro Mairal, Gabriela Bejerman, Washington Cucurto, Romina Doval, Gonzalo Garcés, Gisela Antonuccio, Juan Terranova, Alejandro Parisi, Oliverio Coelho o Samantha Schweblin— son de o viven en Buenos Aires y a ellos hay que sumarle los nombres, también porteños en su mayoría, de, Paula Varsavsky, Juan Incardona, Ariel Bermani, Mariana Enriquez, Beatriz Vignoli, Claudia Feld, Eduardo Muslip, Federico Falco, Ignacio Molina, Félix Bruzzone, Mariano Dupont, Alejandra Laurencich, Eloísa Suárez, Pablo Toledo, Gabriel Vommaro, José María Brindisi, Carlos Schilling, Maximiliano Matayoshi, Andrés Neuman, Fernanda García Lao, Gabriela Liffschitz, Andrea Rabih, Hernán Vanoli, Violeta Gorodischer y Bettina Keizman. Según el crítico y escritor Noé Jitrik, lo que los emparenta es una "variedad muy grande de poéticas y cierta libertad respecto de los géneros". Para Elsa Drucaroff —probablemente la crítica más atenta al presente de la literatura argentina—, "su estética elude el realismo decimonónico y prescinde de entonaciones trágicas" aunque "los tonos son bajos, melancólicos, hasta jocosos, nunca urgidos o dramáticos"[ii]: el minimalismo narrativo, la literatura fantástica de tema estrictamente argentino —lo que distancia a quienes la practican de las referencias ineludibles a Borges y Cortázar—, la revisión de géneros masivos como la ciencia ficción, el policial clásico y el de serie negra y cierto costumbrismo que pretende pasar por "realismo social" y suele ser generalmente humorístico o siniestro. Los temas de estos escritores son[iii] la infancia y la iniciación narradas desde la perspectiva infantil; los hechos históricos que dejan traumas familiares y personales, por ejemplo el golpe de Estado de 1976 y la dictadura posterior o la crisis de 2001; el viaje como experiencia vital e iniciación ineludible para el escritor argentino y la vida fuera del país; la cuestión del cuerpo, en particular del cuerpo femenino; la perversión; el consumo y las formas en que su práctica afecta a las relaciones humanas, y la crítica a los medios masivos, cuyos autores cultivan habitualmente en esos mismos medios.

5. Una explicación para la aparición de tantos escritores jóvenes y el aumento de su visibilidad puede encontrarse en el hecho de que, tras la debacle de 2001, los libros de los autores argentinos consagrados —publicados desde hacía años en España y a continuación importados a la Argentina— se volvieron demasiado caros para ser traídos, lo que llevó a la necesidad de "encontrar" nuevos autores que pudieran reemplazar a los anteriores. La triste situación de comienzos del año 2002 fue que libros de la importancia de Tratado de las sensaciones, de Arturo Carrera, En otro orden de cosas, de Rodolfo Fogwill, Mantra, de Rodrigo Fresán, o Cumpleaños, de César Aira, no pudieran ser leídos por los lectores argentinos por razones meramente cambiarias. El efecto de este fenómeno fue, sin embargo, provechoso. Los autores argentinos que se beneficiaron de esta situación tienen ya, en algunos casos, una voz propia y son la literatura del presente. La categoría de "lo nuevo", en la que todos ellos suelen ser incluidos, es probablemente la peor categoría con la que se puede ingresar al mercado literario, puesto que es el valor menos duradero de la literatura —en este caso, todos los escritores de "lo nuevo" dejarán de serlo cuando aparezca algo "más nuevo", y eso suele suceder continuamente— pero les ha permitido acceder a lectores que siguen su obra y esperan que eso "nuevo" cristalice en lo que podemos llamar "la literatura argentina", que no necesita excusas ni etiquetas para ser leída.

6. La irrupción de estos escritores, y la manera en la que han venido sumándoseles otros, fue posibilitada además por la aparición de formas alternativas de circulación y de promoción del escritor entre las que se debe mencionar la proliferación de páginas web y blogs, un formato este último que ha ido reemplazando progresivamente la tertulia literaria o el debate siempre más o menos envarado propio de las revistas literarias de las décadas anteriores. El blog se ha convertido para muchos escritores no sólo en un medio económico de publicar sus textos y obtener una repercusión casi inmediata sino también en un buen lugar para, beneficiándose del anonimato que otorga la red, insultar o desprestigiar a los escritores que no les caen bien y crear una legión de seguidores, en ocasiones tan virtuales e imaginarios como el propio escritor pero parte de un público que hasta hace poco tiempo simplemente no existía. Más interesante, sin embargo, es el auge de la lectura pública, transfigurada en este caso por prácticas más cercanas a las de los conciertos de rock o las performances de las artes plásticas que a las de la lectura pública tradicional; por ejemplo los ciclos de lecturas Carne Argentina, Los Villancicos Vrutales (sic), Rocanpoetry y Maldita Ginebra, o las así llamadas "performances literarias" en el bar Podestá, del barrio de Palermo, donde se realizan "jams de escritura" en las que los autores invitados deben escribir frente al público, en vivo y en directo, acompañados por la música de un DJ. Mientras los participantes de la jam escriben en un ordenador portátil sobre un pequeño escenario, sus textos aparecen en una pantalla, de manera que los asistentes pueden asistir al proceso creativo, con una atención fluctuante pero que, en los mejores momentos, ofrece un tipo de respuesta que un escritor puede utilizar en su texto. En este sitio, así como en ciclos en bares, galpones, casas ocupadas y clubes se está produciendo una literatura desencantada, fibrosa, desprolija y cercana a la actitud de honestidad fingida y desinterés por la técnica del punk o del rock más primitivo pero auténticamente nueva.

7. ¿Qué es lo nuevo que surge de los bares y de los sótanos de Buenos Aires? Novelas y relatos cortos que tienen como tema el rock, el sexo, la vida en los barrios y las marcas en el cuerpo del tipo del tatuaje, temas narrados en una lengua que, de tan cercana a la oralidad, parece su parodia. Una literatura que es publicada en blogs y en editoriales autogestionadas en la que se imponen una estética de la mezcla y la espontaneidad más absoluta derivada del uso de tecnologías como la del chat. Esta espontaneidad es esencialmente antiliteraria, en el sentido de que toda literatura requiere cierto tiempo de decantación, a la vez que el acto de lectura es por naturaleza mucho menos espontáneo que el de visión de un filme o de contenidos por internet. También es antiliteraria en el sentido de que quienes la practican aspiran a que "se escriba como se hable, y se hable con franqueza". Esta "franqueza" es para ellos el valor máximo de la literatura, lo que los lleva a olvidar que la literatura es esencialmente un acto de lenguaje, además de una forma socialmente aceptable de la práctica de la mentira, pero está dando resultados que sí son literarios: por ejemplo, las novelas de Leonardo Oyola, que cruzan una oralidad exuberante y una reescritura poco innovadora de géneros masivos como la roadmovie, el western y el policial. Oyola es miembro del Quinteto de la Muerte, que también conforman Federico Levín, Ignacio Molina, Ricardo Romero y Lucas "Funes" Oliveira. El grupo, que se ha hecho un nombre gracias a sus lecturas públicas, encarna un aspecto de esta escena underground: la recreación irónica del grupo literario que fue la figura social preferida por las vanguardias históricas. Los miembros del Quinteto, pero también los de otros grupos —el Grupo Alejandría y Casi Incendio La Casa (CILC) entre ellos, o los reunidos en la antología de Jimena y Matías Néspolo La erótica del relato (en prensa)—, no comparten intereses estéticos ni realizan un tipo de intervención programática, a la manera de una vanguardia sin contenido; lo que los une es la amistad entre sus miembros y la convicción de que la penetración en el mercado literario resulta más simple cuando no se lleva a cabo de forma individual.

8. Escrita en Buenos Aires, pero no sólo allí, la literatura argentina necesita ser publicada en la capital argentina para gozar de reconocimiento a nivel nacional, de allí que también sea válida en el plano de la literatura la afirmación tan frecuente en Argentina de que "Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires". Paradójicamente, algunos de los principales animadores de la escena literaria de la ciudad de Buenos Aires no son de allí, aunque viven y trabajan en esa ciudad, pero en esto radica la generosidad de la capital argentina, pese a toda su dureza. Quien pisa Buenos Aires se convierte en un escritor argentino en la tradición de Borges y Arlt y Puig y, para muchos escritores, toda dificultad es insignificante en la realización de ese propósito. Si la literatura argentina goza de una salud en general pasable, por lo general buena y sólo en ocasiones francamente mala o pésima es gracias a su ciudad capital, que es el escenario de otra reinvención de lo nuevo; pese a su fealdad evidente, sus dificultades prácticas y su violencia, Buenos Aires merece por ello un reconocimiento que quizás alguien le otorgue algún día.

[i][i] La más llamativa de estas pequeñas editoriales es Eloísa Cartonera, fundada por Washington Cucurto, Javier Barilaro y Fernanda Laguna en 2003. Se trata de una curiosa editorial en la que escritores, artistas plásticos y cartoneros colaboran en la confección de libros artesanales, elaborados con cajas de cartón recogido de la calle y con tapas pintadas a mano, páginas fotocopiadas y tiradas de entre quinientos y mil ejemplares, que reúnen textos de escritores como César Aira, Ricardo Piglia, Enrique Lihn, Mario Bellatin, Andrés Caicedo, Arturo Carrera y otros. Eloísa Cartonera trabaja con el resto, con lo remanente y echado a la basura, y no es improbable que su éxito —que comprende la imitación de la iniciativa en Perú (Sarita Cartonera), Chile (Animita), Bolivia (Mandrágora y Yerba Mala), Paraguay (Yiyi Yambo), Brasil (Dulcinéia Catadora) y México (La Cartonera)— se deba principalmente a que esos son los materiales de la literatura.

[ii] Ambas citas provienen del artículo de Drucaroff "Qué escriben los jóvenes". Clarín (15.05.2004).

[iii] Véase el artículo de Elsa Drucaroff "Nueva narrativa argentina: relatos de los que no se la creen". Perfil, Cultura (19.08.2007).


Publicado en Quimera 304. Barcelona, marzo de 2009.