junio 26, 2009

¿Para qué sirve la literatura argentina?

La literatura argentina no sirve para que sus escritores se hagan ricos. Desde luego, tampoco sirve para que sus editores se hagan ricos. La literatura argentina nunca hará ricos a sus lectores, no importa cuánto lo intente. La literatura argentina no sirve para eso y tampoco sirve para solucionar ninguno de los problemas en los que los argentinos se meten periódicamente. La literatura argentina no puede remediar ni una sola injusticia, no puede restituir ninguna pérdida. La literatura argentina no sirve para ligar; desde luego, el escritor argentino liga más que el escritor alemán o que el escritor canadiense o, ya puestos a ello, que el escritor austríaco, que generalmente muere virgen después de asesinar a su madre y conservar su cadáver cuatro meses en el sótano de su casa; pero el escritor argentino liga muchísimo menos que el escritor francés o el checo, cuyas literaturas son las literaturas del ligue por definición; creedme, amigos: no hay nada que se pueda hacer para remediarlo. La literatura argentina no hará la revolución, por supuesto: no hay nadie que la desee menos que sus escritores. La literatura argentina, al menos la peor literatura argentina, se pondrá siempre del lado de las causas más estúpidas: dondequiera que haya algún miembro de la clase media argentina reclamando que el gobierno mete la mano en su bolsillo, allí estará la literatura argentina elevando su vocecilla ridícula. Pero no será la literatura argentina en su totalidad sino sólo un travestí de la literatura argentina; puede incluso que hasta tenga un bigotillo y hable con nostalgia de tiempos mejores. La literatura argentina no sirve ni siquiera para cambiar la literatura argentina. La literatura argentina no le devolverá la vida a Rodolfo Walsh ni a Haroldo Conti ni a Paco Urondo ni a Héctor G. Oesterheld ni a los miles de asesinados por la última dictadura; tampoco a los muertos en la miseria, a los que asesina la policía o los criminales, a los que lo perdieron todo. Sin embargo, la mejor literatura argentina se esfuerza, de alguna manera, para que sus vidas no hayan transcurrido para nada y en eso está toda su gloria. La literatura argentina sirve para restituir a través de la ficción un sentido de dignidad y de justicia a un país en el que ambas cosas suelen escasear. La literatura argentina hace de un vicio privado, la mentira, una virtud pública, y en eso se encuentra su interés y su fuerza. La literatura argentina que escriben César Aira y Ricardo Piglia y Alan Pauls y Rodrigo Fresán y Guillermo Saccomanno y Elvio E. Gandolfo y Damián Tabarovsky y Marcelo Cohen y Rodolfo Fogwill sirve sin quererlo para que los más jóvenes sintamos que tenemos una tradición de pertenencia, un país imaginario al que, a diferencia del verdadero, es un orgullo pertenecer. La literatura argentina sirve para que los argentinos nos sintamos más guapos aunque, como sabéis, un argentino no necesita a la literatura argentina para sentirse así. La literatura argentina sirve para hacer feliz a sus lectores, los argentinos y todos los otros. La literatura argentina, en definitiva, no sirve para nada; son sus escritores los que tienen que hacer que sirva, con su dignidad y su voluntad y su determinación.


Texto inédito. Leído en la librería Palabras (San Lorenzo, Argentina) en octubre 9 de 2008.

junio 25, 2009

"Un nuevo paradigma": Escribe Quintín

El artículo, aquí.


Publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil. Buenos Aires, junio 20 de 2009.

junio 22, 2009

Lecciones y maestros: III Cita internacional de la literatura en español

Luis Mateo Díez, Antonio Muñoz Molina, Ángeles Mastretta y otros participan en estas jornadas organizadas por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Las jornadas pueden seguirse aquí.

Santillana del Mar, junio 22, 23 y 24 de 2009.

junio 14, 2009

Un caso de travestismo en el jazz: Las dos vidas de Billy Tipton

Es improbable que la noticia de la muerte de Dorothy Lucille Tipton el 21 de enero de 1989 haya interesado a muchas personas. La de la muerte de Billy Lee Tipton, por contra, fue seguida ese mismo día con consternación por los amantes del jazz, para quien Tipton era una figura, si no de primer orden, sí al menos destacable. A partir de los años de la Gran Depresión y hasta mediados de la década de 1960, el saxofonista y pianista estadounidense había tocado, entre otros, con Jack Teagarden, Bernie Cummins, Scott Cameron, George Mayer y Ross Carlyle, había alternado con grupos y solistas de la importancia de The Ink Spots, los Delta Rhythm Boys y Billy Eckstine y había formado el Billy Tipton Trio, para establecerse más tarde en Spokane (Washington); allí murió a consecuencia de una hemorragia producida por una úlcera y tras negarse a ir al médico. De Dorothy Lucille Tipton, por contra, se sabe poco a partir de los años de la Gran Depresión, aunque puede imaginársele un destino mediocre de ama de casa del Medio Oeste, ese tipo de vidas que —a diferencia de la de Billy Tipton— nunca ocupan las páginas de los periódicos. Sin embargo, Dorothy Lucille Tipton sí apareció en ellos, aunque eso sucedió tras su muerte. A poco de producirse ésta, alguien reveló que Dorothy Lucille y Billy Lee Tipton habían sido la misma persona.

UN HORRIBLE ACCIDENTE

"Billy Lee" Tipton había nacido como Dorothy Lucille el 29 de diciembre de 1914 en Oklahoma. Fue criado por una tía en Kansas City (Missouri), pero hacia 1933 regresó a su ciudad natal y comenzó a travestirse y a actuar en bares. A partir de 1940, y con su mudanza a Joplin (Missouri) y la pérdida de los vínculos familiares —sólo dos primas continuaron carteándose con él— y las amistades del pasado, Tipton asumió una identidad masculina también durante su vida cotidiana. Su estilo musical recordaba al de Teddy Wilson, el pianista de la orquesta de Benny Goodman, pero Tipton carecía de su talento o de su ambición. Tras pasar por varias orquestas en las que tocaba estándars del jazz y del swing y hacía imitaciones —entre ellas, la de una niña—, Tipton formó con el bajista Ron Kilde y el baterista Dick O’Neal su propio grupo, el Billy Tipton Trio. Con él tocó durante diez años y en 1957 grabó un par de discos que no han sido reeditados.

Cuando el trabajo comenzó a escasear con la aparición del rock’n roll y el agotamiento creativo y comercial de la mayor parte de las grandes orquestas de jazz del período, Tipton se radicó en Spokane, donde trabajó hasta su muerte como agente de artistas a comisión. Este destino vulgar fue asumido con relativo alivio por el músico, quien, de acuerdo a Suits Me. The Double Life of Billy Tipton, la excelente biografía de Diane Wood Middlebrook (1998), siempre evitó la fama a sabiendas de que una popularidad demasiado grande conduciría a investigaciones sobre su pasado y, por tanto, a la revelación de su verdadera identidad sexual; de hecho, en 1958 Tipton rechazó un trabajo en un hotel en Reno y un encargo para la grabación de otros cuatro álbumes, dos cosas que hubieran llamado demasiado la atención. En 1970 la artritis le obligó a retirarse de la escena; desde ese momento —y especialmente a partir de 1980— todo fue cuesta abajo: sin dinero y enfermo, el músico pasó sus últimos años alejado de dos de sus hijos y viviendo solo en una caravana en las afueras de Spokane.

Billy Tipton mantuvo al menos cinco relaciones largas con mujeres, la última de ellas con una bailarina llamada Kitty Kelly y conocida como "La Venus irlandesa". A cada una de sus mujeres le contó que había tenido un grave accidente automovilístico en el que sus genitales habían quedado desfigurados y se había fracturado varias costillas, lo que explicaba el hecho de que sólo mantuviera relaciones sexuales con la luz apagada, se negara a que lo tocaran sin su consentimiento y fuera siempre vendado ocultando sus pechos. Aparentemente, ninguna de sus mujeres sospechó nunca nada —aunque una dijo haberse dado cuenta después del divorcio— y, según su biógrafa, fue incluso muy popular entre el público femenino, que lo consideraba muy guapo. Tipton adoptó tres niños, que tampoco sospecharon que su padre adoptivo era en realidad una mujer. La revelación sólo tuvo lugar tras su muerte, cuando los paramédicos que le atendieron dieron la noticia a la familia. Cuando la prensa local del estado de Washington se enteró de ella, sin embargo, fue poco lo que la familia pudo hacer para impedir su difusión, y el descubrimiento de que Billy Tipton había sido en realidad una mujer dio paso a una virulenta disputa familiar escenificada principalmente en talk shows y cuyo resultado fue que las cenizas del músico acabaran siendo repartidas en dos urnas, una para sus hijos John y Scott y otra para su tercer hijo, William. Como afirmó un periodista tras su muerte, "irónicamente, incluso ahora hay dos Billy Tipton".

LA INVENCIÓN DE SÍ MISMO

Dorothy Lucille o Billy Lee Tipton creció en un período en el que, excepto por unas pocas figuras destacadas, el ámbito artístico estaba vedado a la participación de las mujeres —con excepción de las cantantes, pero Billy era instrumentista—, cosa que explica al menos en parte su travestismo. Éste, por lo demás, no difiere mucho del tipo de operaciones que se producen allí donde un artista cambia su nombre o adopta un pseudónimo —con el caso paradigmático de Robert Zimmermann o Bob Dylan, la adopción de cuyo pseudónimo supuso también un cambio en su forma de hablar y de interpretar y toda una biografía imaginaria que el músico sostuvo incluso más allá de lo sostenible—, demostrando que la primera y más trascendente tarea de un artista es la de inventarse precisamente a sí mismo.

La historia de Billy Tipton tiene también, además de varios antecedentes en el mundo del arte como George Sand, Colette y Marcel Duchamp, un curioso paralelismo con el filme de David Cronenberg M. Butterfly (1993), interpretado por Jeremy Irons y John Lone y basado en la pieza homónima del dramaturgo estadounidense David Henry Hwang. La obra de Hwang es, a su vez, una inteligente deconstrucción de la ópera de Giacomo Puccini Madama Butterfly (1904), inspirada, entre otras fuentes, en la novela de Pierre Loti Madame Chrysanthème (1887). En ella un diplomático francés se enamora de una cantante de la Ópera de Peking que engaña a su enamorado durante veinte años acerca de su verdadera identidad sexual; el cruce de las fronteras entre lo masculino y lo femenino se produce dos veces en la pieza: la cantante es en realidad un hombre vestido de mujer y, al descubrirlo, el atormentado diplomático se viste de mujer para ser su contraparte, ambos transmitiendo el revulsivo mensaje de que los roles sexuales son meramente papeles que pueden interpretarse a voluntad, exactamente como hizo Dorothy Lucille Tipton. La pieza de Hwang fue estrenada en Broadway en 1988 y nominada al Premio Pulitzer y obtuvo varios otros premios, incluyendo un Tony.

EN UN MUNDO DE HOMBRES

La estela de Dorothy Lucille —que nació como mujer en un mundo de hombres y murió en él habiéndose transformado en uno de ellos— se pierde y vuelve a encontrarse en numerosas obras de los así llamados "estudios de género", en la excelente biografía de Diane Wood Middlebrook, quien entrevistó a más de cien personas allegadas al músico y narró su vida con una curiosidad detectivesca; en una ópera titulada Billy, las obras teatrales Stevie Wants To Play The Blues de Eduardo Machado y The Slow Drag de Carson Kreitzer, la novela de la escocesa Jackie Kay Trumpet (1998), además de en un grupo musical vanguardista, The Billy Tipton Memorial Saxophone Quartet o simplemente The Tiptons, compuesto sólo por mujeres. En esos homenajes radica un trazo tenue que, sin dotarlo de la estatura de contemporáneos como Miles Davis, Thelonius Monk o Charlie Mingus, convierte a Billy Tipton en un personaje destacado del mundo del jazz. Si no por su interpretación de piezas como "Sweet Georgia Brown" o "Stars Fell On Alabama", Dorothy Lucille debería ser recordada por la interpretación de Billy Lee Tipton, que practicó durante más de cincuenta años. Su figura es también el antecedente involuntario de los juegos con la identidad sexual de artistas tan variados como David Bowie, Dustin Hoffman, las drag queens, Anthony And The Johnsons —quien canta deliberadamente en el registro de una mujer— o Madonna, Britney Spears y Christina Aguilera, éstas últimas de una sexualidad agresivamente masculina. Todos ellos lo tuvieron más fácil que Dorothy Lucille, quien tuvo que interpretar a Billy Lee hasta el final. Como afirma su biógrafa, "ella era la actriz, él era el papel".


APOYO
Aunque los discos de Billy Tipton están descatalogados, una organización dedicada a mantener el patrimonio artístico homosexual permite descargarlos gratuitamente en su página web.


Publicado en el Cultural de El País de Montevideo (Uruguay). Junio 12 de 2009.

junio 10, 2009

Un intercambio epistolar con Elsa Drucaroff

NOTA: La narradora, docente, periodista y ensayista Elsa Drucaroff nació en Buenos Aires en 1957. Es profesora en Letras e investigadora en la Universidad de Buenos Aires y autora de los ensayos Mijail Bajtín: la guerra de las culturas (1996) y Roberto Arlt. Profeta del miedo (1998) y de las novelas La patria de las mujeres (1999), Conspiración contra Güemes: una novela de bandidos, patriotas, traidores (2002) y El infierno prometido: una prostituta de la Zwi Migdal (2006), además de haber tenido a su cargo la dirección de La narración gana la partida, onceavo tomo de la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Drucaroff es una de las críticas más atentas a la producción más reciente de los narradores argentinos "jóvenes" y el pasado lunes ocho de junio nos ha enviado el siguiente correo, que reproducimos en su totalidad. Si bien este Dossier de artículos no suele ser espacio de polémicas, incluimos esta carta por su contenido. Las mayúsculas, las cursivas y las negritas son de su autora. Nuestra respuesta puede leerse a continuación. Naturalmente, Elsa Drucaroff está invitada a seguir con este intercambio epistolar cuando lo crea oportuno y el atento lector a sacar sus conclusiones.


CARTA DE ELSA DRUCAROFF

Patricio, leí en el número de abril de “Etiqueta Negra”, en la web, tu crónica sobre los escritores argentinos que viajaron a presentar la edición en España de la antología La Joven Guardia. Quiero decirte qué pienso de tu texto y su estrategia, y contarte algunas cosas que decidí. Esta carta es personal y no tiene como objeto polemizar con vos. Para eso, debería considerarte merecedor de semejante intercambio. Escribo para explicarte con detalle y claridad por qué ni polemizaré ni tomaré ya tu obra como objeto crítico.

Tu artículo es abyecto. Lo que repugna no es la ansiedad que leo ahí por posicionarte en el campo literario internacional (eso no es reprochable), sino la estrategia que elegís conscientemente para hacerlo: humillar, ridiculizar, denigrar y traicionar a tus colegas, pares, compatriotas, coetáneos, compañeros desde el comienzo, además, de oficio y de antología. Porque ellos no son, como parece en tu artículo, tus compañeros recién ahora. Ya los acompañabas en la primera antología, algo que “olvidás” mencionar, como si ya no quisieras acordarte de que fuiste uno de los jóvenes escritores argentinos práctica o totalmente desconocidos que aparecía por primera vez en una editorial grande, y como si quisieras fingir que ahora “no sos como ellos” (sin embargo, Patricio, acá no te conoce casi nadie).

Esa antología inicial no la leyeron los “generosos” lectores españoles a los que chupás las medias, la leímos generosamente los de acá, del culo del mundo, este país frustrante donde naciste, estudiaste, aprendiste la lengua con que escribís, leíste muchísimos libros que te impactaron y no eran precisamente alemanes, te hiciste escritor. Armás la risible ficción de que sos el refinado artista que se fue a la culta Europa y tiene que soportar la visita de los impresentables primos del campo. Pero la ironía te sale muy mal, cualquiera ve la hilacha por los cuatro costados. Una, apenitas, es el chiste que contás:

«Un argentino es un español que se cree norteamericano y en realidad no es más que un italiano pobre; por eso sufre como un judío».

En efecto, si algo mostrás en tu artículo es lo "argentino" que sos, en el peor sentido: uno que reniega de sí mismo. Gonzalo Garcés escribió una columna buenísima sobre eso, ¿la leíste? Habla de cómo en la literatura argentina se tiende a hacer fuerza para tratar de ser algo que no se es. Sólo que él reflexiona, no se burla, no se pone afuera de eso, como un superado. Es que le importa pensar, no posicionarse en un lugar superior al de los pelotudos que todavía tenemos domicilio en Argentina, donde no hay mercado de lectores casi y casi nadie logra vivir de la literatura, donde el premio Emecé no da los 24.000 euros que te dio el Jaén el año pasado, sino unos pocos devaluados pesos.

"Alguien habría tenido que decirles que la literatura consiste en leer y en escribir libros y que ésa es una actividad virtualmente antieconómica porque descansa sobre la búsqueda de un sentido esquivo a un mundo en perpetua confusión y nadie quiere eso en su casa a la hora del almuerzo. Alguien debería haberles dicho esto antes de que comenzaran a escribir su gran novela; pero nadie lo había hecho y yo estaba demasiado ocupado tratando de averiguar dónde, en qué punto del camino, la literatura argentina se había jodido."

Muy poético, Pron, muy patriótica tu pregunta. Claro, vos estabas demasiado ocupado en lo que realmente importa, mientras tus primos pobretones... ¿Hablamos un poquito del mercado y la literatura “pura”? Pensé bastante el tema, di incluso un par de seminarios en la facu sobre eso y escribí un trabajo. Lo encontrás en la web, en la revista “No Retornable”. A lo mejor te interesa ver cómo demuestro que una cosa es decir que la literatura es una mercancía socialmente molesta y revulsiva, lo cual es cierto, y otra muy diferente es la posición del “arte puro”.

Pero ya lo sabés, ¿verdad? ¡Porque por tu última novela “que busca un sentido esquivo y nadie quiere a la hora del almuerzo” una editorial comercial te dio 24.000 euros! La defensa del "escritor puro" es siempre una hipocresía. Puede ser una canallada, el argumento envidioso para los que no tienen la suerte de ganar dinero con lo que escriben, o un gesto aristocrático de clase. Vos querés inscribirte en este último, el problema es que es una clase a la que no pertenecés, muchacho. Fijate:

Si no hubieras recibido premios y oportunidades académicas de generosos gobiernos o instituciones argentinas o alemanas, ¿quién te garpaba tu carrerita académico-literaria? Estarías en Rosario, haciendo algún trabajo basura que este país reserva para tu generación.

Tus primos del campo tienen todo el derecho de querer vender su obra cuando llegan a la gran ciudad. El arte es una necesidad social y la literatura, por ende, un oficio socialmente necesario que debería ser dignamente remunerado. En la sociedad en que vivimos, todo producto del trabajo, incluso el arte, se vuelve mercancía y se vende en el mercado. En la Argentina casi no hay mercado literario y eso no es bueno como creen algunos tarados, eso es terrible. Por eso no volvés, ¿no?

¿Qué el mercado también tiene cosas terribles? Por supuesto, pero la opción no es arrodillarse ante él o darle la espalda, y lo sabés muy bien, ya que no hacés ninguna de las dos. Igual que Neuman, que Schweblin, que Maxi Tomas, que muchos otros, maniobrás para defender tu derecho a vivir de esto y ser leído por muchos, escribiendo lo que querés. Sólo que ellos y muchos otros no maniobran humillando y ninguneando compañeros de trabajo.

El áureo Adorno garpaba cara la entrada en el teatro para escuchar a Shostakóvich y si intelectualizaba su molestia por la radio, era porque ahora cualquier chiruso puede escucharlo. Si no recuerdo mal tu origen social, que me contaste cuando cenamos juntos en Baires, el hijo de peronistas gremialistas que muy probablemente no hablan alemán debería saberlo.

Yo no conozco otro modo de vivir que no sea vender mi trabajo, ¿vos? Y mi trabajo es lo que escribo. Bah, sí, podría robar pero no quiero. O vivir de algo que no sea la literatura, pero resulta que igual que vos, que Schweblin y los otros, creo que mi literatura se merece circular y llegar a muchos. Y eso, en este mundo, quiere decir vender bien. Claro, soy argentina. Los escritores cosmopolitas que viven en Europa no tienen intereses tan bajos, deben vivir del espíritu del Romanticismo alemán, como vos.

Es cierto: que el arte se venda en el mercado abre la posibilidad de venderse uno mismo, y no es igual. Una cosa es vender tu obra, otra entregar tus convicciones artísticas, tu integridad ética, prostituirte. Pero prostituirse no es querer tener un agente en Europa o averiguar cómo se entra a un mercado mejor que el pequeño que tenemos. Prostituirse es estar dispuesto a cualquier cosa para posicionarse, por ejemplo escribir ese artículo en “Etiqueta Negra”.

¿Acaso vos no tenés agente? En España todo se mueve por agencias literarias, no hay otro modo de llegar a una editorial. Como si tu artículo no fuera todo él la venta de una imagen, lamentás que hoy el escritor tenga que vender imagen además de una obra, pero acusás a tus colegas de eso, a los laburantes, a los que no pusieron esa regla del juego del mercado editorial. Los escritores que nombrás fueron allá por pocos días y creyeron que vos, compatriota, compañero de laburo y antología desde el principio, podías a lo mejor darles una mano.

¡Qué asco, quieren ver cómo se hace para llegar a Frankfurt 2010! ¿Vos no? Yo sí, como cualquiera. ¿Vos lo vas a rechazar si te invitan? ¿O será que te creés que vas a participar en Frankfurt de una, sin necesidad de buscar cómo, porque andás “exitoso”? En todo caso, ellos no, ellos no andan “exitosos” (todavía... cuidado...) y quieren ver si encuentran la llave. No se la merecen menos que vos.

Me harta la hipocresía de la postura “pura”, me hartan los argentinos envidiosos que atacan a alguien porque le va bien en el mercado cultural, porque le filmaron su novela en Europa, como a Guillermo Martínez, o porque gana viajes a lugares lindos. Inventan razones “políticas” o “morales”, gestos supuestamente vanguardistas antiburgueses para ocultar la única verdad: echan espuma por la boca porque no les tocó a ellos. Vos sos la otra cara de la moneda, echás flit a los que están "por llegar", como si ya hubieras llegado a algo.

Pero tu disfraz de "escritor puro" es simple prostitución: un escritor de Rosario enmierda a sus colegas argentinos con un texto que no habla de literatura sino que construye una “figura de autor puro” mientras lame el culo de los lectores españoles, ahora que ganó ahí un premiecito y está visible un rato.

Te mostrás dolido porque los primos del campo, en vez de hablar con vos de “lo único que importa”, el arte, te preguntan qué porcentaje se llevan los agentes. Por supuesto, Pron, ellos llegaron a Europa, igual que vos muy probablemente, gracias a subsidios. Y si llegaste ahorrando en tiempos de plata dulce o vendiendo algo, importa poco para mi razonamiento. Pero a diferencia tuya, no fueron a quedarse y no tienen tiempo para charlar de literatura, eso que sin duda es lo que más nos importa a los escritores. Ellos no cuentan con años para encontrar el agujerito por el que entrar al mercado europeo, tienen pocos días y creen que ese argentino que ya logró algo es un buen tipo. No son ingenuos, es que en general la NNA se ha organizado acá con un espíritu bastante colaborativo y solidario, aunque nunca falta gente como vos (como en cualquier lado), no es la que marca la tendencia, felizmente.

El problema no es que critiques la cultura argentina, que como cualquier cultura, tiene cosas patéticas. Lo que indigna es la injusticia de tus críticas y tu programa de ser un renegado que parece creer, bastante ingenuamente, que así va a hacerse perdonar que es sudaca.

“viajé a Alemania para estar en el sitio en que se habían escrito los libros que yo había leído y por los que yo había decidido convertirme en un escritor”

Un muchacho del Interior que mientras se asquea por sus compatriotas proclama que se hizo escritor por los libros alemanes mueve a risa por lo obvio de su operación. Ser un lector tan poco generoso, Patricio, se paga caro. Tu estrategia es sobre todo idiota: escupís para arriba, "alguien debería haberte dicho" que todo lo que sube baja. No tus colegas argentinos, ellos "estaban muy ocupados" en usar sus días en Europa para lo que vos usaste estos años. Pero ya debés saber que entre tus amados alemanes sos nada más que un sudaca que habla con acento, y entre tus generosos españoles… ¡el mismo sudaca que habla con acento!

Ya que hablás de lectores generosos, te cuento que si yo te leí fue por Alejandro Larre. No era tu amigo ni español, no buscaba nada a cambio, no sé siquiera si te conocía. Te había leído, eso le bastaba. El porteño y poco glamoroso Larre malvivía entonces bancándose solo con 24 años, un trabajo basura sudamericano y horas de cursada en la roñosa Facultad de Ciencias Sociales, con bancos e inodoros rotos. Vos entonces disfrutabas de la docta universidad del primer mundo, pero en el primer mundo no existía un solo europeo al que le preocupara leerte. Larre, en cambio, estaba obsesionado, igual que sus amigos con quienes hacía “Mil mamuts”, por descubrir escritores en la subdesarrollada América Latina. Robaban guita a sus magros ingresos para publicar la revista que jamás utilizaron para hacer operaciones propias de autor ni para consagrar a alguien pateándole los huevos al de al lado, pero no por eso renunciaron a utilizarla para posicionarse merecidamente en el campo intelectual, algo que a la larga siempre confluye, directa o indirectamente, con el mercado. Es que ese no es el problema, Patricio, el problema es cómo, el problema es qué turradas estás dispuesto a hacer para eso.

Yo te leí gracias al generoso lector argentino Larre: en “Mil Mamuts” y en un librito que él me prestó y te pagó este país (el Fondo Nacional de las Artes), por el que, muy injustamente, no habrás visto un centavo: una editorial chica hizo su negocio con el subsidio que generosos lectores del jurado argentino (hay más de uno, ¿viste?) te adjudicaron. Tu libro fue derecho al depósito, claro, la editorial había hecho caja, el subsidio ya cubría su ganancia. ¿Para qué gastar en distribuirlo? No precisaba venderlo para que se leyera, ya había vendido el servicio de impresión al Estado. Pero a Larre le importó, primero, leerte, después, que te leyera yo. ¿Por qué? ¿A qué no sabés la respuesta? Acá sí, acá se puede decir sin hipocresía: “literatura pura”, ni más, ni menos.

Miro tus ediciones y sos tan transparente: te bancaron la municipalidad de Rosario, el FNA, ganaste concursos por los que instituciones argentinas permitieron que tu obra fuera negocio para alguien… No para vos, claro, sino para los dueños del kiosco. Pero está buenísimo que no hayas cobrado porque así te mantenés puro, no como ahora que te dieron el premio Jaén y se te ensuciaron las manos, ¿ya devolviste el dinero? De tu razonamiento se deduce lo que deberías hacer: quedarte con la sublime Literatura y donar el vil metal a tus amigos pobres de La joven guardia.

No discuto "la generosidad" de muchos "lectores españoles", pero ya deberías haber entendido que en todos lados hay generosos y también soretes, y que los soretes siempre lo van a ser y sólo te van a reconocer como escritor cuando no tengan más remedio, o les convenga, es decir… cuando te hayan reconocido primero los generosos. Así que, mi querido muchacho, la mala noticia es que dependés de la generosidad de tus colegas y críticos, esos son los que te van a consagrar. ¿Lo vas a conseguir escribiendo cosas como estas? Si ser un buen tipo no te nace, por lo menos fingílo, no llegaste tan alto como para sacarte la careta.

Ignoro cuán amables son con vos los españoles después de haber ganado el Jaén y al menos no tener que volver a golpear por ahora las puertas de la municipalidad de tu pueblo natal, a ver si te paga un libro; pero me atrevo a augurar que mostrando tu abyección tan prontito los vas a perder también a ellos.

Me alegré cuando leí, el año pasado, que habías ganado ese premio. Me alegró que un escritor de la joven guardia tuviera un premio importante afuera; te había leído y además sé que uno al que se le abren las puertas puede ser la puerta abierta para más. Me alegró que ganaras guita por fin con tu digno trabajo. Te escribí felicitándote, creo, lo anuncié en mi ciclo cuando te invité a leer. Ahora lo que me alegra es que alcanzó tan poco para entender quién sos: te mareás rápido, Pron. Una de mis frases favoritas es esa de Kipling: el éxito y el fracaso son dos impostores. Pensala. Los depresivos se creen que ellos y su obra no valen porque fracasaron, me ponen triste y me inspiran solidaridad. Pero los idiotas –tu caso- se creen que ellos y su obra valen porque obtuvieron un triunfo… No, Patricio, ese es el otro impostor, nada más. Tu obra vale en sí misma, le vaya bien o mal. Cuidado, es poquito todavía el licor que te dio la vida para que te emborraches de este modo, humillando colegas sólo llenás tu incipiente camino ascendente de gente que ya mismo está deseando que te caigas. Dicho en los únicos términos que te importan: tu estrategia no es un buen negocio.

Me reí cuando vi que te ridiculizabas, intentando ridiculizar a Andrés Neuman y a Samanta Schweblin. Obvio, desde tu perspectiva, el único modo de entrar es mover el piso al prójimo, y los que te "conviene" empujar entonces son ellos: los dos son escritores demasiado buenos, probablemente mejores que vos. Schweblin ya brillaba mucho en la antología en que participaste y ahora entra Neuman, que acaba de ganarse un premio de más importancia y más guita en ese mercado "no argentino" que babeás por conquistar. Tus palabras sobre Schweblin son particularmente repugnantes:

"Samanta Schweblin solía abrir los ojos y no decía nada; pero, francamente, ella nunca decía mucho. Los ojos de Samanta Schweblin parecían los de un venado que ve cómo la noche se parte en los haces de luz de un camión que se dirige hacia él y no puede moverse y quizás comprende que allí se acaba lo que se daba.”

Sutil ese “quizás comprende”: ¿tendrá cerebro una mujer? Si observa, piensa y calla, como Samanta, es que las mujeres son bobas; si habla mucho, podés recordarnos que somos charlatanas incontinentes; si enfrenta y pelea, histéricas; si no, sumisas. Demasiado lugar común para quien se jacta de servir en la mesa de los buenos burgueses platos que no quieren comer. Pero encima, demasiado lugar común despreciable. En el país bárbaro de tus primos del campo, despreciar a más de la mitad de la población es un defectillo en el fondo festejable por los de tu calaña, pero en tu amada y civilizada Europa, por suerte, no es mucho mejor que ser nazi.

“Samanta ya estaba entre lo mejor que hubiera escrito una mujer en Argentina en los últimos diez años, lo que no era exactamente mérito suyo sino culpa de sus colegas.”

El arte de insultar con economía: en la misma oración va el palo por ser minas, por sudacas y de paso para todos TUS colegas, tus. Te equivocaste de pronombre posesivo.

Bien, me anoticio: sos sexista además de trepador. ¿Sos antisemita también? ¿Homofóbico? Y los negros, ¿cómo te caen?

“no iba a escucharle decir mucho, ni en público ni en privado: Schweblin se deslizaba en silencio como el hilo dental por la boca descuidada de la nueva literatura argentina.”

Ojito con la metáfora irónica porque se te ven los lapsus, los "descuidos" de tu boquita pútrida: claro que Schweblin se te desliza como un hilo dental y te va sacando la carroña de pobre macho envidioso. No, Patricio, vos y yo sabemos que Samanta no está ahí porque es lo mejorcito que escribió una mujer, sino porque sus cuentos son de los mejores en la nueva narrativa, mejores que los tuyos a menudo. Pero entiendo: es un problema que sea mujer, porque una mina es un desencadenante infalible del sadismo en un varón mal bicho. Es fuerte la tentación de usar ahí el poder, ¿no? Nada como la carnada de una mujer puesta en el lugar de par, para desenmascarar machos de mierda.

Y ahora te toco yo, encima, otra mina, pobre Pron. Y me divierto haciéndote una lecturita lacaniana.

Va lo último. En tu artículo abyecto elegís con cuidado solamente dos humanidades para tratar con respeto: los "lectores españoles" y yo, a quien mencionás "generosamente" (aunque con trivialidad, resumís mal mi lectura sobre la nueva narrativa). Esto me obliga a diferenciarme, y por eso este e-mail. Si un psicoanalista puede decir “yo a Massera no lo tomo de paciente, no porque no precise terapia sino porque me repugna”, una crítica literaria puede rechazar a un escritor, merezca o no ser leído. Eso es lo que estoy haciendo. Decidí que no voy a leerte más, simplemente no existís más para la narrativa que yo trabajo. ¿Querés ser alemán? ¿Español? Podés ponerte a practicar el acento. Yo no voy a volver a leerte.

No ignoro que alguien puede ser una basura y un buen (incluso gran) escritor, hay muchos casos. Pero mientras esa mala persona está viva, no veo por qué hacer el trabajo insalubre de estudiarla. Si llegás a perdurar en el tiempo, ya habrá quienes te lean sin que les importe algo tan nimio como una canalladita mundana, una operacioncita de prensa, algo que desde luego habla de qué persona fuiste, no de los escritores a los que ridiculizás, pero NUNCA, NUNCA habla de literatura.

Se dirá que no es para tanto, que Massera es un genocida y vos no mataste a nadie. Cierto. Sólo que para matar, primero Massera buscó poder. No me consta qué harías vos si llegaras a donde él llegó, por el momento me consta qué hacés apenas cuando te premia una editorial del mercado europeo.

Y lo último, te recuerdo: esto no es una polémica sino una delimitación ética en forma de largo y razonado insulto. No te gastes en responderme, no me interesa.

Elsa Drucaroff


RESPUESTA DE PATRICIO PRON

Querida Elsa,

Qué pena que no te gustara mi artículo en Etiqueta Negra. Sobre él, apenas una consideración: todo es una broma (aunque quizás una de humor un poco esquivo). Y otra más: mi intención con ella era generar una discusión en torno a la noción del valor en la literatura y de lo que supone ser un escritor "exitoso" o pretender serlo; una discusión que creo que (al menos parcialmente) la crónica produjo y una de cuyas derivaciones es tu carta, que te agradezco.

Y aquí un par de consideraciones personales, que no pretenden invalidar tus argumentos (con algunos de los cuales estoy mucho más de acuerdo de lo que quizás supongas) pero vienen a cuento para que, al menos, conozcas la verdad. En primer lugar, ningún gobierno me dio ninguna beca ni subsidio para nada; ni el argentino ni el alemán: durante toda mi carrera, así como durante el período de escritura de la tesis doctoral, yo estuve trabajando, en periodismo principalmente y entre 2002 y 2007 en una oficina de documentación en la Universidad de Göttingen; y ya sabes cuán difícil es estudiar y trabajar al mismo tiempo. En segundo lugar, no, no tengo agente; siento decepcionar a tantos que me preguntan lo mismo. En tercer lugar, la "mano" a la que te refieres creo que sí se la he dado a mis "colegas": Terranova acaba de participar de una residencia para escritores de la Universidad de Alcalá y asistió a la entrega del Premio Cervantes a Juan Marsé gracias a que los organizadores me pidieron cuatro nombres de escritores latinoamericanos jóvenes y yo, naturalmente, di el suyo. En cuarto lugar, no, yo no tengo interés en estar en Frankfurt 2010: supongo que iré unas semanas antes o después de la Feria si se produce alguna publicación en alemán, pero ya he estado en ella y te aseguro que es un sitio bastante incómodo para cualquiera que no sea agente literario o editor o ejerza el funcionariado cultural en alguna de sus variantes. En quinto lugar, estoy muy agradecido con Alejandro (Larre) y nunca nadie me arrancará una sola palabra en su contra. En sexto lugar, no creo en la literatura pura; repito, todo es un chiste y una provocación destinada a que los buenos escritores argentinos jóvenes me enmienden la plana escribiendo buenos libros (pienso aquí en Havilio, en Terranova, en Cirelli, en Bruzzone, en Ronsino, en Coelho, en Funes, en Incardona; esos sí que son mis pares); sin embargo, si quieres mi opinión personal sobre las relaciones entre literatura y mercado, déjame decirlo de esta forma: creo que la literatura se debe comprar pero no creo que se deba vender. En séptimo lugar, jamás recibí un subsidio del Fondo Nacional de las Artes, de manera que no sé a qué te libro te refieres; por favor dímelo cuando puedas. En octavo lugar, me gustan los libros de Samantha, pero sigo pensando que ella lo hace tan bien como sus colegas femeninas lo hacen muy mal; siento que te sientas aludida. En noveno lugar, te propongo que te preguntes por qué si, como dices, yo he "traicionado" o "enmierdado" a mis colegas, estos han defendido mi crónica ante los medios; e incluso más, por qué habiéndola leído antes de su publicación (porque ellos sabían que yo estaba escribiendo mi artículo, ellos me dijeron qué cosas poner y qué no poner, y yo respeté su decisión), y habiendo tenido la posibilidad de veto, no lo hicieron y reaccionaron con entusiasmo.

Ah, y una cosa más: si me fui de Argentina (primero a Alemania y después a España) no fue por querer conquistar un "mercado", sino simplemente porque mis padres pelearon por un país en el que a mí y a ellos nos hubiera gustado vivir y perdieron la guerra. Mis padres fueron perseguidos, y yo crecí en un entorno de restricciones, medidas de seguridad y terror omnipresente que estaban destinados a nuestra preservación, la mía y la de toda mi familia. ¿Tú querrías vivir en un país que puede hacerte eso, a ti y a los tuyos? Yo no. Si mis padres hubieran ganado la guerra, quizás yo viviría en Argentina ahora pero, repito, ellos la perdieron y ya no hay mucho que se pueda hacer al respecto. Y el mercado no tiene ninguna importancia en este asunto: como dices, nadie sabe quién soy ni qué cosas escribo.

En cualquier caso, te ratifico aquí todo lo que he dicho sobre ti, tanto en la crónica como en mi artículo de Quimera acerca de la literatura argentina después de 2001. Y mi ratificación y mi respeto hacia ti y tu trabajo se ven confirmados por el entusiasmo con el que me has escrito. Simplemente espero que tengas la oportunidad de leer El comienzo de la primavera sin prejuicios porque el libro ha sido escrito para lectores inteligentes y aspira a intervenir en el marco de las relaciones entre literatura y memoria, sobre el que creo que tú has escrito. Negarse de plano a leer a un escritor a priori por sus opiniones o por su biografía no sólo constituye una pérdida para ese escritor, sino también para el propio lector y para la cultura en la que ambos se encuentran insertos, y (cuando ese lector/a es una crítica profesional como tú, que además posee un sitio en la institución académica argentina) es peligrosamente parecido a la censura.

Naturalmente, y si no tienes problema, incluiré tu carta y mi respuesta en mi Dossier.

Un beso,


P


RESPUESTA DE ELSA DRUCAROFF

Patricio, yo preferiría que no incluyeras mi carta en tu dossier. Elsa.


RESPUESTA DE PATRICIO PRON

Querida Elsa,

Las cartas son también de quienes las reciben. Publicaré en breve tu carta y mi respuesta en mi Dossier y, naturalmente, siempre tendrás un espacio allí para continuar dialogando.

Un abrazo,


P

junio 08, 2009

"Cuatro maestros del cuento latinoamericano: Quiroga, Borges, Rulfo y Bolaño"

Madrid, Miércoles 10, 17, 24 de junio y 1 de julio, en los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja (c/San Bernardo 13, 3º izda.)

Más información sobre el taller de lectura, aquí.

Diego Medrano sobre "El comienzo de la primavera"

La reseña, aquí.


Publicada en El Comercio Digital. Gijón, mayo 30 de 2009.

La dinámica de la historia: Ezequiel Alemián sobre "El comienzo de la primavera"


Publicada en Cultura/Libros del diario Perfil. Buenos Aires, mayo 31 de 2009.

Diego Colomba sobre "El comienzo de la primavera"

La reseña, aquí.


Publicada en el suplemento Señales del diario La Capital de Rosario. Rosario, junio 7 de 2009.

Entrevista de Catalina Rossini en Hablando del Asunto (1 de 2)

La entrevista, aquí.


Publicada en Hablando del Asunto. Buenos Aires, junio de 2009.