julio 29, 2009

Lascano Tegui, escritor maldito: «Escribo por pura voluptuosidad» (Archivo IV)

Al Vizconde Emilio Lascano Tegui le caben dos privilegios. El primero es el de ser el creador de De la elegancia mientras se duerme, una de las novelas más raras jamás escritas en la Argentina. El segundo es el de ser unánimemente ignorado en su país. Ubicado por propia voluntad en un lugar marginal de las letras de ese país, su actitud vanguardista y su desprecio por las concesiones literarias le ganó un sitio entre la rara especie de los artistas malditos argentinos.

VIDA DE UN MALDITO

Lo primero que inventó Emilio Lascano Tegui fue sin duda a sí mismo. La construcción de ese personaje llamado el Vizconde —del que no hay fotografías— fue de una perfección tal que incluye una cantidad enorme de anécdotas apócrifas, cuya validez es improbable pero incluso así tampoco irrebatible.

Supuestamente, su nacimiento se produjo en 1887 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Como Lautréamont, Lascano Tegui se inventó un título nobiliario y, como sus contemporáneos, viajó a París a vivir una vida bohemia en la que conoció a Guillaume Apollinaire y cocinó para el mismísimo Pablo Picasso. En la Ciudad Luz ocupó una buhardilla en el Barrio Latino que frecuentaban Ricardo Güiraldes y Oliverio Girondo, a los que dedicó su ópera magna. Más tarde, durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como odontólogo, aunque nadie puede asegurar que antes hubiese estudiado esa profesión. Solía decir que conocía todo el planeta, pero sólo constan viajes suyos como parte del servicio exterior argentino por Europa Occidental, Siria, África mediterránea y diversos países de América —entre ellos Estados Unidos— donde ejerció funciones. En su voluminoso legajo de Cancillería alternan las notas de felicitación y los pedidos para que se quede en el extranjero porque "nada útil puede hacer en el país".

Lascano Tegui fue un creador prolífico y ecléctico. Escribió poesía, ficción, ensayos, textos autobiográficos y artículos periodísticos. Su obra comprende once libros editados entre 1910 y 1944. Fue capaz de firmar un libro como el hijo bastardo de Rubén Darío —Blanco... (1911)— y de escribir entre 1945 y 1951 un aguafuerte semanal para la popular y nada maldita revista Patoruzú, pero no de esquivar a la muerte. Lascano Tegui falleció el 13 de abril de 1966, aunque quizás la fecha sea también falsa.

OBRA DE UN MALDITO

Editado por primera vez en París en el año 1925 y traído por su autor al país, el libro De la elegancia mientras se duerme fue despreciado por la crítica argentina y, en consecuencia, olvidado hasta su reedición en 1996 por la editorial porteña Simurg.

Esta reedición permite acercarse a la obra compleja de un autor claramente alineado con las vanguardias de su época, y tributario de una tradición literaria que comienza en Villon y que atraviesa a los autores decadentes de fines del siglo pasado, en los que Lascano Tegui se refleja.

Originalmente titulado "Oraciones a Nuestra Señora la Sífilis", el libro aparece como una novela de aprendizaje en la que el protagonista recuerda su infancia, su iniciación sexual y los episodios que lo condujeron a la escritura y al crimen. Estos episodios giran en torno a la homosexualidad —sobre la que Lascano Tegui alterna la fascinación y el rechazo—, el aborto, la violación, el mundo del burdel y la degradación provocada por el tifus, la sífilis o la lepra. La novela está atravesada por la obsesión del autor por la muerte, su correlato en la locura como muerte social y el sexo.

La intención biográfica expresada en la forma del diario íntimo se complementa con el deseo de provocar del autor. Pese a que hoy en día muchos de los temas del Vizconde han envejecido, y por tanto la provocación pretendida ya no es tal, la condena de la crítica de la época sobre su obra confirma su carácter revulsivo, allí y entonces.

Pero el verdadero hallazgo en De la elegancia mientras se duerme es el estilo soberbio y elegante con el que Lascano Tegui construye su obra. La elección misma de la forma del diario íntimo recrea una estética que privilegia la intensidad de los fragmentos, la inestabilidad de las perspectivas y el fluir temporal. Lascano Tegui escribe una obra que se regocija en lo morboso, símbolo para él de una voluptuosidad que debe ser el objeto principal de la obra literaria. El mismo Vizconde afirma: "continúo escribiendo por pura voluptuosidad. Escribo para mí y mis amigos. No tengo público grueso, ni fama, ni premio nacional. Conozco a fondo la estrategia literaria y la desprecio. Me da lástima la inocencia de mis contemporáneos y la respeto. Además tengo la pretensión de no repetirme nunca, ni pedir prestado glorias ajenas, de ser siempre virgen y este narcicismo se paga muy caro. Con la indiferencia de los demás. Pero yo, he dicho que escribo por pura voluptuosidad. Y como una cortesana, en este sentido, he tirado la zapatilla".

APOYO 1: BIBLIOGRAFÍA

La sombra de la Empusa, poemas (1910); Blanco..., poemas (1911); El árbol que canta, poemas (1912); Al fragor de la revolución, prosa (1922); De la elegancia mientras se duerme, novela (1925); Les bannières d’Obligado, prosa (1930); El libro celeste, prosa (1936); Album de familia, prosa (1936); Venezuela adentro, ensayo (1940); La paradoja del campo venezolano, ensayo (1940); Muchacho de San Telmo, poemas (1944).


Publicado en La Capital de Rosario (Argentina). Ca. 1996.

La película de Leonardo Oyola

Hacé que la noche venga
Leonardo Oyola
Buenos Aires: Mondadori, 2008
247 páginas

Una noche del invierno de 1939, un mendigo que duerme en los túneles del subterráneo de Buenos Aires ve morir a un compañero en circunstancias confusas; cuando emerge a la superficie, ha decidido averiguar las razones de su muerte y vengarla. El mendigo se ve rodeado de un grupo de personajes dispuestos a ayudarle a realizar su venganza o a impedir que la lleve a cabo: el ingeniero Pablo Manzotti, el sacerdote mexicano Manolito Montoya y su Winchester 67 apodada "la Rosa Amarilla", el cocinero chino Arroz; el policía Barreiro, el ingeniero Jacinto Bosco Herranz, Thaddeus Jones y Joshua Smith, matones de la CHADOPYF (Compañía Hispano Argentina de Obras Públicas y Finanzas), la empresa que construyó la línea D del metro de Buenos Aires. Muy pronto queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos de esta historia, y, al final del libro, a los malos les corresponde un castigo tópico y sangriento y a los buenos ―o a algunos de ellos― dos recompensas: una minúscula, en la forma de una amistad que comienza, y una mayúscula, consistente en haber vivido para contarla.

Hacé que la noche venga es la quinta novela de Leonardo Oyola (1973), autor también de Siete & El Tigre Harapiento (2004), Chamamé (2007, Premio Dashiell Hammett de la multitudinaria Semana Negra de Gijón), Gólgota (2008) y Santería (2008). Todas son novelas policiales: Oyola utiliza ciertas figuras y tópicos de la variante negra de ese género y lo enriquece con la recreación de paisajes argentinos poco visitados por esa literatura a la que no suele llamarse "regionalista" (Chamamé), de prácticas sociales poco prestigiosas y de la vida de los marginales argentinos (Santería), y con la irrupción de lo fantástico en sus libros y la incorporación de elementos del western televisivo y referencias a la música pop. Así, los trece capítulos de Siete & El Tigre Harapiento tienen los títulos de las canciones de The Wedding Album (1993) de Duran Duran y los de Hacé que la noche venga, de westerns televisivos como "Valle de pasiones" (The Big Valley, 1965-1969), "Gunsmoke" (1955-1961), "El hombre del rifle" (The Rifleman, 1958-1963) y "El arma del hombre muerto" (Dead Man's Gun, 1997-1999). Sin ser nuevo, el recurso dota de espesor a una literatura que hace de la urgencia su principal valor y propone la lectura de la novela como si se tratara de un western en el que los personajes no se detienen hasta llevar a cabo su venganza.

Esta mezcla de géneros ejemplifica además el uso que los escritores de la generación de Oyola hacen de ellos, no sólo en el ámbito hispanohablante; pero también participa de un movimiento general de apropiación del policial que no es exactamente nuevo pero que aún está produciendo lo más interesante de la narrativa actual. En Hacé que la noche venga, Oyola continúa esta línea ―quizás podamos llamarla ya "tradición"― enriqueciendo la historia policial tópica con un elemento fantástico. Al igual que en las novelas de Michael Burt ―quien al menos en una ocasión incluyó en un libro la advertencia de que "con la posible excepción del Diablo" todos los personajes eran "completamente ficticios"―, el asesino aquí no es más ni menos que una cierta encarnación de El Malo con mayúsculas, que se manifiesta a través de otro mendigo, el Dr. Francini alias El Toncho, quizás el personaje más interesante del libro. El relato consiste pues en la eliminación de esa encarnación del Diablo y, con ello, adhiere a la moralidad del western, cuyo tema es el triunfo del bien sobre el mal.

Es en ese sentido que Hacé que la noche venga puede leerse también como un ejercicio sobre El Mal con mayúsculas e inexplicable, el tema al que Roberto Bolaño le dedicó toda su obra. Cuando el Mal aparece, la novela salta por los aires y toda convención genérica ―el realismo, en particular, que es el modo dominante de la novela policial― queda anulada ante su fuerza destructiva. Su aparición tiene un efecto similar en muchas novelas recientes que se preguntan cómo narrar el Mal y acaban en el silencio o en la dispersión genérica. La novela de Oyola deja de ser una novela policial, una novela histórica o un western tan pronto como el diablo mete la cola, y a partir de ese punto pasa a convertirse en algo mucho más interesante: un libro inclasificable.

Hacé que la noche venga se lee con sorprendente rapidez y con cierta felicidad. Leonardo Oyola escribe como una especie de Roberto Arlt aún más descarnado y que hubiera tenido interés en la literatura fantástica. Su novela está escrita como si Jorge Luis Borges no hubiera existido nunca, lo que, desde luego, supone de parte de su autor un esfuerzo enorme y quizás innecesario. Oyola escribe de una manera que, desde el punto de vista de la tradición de corrección formal que ha caracterizado a la literatura argentina desde Borges, puede ser vista como un "escribir mal". Este "escribir mal" de Oyola ―"errores" de concordancia y de puntuación, cacofonías y repeticiones, anacronismos, etcétera― va mucho más allá del "escribir mal" de Copi, César Aira o Washington Cucurto porque es mucho menos sofisticado y no parece surgir del traslado de las convenciones de un tipo de narrativa a otro (Copi) ni de las vanguardias históricas (Aira) ni de una apropiación del barroco latinoamericano (Cucurto) sino de los medios audiovisuales, que son ágrafos por naturaleza. La tradición mínima que tiene este libro debe ser buscada pues en esos medios audiovisuales y en los libros de Alberto Laiseca, maestro y mentor de Oyola. Hacé que la noche venga pierde en la comparación con los libros de este último, con los que comparte el uso de los géneros, el interés por la literatura china y la recreación del mundo de los marginales y de la vida debajo de las ciudades y la violencia que ambos libros ejercen sobre el realismo, pero hará una excelente película algún día, y este es tal vez el mejor elogio que puede hacérsele.


Publicado en Otra Parte 16. Buenos Aires, verano 2008-2009.

julio 10, 2009

Alejandro Rubio sobre "El comienzo de la primavera"




Publicado en Los Inrockuptibles. Buenos Aires, julio de 2009.

Cracovia: La capital olvidada

Antigua capital de Polonia, la ciudad junto al río Vístula conserva sus aires principescos, que dan testimonio de una rica historia.


En cada esquina de Cracovia pueden encontrarse edificios de relevancia histórica. Algunos recuerdan al período de la "Mancomunidad de los nobles", la federación polaco-lituana que se extendió entre los siglos XVI y XIX; otros, al período en que formó parte del Imperio Austrohúngaro y floreció como centro de las artes y de las ciencias; pero otros son de triste memoria, como Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración que se encuentra en las afueras de la ciudad. Sobre todos esos vestigios del pasado se impone, sin embargo, una referencia más bien inmaterial: hasta 1596, esta ciudad junto al río Vístula fue la capital de Polonia, de manera que el esplendor de sus edificios y su ambiente palaciego recuerdan a una capital europea antes que a una ciudad de provincias. Su centro histórico fue declarado en 1978 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El recorrido por Cracovia debería comenzar en la Plaza del Mercado (Rynek Glówny). Esta plaza de cuarenta mil metros cuadrados fue la más grande de Europa durante la Edad Media y su tamaño da cuenta de la importancia comercial de la ciudad durante ese período. Aquí se encuentra el imponente Pabellón del Género (Sukiennice), cuya arquitectura reúne elementos góticos, románicos y renacentistas; en la actualidad, su planta superior acoge una galería con pintura polaca de los siglos XIX y XX, mientras que en la planta inferior pueden adquirirse artesanías y arte popular.

La Plaza del Mercado reúne además, entre otros edificios destacados, la Iglesia de San Adalberto (Kościoł Św. Wojciecha), la más antigua y una de las ciento cincuenta iglesias y capillas de la ciudad, y la solitaria Torre del Ayuntamiento (Wieża Ratuszowa). Aquí también se encuentra la Iglesia de María (Kościoł Mariacki), cuyas dos torres asimétricas son uno de los símbolos de Cracovia. En su interior puede admirarse el altar gótico más grande de Europa, obra del maestro de Nuremberg Veit Stoß (siglo XV); quien no quiera entrar a la iglesia puede disfrutar de la "Hejnał Mariacki", una popular melodía que es tocada desde la torre cada hora y dejada inconclusa en recuerdo a cierto trompetista que, de acuerdo con la leyenda, fue asesinado en el siglo XIII mientras la interpretaba para prevenir a los habitantes de la ciudad de un ataque mongol.

Alrededor de la Plaza del Mercado una apretada red de callejuelas reúne los edificios más principescos de la ciudad. Las más pintorescas son las calles Kanoniczna y Grodzka, o la Dominikańska, que conduce al "Planty", un parque de cuatro kilómetros de extensión distribuido como un anillo alrededor de la Ciudad Vieja (Stare Miasto) que es uno de los paseos favoritos de los habitantes de Cracovia. Pero la más famosa de estas calles es la Floriańska, que conduce a la Puerta del mismo nombre (siglo XIV) y a una monumental torre circular (Barbakan), único testimonio de la antigua muralla. Las horas de la tarde pueden dedicarse a recorrer estas calles o a visitar alguno de los excelentes museos de la ciudad: los más atractivos son el Czartoryskich, que acoge una pintura de Leonardo da Vinci, y el Nacional, un excelente (aunque, de a ratos, agotador) recorrido por la turbulenta historia de Polonia. Otra buena alternativa es visitar el edificio más antiguo de la Universidad Jagellónica (Uniwersytet Jagielloński), fundada por el rey Casimiro III en 1364; en el Collegium Maius destacan, además de su bello patio de arcadas (siglo XV), el boletín de notas del futuro papa Juan Pablo II, que estudió aquí, y el "Globo Jagellónico" (1510), con la primera representación gráfica del continente americano.

La mañana del día siguiente puede aprovecharse visitando el barrio judío de la ciudad (Kazimierz). Aquí se encuentran siete sinagogas, un museo de la historia de los judíos de Cracovia y uno de los cementerios de esa confesión más antiguos de Europa, además de galerías de arte y pequeños y acogedores restaurantes judíos.

Al oeste del barrio judío se encuentra sobre una elevación el "Wawel", el castillo gótico que fue hasta 1609 residencia real. En él pueden contemplarse los aposentos y la cámara del tesoro, además de la Catedral, donde los reyes polacos eran coronados y enterrados (no al mismo tiempo, naturalmente). La visita a la cripta donde se encuentran sus sarcófagos, así como los monumentos fúnebres de obispos y héroes nacionales, es tan obligatoria como la de su tesoro y la Capilla de Sigismundo (Kaplica Zygmuntowska), obra maestra del Renacimiento. Las vistas de la ciudad al atardecer desde el castillo son, aunque inmateriales, el mejor souvenir que uno puede llevarse de Cracovia.


Publicado en Viajes National Geographic 112. Barcelona, julio de 2009.

Berna: Marcando el minuto

La ciudad de los relojes sorprende al visitante con su orden, las bellas vistas del casco antiguo y la puntualidad de sus habitantes.


Berna tiene una rica historia que va desde su fundación en 1191 a su presente como capital de Suiza; para descubrirla, sin embargo, no hacen falta libros sino recorrer sus calles, que respetan la sinuosa traza medieval y cuyas fachadas están cubiertas de flores durante todo el año y ostentan en ocasiones su escudo de armas, que representa un oso. De acuerdo a la leyenda, la ciudad fue bautizada como Berna, una palabra de origen retrorománico, en homenaje a la primera presa obtenida por un conde local durante una cacería. Los osos son precisamente algunos de los protagonistas de una de las principales atracciones de la ciudad y el punto de partida de su recorrido, la Torre del Reloj (Zeitglockenturm).

Éste, construído en 1530, es uno de los más antiguos del mundo en funcionamiento y tuvo durante siglos una autoridad indiscutible en una ciudad preocupada por la puntualidad: todos los relojes de Berna debían orientarse de acuerdo al de la Torre y, con ellos, la vida de sus habitantes. Aún hoy, unos cuatro minutos antes de que se complete la hora, canta un gallo mecánico, un bufón toca una campana, aparecen los osos y Cronos, la personificación del tiempo para los griegos, da vuelta su reloj de arena. El desfile de autómatas concluye nuevamente con el gallo cantando. La campana de la Torre fue fundida en 1405 y posee una inscripción que afirma "yo soy quien informa la verdadera hora del día".

Muy cerca de la Torre del Reloj se encuentra la Catedral (Münster), el mejor ejemplo arquitectónico del gótico tardío con que cuenta la ciudad. Fue edificada entre 1421 y 1893 y es el edificio eclesiástico más grande de Suiza. Aquí debe prestarse especial atención a su pórtico, decorado con escenas del Juicio Final, y, ya en el interior, a su sillería tallada, de 1523. Sólo las personas que sufran de vértigo deberían perderse la ascensión de los 344 escalones de su torre, de algo más de cien metros de altura. Desde allí, las vistas del sol cayendo sobre la ciudad y el río Aare pueden señalar un final perfecto para el día, aunque los impresionables también pueden contemplar el atardecer desde la plaza arbolada junto a la Catedral (Münsterplattform).

Si bien ésta es el edificio religioso más importante de la ciudad, Berna cuenta con otras iglesias que vale la pena visitar, especialmente la que se encuentra junto al puente Untertorbrücke o la del Espíritu Santo (Heiliggeistkirche), considerada la iglesia barroca más hermosa de Suiza. La tarde puede dedicarse a recorrerlas, pero, no importa cómo se planee el paseo, éste siempre atravesará la Gerechtigkeitsgasse, una bella callejuela decorada con banderas y presidida por la Fuente de la Justicia (Gerechtigkeitbrunnen). Al igual que otras once, la de la Justicia tiene un sentido alegórico y el aspecto de un ostentoso juguete antiguo. Otras, como la del Ogro (Chindlifresser), retratado en el momento en que se come a un niño, o la Simpsonbrunnen, poseen, por su parte, la belleza de la crueldad ingenua. Berna tiene más de cien fuentes de este tipo, pero su número exacto es desconocido incluso para las autoridades; descubrirlo puede ser la excusa para una tarde de paseo interrumpida en cualquiera de los numerosos cafés y restaurantes de la ciudad.

La mañana del siguiente día puede ocuparse en recorrer el mercado, ubicado bajo las arcadas y, con seis kilómetros de extensión, el mayor mercado cubierto de Europa. Para hacerlo, basta dejarse arrastrar por el tráfico de viandantes que recorren unas calles que confluyen inevitablemente en el puente Nydegg (Nydeggbrücke), uno de los más antiguos de Berna y el punto en el que converge la mayor parte de las calles del casco antiguo. Atravesándolo no sólo se disfrutan de unas bellas vistas del río Aare, que rodea la parte antigua de la ciudad por tres de sus cuatro costados y fue durante siglos una barrera natural contra los invasores, sino que se alcanza también el popular Foso de los osos (Bärenplatz) donde pueden verse varios ejemplares. En la actualidad, el Foso está siendo transformado en un parque donde los animales que dan nombre e identidad a Berna dispondrán de más espacio en un entorno natural junto al río.

Una visita a Berna quedaría incompleta sin admirar la fachada del Parlamento (Bundeshaus), construido entre 1852 y 1902. La sede del gobierno federal del país está decorada ricamente con motivos de la historia suiza y cuenta con una bella plaza reformada en 2004 que, a manera de balcón sobre el Aare, ofrece unas vistas inigualables de la ciudad y por la noche cuenta con un atractivo juego de luces en sus fuentes, que representan los 26 cantones suizos. Desde allí se puede bajar al río con el bonito cablerrail Marzili, de larga tradición y puntualidad incorregible, como todo en Berna.


Publicado en Viajes National Geographic 111. Barcelona, junio de 2009.

Coblenza: Ciudad de encuentros

Ríos, tradiciones culinarias, pasado y presente confluyen en la ciudad alemana.


Ubicada en el encuentro de los ríos Mosela y Rin, y bautizada "Confluentes" por sus ocupantes romanos, en Coblenza se reúnen no sólo dos ríos, sino también la romántica ruta de los castillos del valle del Rin, tres cadenas montañosas y las tradiciones culinarias de varias regiones alemanas.

Aunque el visitante conjuga su visita en presente, quienes visitan Coblenza lo hacen principalmente por su pasado, que se manifiesta en todo su discreto esplendor en la esquina de las calles Löhrstrasse y Altergraben, donde comienza el recorrido por la Altstadt o Ciudad Antigua. Allí, cuatro coloridos miradores en cada uno de los edificios de la esquina dan la bienvenida al visitante. Continuando por la Löhrstrasse, se llega a la iglesia Liebfrauenkirche, que revela una armoniosa mezcla de elementos románicos, góticos y barrocos que hace honor al lugar de encuentros que es Coblenza. Un poco más allá, en el Florinsmarkt, la iglesia Florinskirche exhibe su atracción más importante no en su interior sino fuera, en el campanario. Se trata del Augenroller –literalmente, "el que gira los ojos"–, una imagen que representa a Johann Lutter von Kobern, decapitado en 1536; cada media hora, el Augenroller pone los ojos en blanco y saca la lengua como si volvieran a cortarle la cabeza.

A la vuelta del Florinsmarkt, el visitante puede disfrutar de una atracción más adecuada para estómagos sensibles. El Ayuntamiento Antiguo o Rathaus fue construido entre 1695 y 1799 y es una de las perlas arquitectónicas de la ciudad. Frente a él se encuentra la fuente Schängelbrunnen, símbolo de Coblenza. Su aire ligero y alegre se extiende a las callejuelas medievales que la rodean y por las que el visitante puede vagabundear admirando bellísimas casas; muchas de ellas se remontan a finales del siglo XVIII, cuando Coblenza floreció bajo la dominación francesa y fue llamada "la pequeña París". El paseo puede incluir un alto en cualquiera de los excelentes restaurantes de la zona o en la plaza del ayuntamiento donde, en algunas épocas del año, puede encontrarse un mercado donde adquirir productos regionales o un tentempié.

A tiro de piedra del Ayuntamiento se encuentra St. Castor. Esta iglesia fue fundada como monasterio en 836 pero su sobrio y elegante interior se remonta al siglo XII. A sus espaldas, en el punto donde se unen los dos ríos a cuyo encuentro Coblenza debe su nombre, se encuentra una de las atracciones principales de la ciudad, el Deutsches Eck.

Construido en 1897, el monumento se compone de un pedestal sobre el que se erige una estatua del káiser Guillermo I montando en actitud de serena vigilancia. Sin embargo, poco hay de sereno en su historia: durante la Segunda Guerra Mundial, la estatua fue destruida y el monumento permaneció sin coronar entre 1953 y 1990, cuando se convirtió en recordatorio de la división del país. En la unión de los ríos, el Deutsches Eck era un símbolo de que incluso las ideas más heterogéneas y los enemigos más encarnizados podían confluir pacíficamente, como sucedió efectivamente en noviembre de 1989, tras la caída del comunismo en Alemania del Este. Ese mismo año, un magnate local donó casi dos millones de euros para erigir una réplica de la estatua y desde 1993 el káiser Guillermo I vigila de nuevo los dos ríos, que se convierten en uno ante sus ojos.

El visitante puede continuar su paseo junto a la orilla del Mosela, a la derecha del monumento, o seguir hacia el sur por el paseo peatonal que recorre la margen izquierda del Rin. Allí se encuentra uno de los edificios más representativos de la ciudad, el Schloß. Este palacio clasicista fue construido entre 1777 y 1786 y actualmente alberga oficinas públicas.

La visita a Coblenza se completa necesariamente con la ascensión a la fortaleza Ehrenbreitstein, en la margen derecha del Rin. Ubicada casi ciento veinte metros por encima de la ciudad, la fortaleza fue inexpugnable durante nueve siglos hasta que Napoleón Bonaparte la tomó en 1799. Más tarde, Prusia la convirtió en la fortificación más importante de Europa, una posición de preeminencia que ocupó hasta que el desarrollo de la tecnología militar la volvió obsoleta. En la actualidad, la fortaleza tiene la función poco bélica de alojar un albergue y el Landesmuseum o Museo regional. La visita a Ehrenbreitstein puede ser una buena oportunidad para cenar en alguno de sus dos restaurantes o simplemente disfrutar de las vistas de la confluencia de los ríos, del Deutsches Eck y de la ciudad antigua, que el visitante no debe perderse.


Publicado en Viajes National Geographic 109. Barcelona, abril de 2009.

julio 04, 2009

"La construcción de la memoria": Entrevista de Damián Blas Vives

La entrevista, aquí.


Publicada en Evaristo Cultural. Revista virtual de arte y literatura 7. Buenos Aires, julio de 2009.

Andrés Calamaro: Un maldito en el país burgués

Alta suciedad comenzó a ser grabado en febrero de 1997; La lengua popular, en ese mismo mes de 2007. Entre ambos discos se extiende un período de diez años repleto de acontecimientos privados y públicos en la vida de su autor: encuentros en aeropuertos, conformación y disolución de bandas, separación, mudanzas, reclusión artística y toxicológica, la composición de trescientas canciones en tres meses, un juicio por apología de las drogas, paternidad, entrevistas, conciertos y, sobre todo, grabaciones, cientos de grabaciones, algunas de las cuales fueron realizadas en condiciones técnicas precarias en Madrid y en Buenos Aires, y que cristalizan en esta caja de seis discos, dos DVD y un libro que son testimonio de la huida hacia adelante de un músico obsesionado con la conformación de un legado en forma de canciones.

Andrés. Obras incompletas reúne ciento nueve de ellas, más varias docenas de vídeos, directos y entrevistas. De esas ciento nueve canciones, una buena cantidad había visto ya la luz en los discos fundamentales de Calamaro, Alta suciedad (1997), Honestidad brutal (1999), El salmón (2000) y La lengua popular (2007), y en los proyectos El cantante (2004), Tinta roja y El palacio de las flores (ambos de 2006) y el directo El regreso (2005). En defensa de su inclusión en esta antología, el músico ha dicho recientemente que se trata de canciones que no habían sido escuchadas adecuadamente en su momento, pero esto es, al menos, un error de apreciación, puesto que "El salmón", "Loco", "Los chicos" o "Flaca" han sido sencillos de sus respectivos álbumes y han tenido sus propios videoclips de alta rotación en las cadenas musicales, lo que relativiza la necesidad de ser escuchadas de nuevo excepto, naturalmente, por el hecho de que son grandes canciones.

Andrés Calamaro posee una compulsión acumulativa, puesta de manifiesto ya en las Grabaciones encontradas (1993-1994) y en el crecimiento exponencial de sus álbumes: al doble Honestidad Brutal le siguió el quíntuple El salmón y a él una cantidad incluso más grande de grabaciones colgadas en la Red. Esta acumulación supone el intento de cristalizar un legado pero también el de integrar ese legado a una tradición específica, la del rock argentino en tanto parte de la música popular de ese país. Ahora bien, esa tradición no ha estado al margen de la degradación ballardiana y terrible de Argentina y de su cultura durante los diez años que abarca Andrés (once en realidad, ya que algunas grabaciones son de 1996) y, quizás, una de las conclusiones de la escucha de esta caja es que la productividad de Calamaro contrasta dramáticamente con la de los tres músicos alrededor de los cuales se articula esa tradición de acuerdo al consenso (Litto Nebbia, Charly García y Luis Alberto Spinetta), quienes, con la excepción de este último, han pasado la década insistiendo en una innecesaria continuación de su obra anterior, a la que parecen parodiar antes que prolongar, o alternando situaciones escandalosas e internaciones; ni siquiera sus compañeros de generación han salido indemnes del período: Fito Páez se ha abonado al exceso de producción de canciones esencialmente superfluas y Gustavo Cerati, a los regresos faraónicos de su grupo de la década de 1980. En ese panorama, las canciones de Calamaro se antojan como una de las pocas cosas perdurables del período: retratos despiadados de Argentina ("El palacio de las flores", "La libertad", "Clonazepán y circo"), historias de separaciones dolorosas ("Crímenes perfectos", "El día de la mujer mundial"), declaraciones de amor ("Paloma", "Soy tuyo"), el buceo en la vocación artística y sus complementos farmacológicos ("Mi bandera", "Mi funeral 11", "All u need is pop") y apelaciones a unas musas que Calamaro define por la negativa ("no son canciones urgentes, / no son asuntos pendientes, / no son martes de carnaval de Brasil") pero han sido generosas con él como con ningún otro músico argentino contemporáneo.

Esos mismos temas públicos y privados son los que aparecen en las nuevas canciones de Andrés, y allí es donde la mera constatación del talento de Calamaro como escritor de canciones se convierte en entusiasmo y admiración: las veintiocho canciones nuevas (a las que hay que sumar varias pertenecientes a la banda sonora del filme El delantal de Lili y un puñado de covers) están a la altura de las anteriores o las superan, una noticia no tan nueva para quienes conocían las grabaciones que Calamaro había puesto en la Red a través de las páginas camisetasparatodos.com y deepcamboya.com.ar y que constituían un muestrario de un músico que quizás no fuera feliz por entonces pero estaba dispuesto a hacer felices a sus oyentes saltándose todas las convenciones. Las grabaciones del período estaban mal tocadas, mal cantadas y mal grabadas y el oyente sospechaba que sólo un error podía hacer que Calamaro se atreviera a una versión salsera de "My Way" o a un cover del clásico incombustible "Hola don Pepito, hola don José", pero su honestidad en la incorporación de ese error al proceso creativo, la sensación de que estas canciones permitían asistir a ese proceso (puesto que parecían estar siendo compuestas en el mismo momento en que eran interpretadas y registradas), y el carácter antieconómico de la propuesta, que obligaba a pensar acerca de los vínculos entre arte y dinero, lo dotaban todo de un singular brillo. Y luego estaban las canciones propiamente dichas, algunas de las cuales aparecen en esta caja: la programática "Mi bandera", la extraordinaria "Bachicha" ("una canción patriótica en cualquier patria del mundo", según su autor), la escalofriante y reivindicativa "Rivothriller", la minimalista y dolorosa "Manifiesto común" (que muestra que es imposible aludir a los horrores de la última dictadura argentina con la sintaxis de la lengua cotidiana), "Cuatro jinetes", "Patas de rana" y "Hop de realidad". Y decenas de otras que se echan de menos en esta caja: "Tarde de trópico IV", "Caseros K. O.", "22 de agosto", "El prócer", "Jack Yacaré", "Corrientes", "La estación de los vampiros" o "Moby Dick". Andrés es esencialmente un disco de pop (cualquier cosa que eso sea), pero al formar parte de una tradición más amplia y esquiva incluye también blues, r&b, soul blanco, rock’n roll, baladas, chacareras, chachachás, boleros, cumbias, funk, rumbas, tangos, reggae y rancheras, en una enumeración que, sin agotar necesariamente las posibilidades, demuestra una versatilidad a la que es necesario darle tanto mérito como a las habilidades de Calamaro como letrista.

Muy pocos poseen su talento para el uso de la frase hecha, a la que desnaturaliza mediante su transposición a otro contexto; así, se pueden hacer cábalas sobre lo que las expresiones "media verónica" o "el tercio de los sueños", provenientes del lenguaje de la lidia, pueden significar para un oyente argentino y, a la vez, qué puede extraer un oyente español de referencias como las de "el chico cuartetero", el "ricotero", las "chapas", los "chumbos", un sucesor "fetén" de Brian Wilson, la realidad "dabuti", el sol "que ilumina el histórico convento" y el "colectivo 60" y los nombres de Miguel Ángel Santoro, el Chivo Pavone y "el gran Patoruzú". En ese sentido, la transcripción en el libro de la letra de "Bachicha", el primer sencillo de la caja, requiere sintomáticamente de siete notas al pie que no agotan su sentido, que permanece esquivo: "los calcetines de la media / no perdonan ni siquiera / el más mínimo derrape en la carretera".

La figura del salmón, el pez que nada contra la corriente, es tal vez la más adecuada para describir la trayectoria de Calamaro, y no es casual que se haya convertido en su apodo. Es bueno que haya alguien así dando vueltas, y es maravilloso que estén allí todas esas canciones, que ya son (al menos por las condiciones particulares de su composición) el hecho maldito de ese país burgués que es Argentina. Quizás tras la publicación de Andrés (con sus excelentes fotografías, su diseño minimalista, soviético y hermoso y los textos del propio Calamaro, Rodrigo Fresán y otros) ya nadie necesite preguntarse qué estuvo haciendo su autor entre 1997 y 2007, pero tal vez sí tenga que hacerse otras preguntas. ¿Qué hacían los compañeros de generación de Calamaro mientras él componía "Carnaval de Brasil" o "Bachicha"? ¿Y qué hacíamos nosotros? Leíamos, escribíamos, nos intoxicábamos con alcohol y con drogas legales, perdíamos soberanamente el tiempo y nos enredábamos en relaciones que sólo podían terminar mal; pero allí estaban estas canciones, las canciones de un país imaginario a caballo entre Madrid y Buenos Aires, como las vidas de algunos de nosotros, que explicaban y alegraban nuestra existencia allí y entonces, y seguirán haciéndolo.


Publicado en Letras Libres 94. Madrid, junio de 2009.