diciembre 20, 2009

Presentación de "El caníbal", de Juan Terranova

Constantino Bértolo (director de Caballo de Troya), Ignacio Lastra y David Vicente (editores de Ediciones Baladí) y Patricio Pron.

21 de enero de 2010
Casa de América
Plaza de la Cibeles, 2 (Madrid)
La información, aquí.

diciembre 18, 2009

Obra política de Hermann Hesse: La Humanidad como patria (Archivo VII)

Ciertas obras acaban apareciendo como explicaciones concluyentes de su época. La de Hermann Hesse —Calw, Alemania, 1877-Montagnola, Suiza, 1962— es, a la vez que un testimonio personal acerca de la permanencia de los valores frente a todas las formas de violencia, un documento de la historia europea entre los años 1912 y 1962.

Hesse se vio obligado a intervenir cada vez más activamente en la vida política de su país a partir de ese primer año, cuando abandonó Alemania para radicarse junto a su familia en Suiza. Su intervención se dio a través de análisis y tomas de posición expresados en cartas, declaraciones y artículos para la prensa diaria de Alemania, Suiza y Austria que permiten seguir la evolución de su pensamiento en relación con los hechos de su época. Su primer artículo, publicado el 3 de noviembre de 1914, vino a inaugurar una extensa y prolífica actividad en los medios gráficos y a clausurar un período de profunda angustia que se inició con las primeras señales de guerra, en agosto del mismo año. Ante ellas, Hesse manifestó una contradicción entre su rechazo a la guerra y su convencimiento interior de que ésta acarrearía un resurgimiento moral del pueblo alemán, pero, progresivamente, el escritor se desilusionó acerca de la capacidad política de los alemanes, en razón sobre todo de una serie de hechos de intolerancia y nacionalismo que trató en su primer artículo y en los siguientes. Desde entonces, y hasta el fin de la guerra, Hesse se manifestó públicamente contra los nacionalismos fanatizados y la servidumbre de la prensa, la Iglesia y la cultura alemanas a la causa de la guerra.

Otro punto destacado de sus escritos políticos de la época fue su enfrentamiento con los pacifistas, a los que Hesse criticó por su incapacidad para concretar su doctrina en obras. "Yo los acuso", escribió en un artículo de noviembre de 1915, "de hablar cuando hay tanto que hacer, de asistir a reuniones y conferencias en lugar de echar una mano aquí y allá, en lugar de recoger o empaquetar dádivas hechas con amor, en lugar de poner vuestras salas a disposición de los enfermos, vuestro dinero a disposición de los pobres, vuestro idealismo al servicio de quienes padecen". El mismo Hesse trabajó durante la guerra en la organización de una "central librera para prisioneros de guerra alemanes", creada en colaboración con Richard Woltereck y la Embajada de Alemania en Suiza. A través de la Central, Hesse publicó un total de veintidós títulos de autores alemanes con una tirada media de mil ejemplares que fueron distribuidos entre los prisioneros de guerra de 1914 a 1919.

Sus artículos, marcadamente antibelicistas y cada vez más virulentos, provocaron pronto la incomodidad de las autoridades alemanas, que amenazaron con suspender el permiso dado al escritor para dirigir la Central librera. Hesse tuvo que ceder ante las amenazas y dejó de escribir artículos para la prensa a fines de 1917. Sin embargo, Hesse continuó con su trabajo tras la prohibición bajo el seudónimo de Emil Sinclair. Oculto tras esa identidad falsa, Hesse publicó dos obras, Demián y el folleto "El retorno de Zaratustra", ambas de 1919.

CAMBIAR LA HISTORIA
El fin de la guerra, a finales de 1918, representó un momento de ruptura en el pensamiento político de Hermann Hesse: el Estado prusiano se había reducido al absurdo, nueve millones de personas habían muerto, y las que quedaban tenían —para el escritor— la oportunidad de cambiar la Historia europea. Para esos sobrevivientes escribió Demián, novela en la que se afirmaba que el anunciado "hundimiento de Europa" tras la guerra podía no ser un fin de los tiempos sino la invalorable oportunidad para un nuevo comienzo.

En este sentido, Hesse escribió a lo largo de dos noches de enero de 1919, sin interrupción y "como si alguien se lo dictara", su folleto "El retorno de Zaratustra".

Publicado en forma anónima —porque Hesse "no quería despertar la desconfianza de la juventud con un nombre conocido"—, "El retorno de Zaratustra" es el libro más claramente político de Hesse y, a la vez, aquel que alberga mayores esperanzas en relación con el futuro de Europa. En el libro, Hesse se valió de una de las voces más respetadas por el alemán culto de su época, la de Friedrich Nietzche, para alertar a la desorientada juventud alemana acerca del peligro encarnado en los políticos de bajo vuelo y en los oradores de barricada. "No podemos", postuló Hesse, "comenzar por detrás en cuanto a las formas de gobierno y los métodos políticos, sino por delante, con la cimentación de la personalidad, si queremos volver a poseer espíritus y hombres que nos garanticen el futuro".

A partir de 1919, Hesse se recluyó en un silencio esperanzado del que sólo salió esporádicamente durante la década siguiente para alertar a través de cartas y artículos para la prensa sobre los errores políticos del pueblo alemán y para reivindicar su lugar como escritor independiente y no atado a ningún partido, en momentos en que tanto la Izquierda como la Derecha europeas le reclamaban un compromiso explícito con su causa.

BAJO EL VOLCÁN
El ascenso del Nacionalsocialismo en Alemania significó para Hesse una dura derrota en el plano de las ideas, a la vez que un nuevo frente de conflicto. Ya en 1930, había creído necesario "decir algo sobre una de las más feas e insensatas formas del joven nacionalismo germano, sobre la estúpida y patológica eliminación de los judíos por parte de las hordas de la cruz gamada y de sus numerosos seguidores en su mayoría estudiantes". En 1933, año del nombramiento de Adolf Hitler como canciller del Reich, Hesse endureció su posición, y ya preveía que "lo más probable es que Hitler vuelva a conducir a su pueblo a una guerra, entre trompeteos, y que lo castigue con ello hasta el desangramiento".

Para dar expresión a "la resistencia del espíritu frente a las fuerzas bárbaras", Hesse concibió en ese período dos de sus mejores obras, El lobo estepario y El juego de abalorios, iniciada en 1931. Ambos libros plantean un rechazo y una crítica básicos a todos los sistemas autoritarios, sea cual fuere su signo.

Su rechazo al régimen nazi y su asistencia a los emigrantes iniciada en 1933 con escritos de recomendación, visados e incluso préstamos personales a los refugiados, puso a las autoridades, a la prensa y a la opinión pública en su contra. La inminente prohibición sobre la obra de Hesse, sin embargo, se pospuso de 1933 a 1942 debido a los hábiles manejos de su editor, Peter Surkhamp, quien consiguió la reimpresión de sus libros menos políticos durante ese período.

PREMIO NOBEL Y DESPUÉS
Al terminar la guerra, Hermann Hesse figuraba como uno de los hombres más íntegros de Alemania. La obtención del Premio Nobel de Literatura otorgado por la Academia sueca en 1946 muestra el respeto que su nombre generaba en el mundo y en su propio país. Ese mismo respeto fue el que le permitió alertar en julio de 1958, a cuatro años de su muerte, sobre un peligro reiterado en la Alemania de posguerra, el del neonazismo: "quien hoy en día, en Alemania", escribió, "repita aún o vuelva a repetir frases hitlerianas u ofensivas para los judíos y cierre los ojos ante el transcurso trágicamente natural de la Historia alemana entre 1933 y 1945, es un enemigo de su patria". Para Hesse, esa patria era la Humanidad.

Su reivindicación del rol del intelectual como una "conciencia independiente" comprometida con defender los derechos del hombre más allá de las ideologías parciales y empobrecedoras, aún bajo el fuego cruzado de Derechas y de Izquierdas, y su rechazo de todo espíritu gregario fueron una constante en su obra literaria y política a lo largo de medio siglo.


Publicado en El Cultural de El País de Montevideo. Ca. febrero de 2004.

La ciudad y el campo: Jorge Carrión sobre "La erótica del relato"

La reseña de la antología (y de Siete maneras de matar a un gato, de Matías Néspolo), aquí.


Publicada en ABCD las Artes y las Letras. Madrid, diciembre de 2009.

diciembre 01, 2009

Un libro sobre niños salvajes: Los hermanos de Kaspar Hauser (Archivo VI)


En sus Notas sobre Noruega (1895) Hugues LeRoux narra la historia de unos cazadores que hacia 1350 capturaron en Jostedalen a una niña que sólo podía decir la poco razonable frase: "madre, pequeña perdiz blanca". Un tiempo después, tras aprender el idioma, pudo dar cuenta de su historia: sus padres habían muerto debido a la Peste Negra pero su madre se las había arreglado para guarecerla en una cama de plumas y proveerla de alimentos; cuando estos se terminaron, se refugió en el bosque, donde sobrevivió apartada de los hombres y perdió la capacidad de hablar hasta su captura. Después de ella su readaptación fue simple y acabó casándose. Según LeRoux, algunas familias de la región se tenían todavía a fines del siglo XIX por sus descendientes y mostraban como comprobante de esa filiación una piel cuyos anchos poros recordaban los de un ave.

No fue extraño leer historias de este tipo hasta bien entrado el siglo XVIII, puesto que satisfacían a un público lector interesado por las anomalías. Entre las más impresionantes de ese período se cuentan las historias de tres niños supuestamente criados por lobos en Hessen a partir de 1341, uno por vacas hacia el final del siglo XVI y uno por corderos en Irlanda, hallado en 1672. En 1644 el filósofo inglés Kenelm Digby otorgó por primera vez un nuevo papel al niño salvaje al dar cuenta del caso de un joven de la región de Lüttich llamado Hans que durante la Guerra de los Treinta Años habría huido al bosque donde se habría rápidamente asilvestrado; al regresar a la civilización poseía un agudo sentido del olfato, lo que le permitió a Digby reflexionar acerca de las diferencias en el desarrollo de los sentidos en el ámbito artificial y en el natural.

A partir de Digby, y con la irrupción de la Ilustración en el ámbito intelectual europeo, el niño salvaje dejó de ser una anomalía para constituirse en un objeto de estudio que permitía conjeturar el estadio del hombre antes de que la civilización surgiese. Georges-Louis Buffon y Jean-Jacques Rousseau vieron en estos casos rastros de una nobleza propia del salvajismo, pero su consagración llegó con la edición de 1758 del influyente Systema Naturae en el que el sueco Karl Linné incluyó en su clasificación sistemática de todas las criaturas del mundo al "homo ferus" (al que definió como "cuadrúpedo", "mudo" e "hirsuto") a la manera de subespecie del homo sapiens.

Más de doscientos cincuenta años después, un abarcador trabajo de PJ Blumenthal aparecido este año en Alemania recrea la historia de los niños salvajes, de su conversión en un, a menudo, doliente objeto de estudio y de su presencia en nuestros días. Los hermanos de Kaspar Hauser. A la búsqueda del hombre salvaje recoge más de cien casos de niños salvajes o brutalizados por el encierro, lo que lo convierte en el compendio más abarcador en su tipo jamás realizado. Gacelas, tigres, lobos, osos, leopardos, lobos, chimpancés, ovejas, cerdos, monos babuinos e incluso avestruces se cuentan entre los animales que desfilan por sus páginas.

Uno de los grandes méritos del libro es, además de su abarcadora documentación, una a menudo fina sensibilidad para aproximarse a sus personajes, seres mudos que asisten perplejos a una doble violencia: la que los arrancó de entre los hombres para arrojarlos al salvajismo y la que los trajo de regreso a una civilización que nunca parecieron comprender.

MOWGLI Y COMPAÑÍA
En cada uno de los casos de asilvestramiento subyace, según Blumenthal, la pregunta acerca de la separación entre hombre y animal, de la que da cuenta el informe de una expedición púnica que en el siglo V AC habría alcanzado el territorio de la actual Sierra Leona donde avistó a unos naturales a los que un nativo llamó "gorillai"; al intentar capturarlos éstos opusieron una resistencia tan dura que los expedicionarios debieron darles muerte, llevando su piel como testimonio a Cartago, donde pudo ser observada en el templo de Moloch hasta la destrucción de la ciudad.

Esta separación interesó naturalmente a los teóricos de la evolución, que durante décadas discutieron acerca del "homo ferus". Sin embargo, más allá de la aparición en Kronstadt de un niño salvaje en 1781 y de otro en la húngara Zips en 1793, se trataba de los mismos casos conocidos desde hacía siglos. Fue gracias a la aparición de un niño salvaje en el departamento francés de Aveyron en 1799 y la de Kaspar Hauser en Nuremberg en 1828 que el interés por los niños salvajes se renovó. En ciertos aspectos, la rareza de ambos casos justificaba dicho interés. En el caso de Victor de Aveyron, debido a los sorprendentes progresos realizados pese a que médicos tan prestigiosos como Phillipe Pinel lo habían dado por un caso perdido. En el de Kaspar Hauser, a causa de su curiosa aparición (en una calle de Nuremberg con una misteriosa nota en la mano) y al persistente rumor, acerca del que todavía se discute, de que se trataba del heredero de la casa real de Baden.

Un folleto publicado en Londres en 1852 bajo el título de Un informe sobre lobos que criaron niños en sus madrigueras reforzó el interés por el tema, pero no fue sino hasta la aparición de un antiguo funcionario colonial británico llamado Grey Ross que relataba el supuesto secuestro de niños por parte de lobos en las cercanías de la india Sultanpur alrededor de 1860 lo que desencadenó una nueva ola de testimonios consistente en su mayoría en memorias de funcionarios coloniales retirados. El Libro de la selva de Rudyard Kipling es producto de ese tiempo, y su personaje Mowgli, él mismo un niño salvaje, ha pasado a la historia de la literatura como el ejemplo más acabado de la inocencia salvaje.

NATURALEZA Y CULTURA
Pese a lo que en primera instancia pudiera afirmarse, la desaparición de las zonas no urbanizadas no ha hecho que la aparición de niños salvajes resulte menos habitual de lo que era en el pasado. Blumenthal menciona catorce casos sucedidos entre 1976 y 2002; entre ellos, los de un niño criado por perros en Chile, dos niños salvajes rusos y cinco niños criados por monos en África. El de un niño crecido entre chimpancés en Nigeria y el de otro en Transilvania son los casos más recientes.

Según la psicóloga italiana Anna Ludovico (cuyo La mona vestida. Los niños salvajes: 47 casos era hasta la aparición del libro de Blumenthal uno de los más completos estudios sobre el tema), lo que diferencia al hombre del animal "no es la biología sino la cultura", por lo que los hombres salvajes serían "una suerte de puente entre humano e inhumano, una ultima ratio entre 'naturaleza' y 'cultura'".

En busca de comprobar si era la cultura y no la biología lo que diferenciaba al hombre del animal, el psicólogo Winthrop Niles Kellog decidió educar a un joven chimpancé llamado Gua, que le había sido "prestado" por la universidad de Yale, conjuntamente con Donald, su hijo de diez meses de edad. En casi todos los campos fue Gua quien aprendió más rápidamente, llegando incluso a enseñarle al otro a trepar y a expresar hambre mediante una especie de ladrido. El niño se habituó a lamer los restos de comida del piso, comenzó a rechazar el calzado; con diecinueve meses, sólo sabía seis palabras, cuando lo habitual para esa edad son cincuenta, aunque poseía un amplio repertorio de gruñidos, gritos y ladridos que había aprendido del chimpancé, lo que decidió a Kellog a cancelar el proyecto. Más tarde, el joven Donald Kellog aprendió a hablar e incluso se graduó de médico en la Harvard Medical School, aunque se desconoce si el chimpancé no hubiese obtenido mejores notas. Gua, por su parte, nunca escribió acerca de la experiencia.

Muy pocos de los niños salvajes de los que Blumenthal da cuenta pudieron contar su historia por sí mismos. Una niña bengalí que había sido criada por lobos en 1920 no pasó después de años de aprendizaje de un par de docenas de palabras, como la mayor parte de sus compañeros de infortunio. El caso mencionado al comienzo de este artículo constituye la única excepción a esta curiosa regla. Si algo posee de meritorio el intento de Blumenthal es, precisamente, el brindarle voz a quienes nunca la tuvieron. Su libro es una historia paralela de la Humanidad que denuncia tácitamente que la evolución y el desarrollo cultural son apenas ficciones cómodas, puesto que su mensaje parece radicar en que las ramas de las que alguna vez nuestros antepasados descendieron para echar a rodar esto que llamamos la especie humana se encuentran más cerca de lo que suponemos, al alcance de la mano.

Kaspar Hausers Geschwister. Auf der Suche nach dem wilden Menschen de PJ Blumenthal. Wien/Frankfurt am Main: Deuticke 2003.


Publicado en El Cultural de El País de Montevideo, ca. 2003.