agosto 16, 2009

"Antología bilingüe" de William Carlos Williams: Al oído de la América profunda

Algunos poetas tienen vidas aventureras, vidas que inducen al asombro y a la admiración ante la sucesión de paisajes, amantes y encuentros con personajes célebres; vidas que parecen haber sido vividas para ser plasmadas más tarde en una biografía. Algunos poetas tienen ese tipo de vidas, pero William Carlos Williams no. El poeta norteamericano (1883-1963) nació, vivió toda su vida y murió en Rutherford, Nueva Jersey, habitó siempre la misma casa, estuvo casado con la misma mujer durante cincuenta años, lo que presupone un matrimonio feliz o una insensata vocación para el aburrimiento, y fue un obstetra respetado en su comunidad que asistió al parto de más de dos mil niños. La fama le llegó tarde y mal porque Williams pareció no notar que le había llegado y, en cualquier caso, no la tuvo muy en cuenta. Murió en 1963 a la sombra de los dos grandes poetas norteamericanos de su tiempo, T. S. Eliot y Ezra Pound.

GATOS Y PERROS

William Carlos Williams visitó la escuela pública de Rutherford hasta 1896, luego fue enviado a estudiar en colegios suizos y franceses por dos años y más tarde a Nueva York. En 1902 ingresó a la escuela de medicina de la Universidad de Pennsylvania. Ese período y el comprendido entre 1906 y 1910 ―en el que estudió pediatría en la universidad alemana de Leipzig y frecuentó a Man Ray, Francis Picabia y Marcel Duchamp― fueron prácticamente los únicos en los que se ausentó de su localidad natal, pero apenas se vieron reflejados en su obra poética, rescatada ahora para el lector hispanohablante en una Antología bilingüe introducida, seleccionada y traducida por Juan Miguel López Merino. Más importante para esa obra poética sería la amistad que Williams estableció en Pennsylvania con el pintor Charles Demuth, con Hilda Doolittle y, especialmente, con Ezra Pound.

A diferencia de Pound, y más tarde de T. S. Eliot, Williams nunca se sintió fascinado por la cultura europea; un desinterés al que pudo haber contribuido el hecho de que, a diferencia de Pound y de Eliot, Williams nunca se sintió avergonzado de su origen norteamericano. Mientras que Pound, que había nacido en un pueblo minero de Idaho, y Eliot, quien había pasado su infancia en Missouri, se esforzaron por compensar sus orígenes provincianos adquiriendo una cultura exquisita y enorme y principalmente europea, Williams no creyó esto necesario y, por contra, se hizo profundamente norteamericano en su literatura, lo que acabaría granjeándole la admiración de poetas como Allen Ginsberg, Robert Lowell, Gary Snyder, Kenneth Rexroth, Raymond Carver y Charles Bukowski. En palabras de Octavio Paz: "al americanismo de [César] Vallejo frente al cosmopolitismo de [Vicente] Huidobro corresponde la actitud de William Carlos Williams ante el europeísmo de Eliot".

Esta "actitud" de Williams le permitió vivir y escribir a la sombra de los maestros incontrastables de la poesía estadounidense de su tiempo pero, a la vez, estableció unos límites que definieron un territorio preciso y acotado para su poesía. Ésta se centró en los motivos de la vida cotidiana de los estadounidenses comunes, contada por ellos mismos en un "[inglés] norteamericano simple que gatos y perros pueden leer" ―en palabras de Marianne Moore― y con una prosodia que Williams intentó reproducir utilizando un verso blanco de pie variable.

ROJO

La poesía de Williams se caracteriza por su concentración, su brevedad y su deliberada y aparente simpleza. También por su visualidad: en sus poemas, Williams casi nunca interviene, excepto como observador. En ellos, la descripción de personajes, paisajes o situaciones ―que es preponderante― está atravesada por el acto perceptivo, que es el único que se permite el poeta. Williams utiliza carteles, anuncios y cartas como el modelo formal para sus poemas, que son además pioneros en dar cuenta de la forma subrepticia pero constante en que las nuevas tecnologías de comunicación introducían modificaciones en el habla cotidiana de los estadounidenses de su época. Desde Walt Whitman que ningún poeta norteamericano hablaba a sus contemporáneos en su idioma y desde Whitman también que no se veía un poeta estadounidense tan centrado en sí mismo y en su entorno y tan poco interesado por lo que sucedía a su alrededor. En ese sentido, no sorprende que dos guerras mundiales más la de Corea y la de Vietnam hayan pasado por la vida de Williams sin haber cambiado su forma de hacer poesía, sin merecer una sola mención entre sus páginas y sin afectar su concepción vitalista y afirmativa del mundo, al que Williams pareció vivir de espaldas.

Sin embargo el poeta se definía a sí mismo como un socialista, y en algunos poemas suyos como "The Yachts" (1935) o en la introducción al volumen The Wedge (1944) anunció incluso la llegada del socialismo como un paso inevitable y necesario en la evolución de la especie humana. En 1949, en el pico del McCarthyismo, la publicación de The Pink Church le granjeó acusaciones de comunista que le impidieron acceder a un puesto en la Library of Congress tres años después y le provocaron una fuerte depresión. Un año antes de ser acusado de rojo, Williams había padecido un ataque cardíaco al que siguieron otros en los años siguientes. Uno de ellos lo dejó parcialmente paralizado, pero el poeta recuperó poco a poco el habla, aprendió a escribir a máquina con la única mano que aún podía utilizar y siguió escribiendo hasta su muerte, en 1963. Su vida, que tan poco tuvo en común con la de los grandes poetas aventureros, acabó como suele acabar la mayor de las vidas de poetas: con el reconocimiento póstumo de su obra. En mayo de 1963 fue galardonado con el premio Pulitzer por su último poemario, Pictures from Brueghel and Other Poems (1962), y se le otorgó la medalla de oro del National Institute of Arts and Letters.

SIN POSES

William Carlos Williams fue un poeta con un interés escaso o nulo por la trascendencia y por las poses. Y esto en dos sentidos: porque retrató a sus personajes sin que estos posaran, como si al escribir sobre ellos les tomara una fotografía sin su consentimiento, y porque él mismo prefirió vivir como esposo y padre ejemplar, médico reconocido en su comunidad y discreto poeta de provincias que susurraba al oído de la América profunda poemas escritos en su propio idioma. La publicación de esta Antología bilingüe (Alianza, 2009) que reúne al menos un poema de cada uno de sus libros ―con excepción de Paterson (1946, 1948, 1949, 1951 y 1958), la monumental obra en cinco volúmenes dedicada a esa localidad del Estado de Nueva Jersey― ofrece una excelente introducción a su obra que debería completarse con la selección de sus Cuentos traducidos por Mariano Antolín Rato (2008) y la tan demorada como necesaria traducción al español de su correspondencia, su teatro y sus excelentes ensayos sobre literatura.


POEMAS DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS


Pastoral

Cuando era más joven
tenía bastante claro
que debía hacer algo con mi vida.
Ahora que soy más viejo
camino por los callejones
contemplando las casas
de los más pobres: tejados
desnivelados, flancos que los patios
han convertido en un caos
de rejilla de corral, ceniza
y muebles desvencijados;
vallas y porches construidos
con tablas de barril y con pedazos
de cajón, todo ello,
con un poco de suerte,
embadurnado de un verde azulado
que cuando está bien curtido
es el color que más
me gusta de todos.

Nadie
considerará esto
de suma importancia para el país.


Espíritu del 76

Querida Srta. Monroe: Siempre y cuando me permita usted usar minúsculas al comienzo de mis versos, le presento el siguiente excelente poema americano para su posible publicación, previo pago, en su revista:

Espíritu del 76

Su padre
construyó un puente
sobre
el río Chicago,
ella en cambio
construyó un puente
sobre la luna.

Como reconocerá usted sin titubeos, se trata de un poema excelente y muy americano. Sinceramente, espero que no haya ninguna regla prosódica prehistórica que imposibilite su publicación. Suyo,

W.C. Williams


Destrucción absoluta

Fue un día gélido.
Enterramos a la gata,
después cogimos su caja
y le prendimos fuego

en el jardín.
Las pulgas que se libraron
de la tierra y del fuego
murieron de frío.


Llegada

Y, sin embargo, de algún modo uno llega
y se descubre a sí mismo
desabrochándole el vestido
en un dormitorio ajeno...
Siente cómo el otoño
deja caer sus hojas de seda y lino
por sus tobillos.
¡El cuerpo presumido y venoso emerge
enroscado sobre sí mismo
como un viento invernal...!


El pensador

Las nuevas pantuflas rosas de mi mujer
tienen unos alegres pompones.
Ni una sola mancha, ni una mota
en su puntera de raso o en los laterales.
Por la noche descansan juntas
bajo su lado de la cama.
Por la mañana, entre tiritones,
las entreveo y me sonrío.
Más tarde las miro
bajar por la escalera,
pasar apresuradas por las puertas
y trajinar en torno a la mesa,
moviéndose con decisión
¡y con un bamboleo
de sus alegres pompones!
Y colmado de felicidad hablo con ellas
en mis adentros.


Los vientos

que soplan de confín a confín
y reúnen sus filos limpios...
Los vientos de este marzo septentrional
remueven la corteza de los árboles,
la tierra del sembrado,
las melenas de las chicas,
las camisas en las espaldas
de los hombres, los tejados
de las casas, la cruz
de la iglesia, las nubes del cielo,
el pelo en los rostros
de las bestias, las pústulas
de los ojos costrosos, las escamas
de la mente y a los maridos de sus esposas.


La dulce contrarréplica

Es en días así cuando querría
dejar mi trabajo y unirme
a los viejos que en una ocasión vi
en el muelle de Villefranche
pescando caracoles de mar
con un palo en forma de “y”
en el bajío...

“Yo sé
de otra cosa que podrías atrapar
igual de fácil –me dijo ella–
esta primavera, si es que
quieres. Pero lo más probable
es que no quieras, ¿verdad?”


Perpetuum mobile

A todas las chicas
de todas las edades
que van y vienen por las calles

de esta ciudad
calladas o de cháchara
y posan

los pies en el suelo
primero uno luego el otro
uno dos

uno dos a veces
se paran a mirar
algún escaparate y de nuevo

forman la fila que va
de aquí a la China
por todas

partes de acá
para allá
de allá para acá


Las peonías robadas

Lo que me daban las mujeres
era difícil decirlo
Flossie

tú no
tú viviste conmigo
muchos años recuerda

el año en que tuvimos
aquel magnífico tiesto
de peonías

qué contentos estábamos
los dos con ellas
pero una noche

nos las robaron
compartimos la pérdida
ninguno pudo pensar

en nada más
durante todo un día
nada podría

habernos unido tanto
llevábamos
casados diez años


(Traducción de Juan Miguel López Merino)


Publicado en El Cultural de El País de Montevideo. Julio 31 de 2009.

Entrevista en esMADRID.com sobre "La joven guardia" y "El comienzo de la primavera"

La entrevista, aquí. Madrid, marzo 31 de 2009.

Patricio Lennard sobre "El comienzo de la primavera"

La reseña, aquí.


Publicada en Radar Libros, suplemento de Página 12. Buenos Aires, agosto 9 de 2009.