noviembre 08, 2010

Algo así como 267 minutos en la compañía de una mujer incómoda

55 MINUTOS. Herta Müller avanza unos pasos y se detiene al ver a los periodistas; durante un instante parece estar a punto de darse la vuelta y comenzar a correr en dirección a la salida. Uno puede imaginarla incluso corriendo a refugiarse en su hotel o dirigiéndose directamente al aeropuerto y montándose allí en el próximo avión a Berlín, la ciudad donde (dirá más tarde, con una mueca de cansancio) le resulta cada vez más difícil pasar desapercibida. Su vacilación, sin embargo, dura un instante, y, a continuación, la última destinataria del Premio Nobel de Literatura atraviesa la sala para sentarse en una silla dispuesta en el jardín y ser fotografiada. Müller parece visiblemente incómoda: está vestida completamente de negro, con unos pantalones estrechos y una camiseta y unas chanclas que tienen una suela de tres o cuatro centímetros de altura. Mientras posa parece aún bastante alta, pero, cuando se levanta de la silla y vuelve a entrar en la sala, tú puedes observar cuán pequeña y delgada es, una impresión que parece todavía más patente por su costumbre de rodearse el cuerpo con los brazos mientras está de pie. La escritora conversa en voz baja con Michi Strausfeld, su introductora entre los lectores hispanohablantes y su primera editora en esta lengua. En cierta forma, la incomodidad de la escritora alemana resulta contagiosa; incluso aunque ella sepa y todos sepáis que está allí para ser escuchada pero, principalmente, para ser observada, es descorazonador hacerlo, como si al observarla se la despojase de algo que le resulta valioso e íntimo, y tú apartas la vista. A tu alrededor hay una veintena de periodistas de diferentes medios, incluyendo la prensa de carácter general y la televisión. Algunos conversan entre sí y uno puede imaginar que repasan los acontecimientos del día: los preparativos de una huelga de los trabajadores del metro de Madrid, una crisis que sólo parece afectar al ámbito de la producción pero no al del consumo, como si ambos fuesen autónomos, y las malas noticias provenientes del sector editorial que anuncian periódicamente apocalipsis parciales y breves que pocas veces se concretan. Algunos periodistas revisan el dossier de prensa que se les ha entregado en la entrada y otros hojean las primeras páginas de su última novela, que la editorial madrileña Siruela ha publicado unas semanas antes en una excelente traducción de Rosa Pilar Blanco con el título de Todo lo que tengo lo llevo conmigo. En ambos casos la mezcla de preocupación y desconcierto es evidente para el observador y no se disipa ni siquiera con las palabras de bienvenida de Margareta Hausschild, directora del Instituto Goethe de Madrid, donde tiene lugar la rueda de prensa en el mediodía caluroso del veintiocho de junio. A continuación hablan Michi Strausfeld, que anuncia que hay cuatro nuevos títulos de la autora programados, Joan Carles Girbés, el editor de la valenciana Bromera que ha publicado la última obra de la autora en traducción de Joan Fontcuberta i Gel, y después Mercedes Monmany, una de las críticas españolas más atentas a la literatura germanoparlante. Monmany describe la obra de Müller y tú piensas en lo accesorio de glosar la biografía y la obra de un Premio Nobel, pero esa opinión tuya dura lo que tardan en llegar las preguntas, que en ocasiones se cogen tan sólo de lo que Monmany ha dicho en su presentación de la escritora.

Esto es lo que se pregunta: alguien se refiere al peso de la memoria en la obra de la autora; y otra persona le pregunta por la supuesta potencia terapéutica de la literatura; otra, sobre si le produce vergüenza haber sido comprada por los alemanes (Müller sólo pudo salir de Rumania después de que el Estado de la Alemania Occidental pagase una especie de rescate por ella); sobre la identidad (¿?); sobre su valoración de la ola de orgullo nacional desatada en su país de origen tras la concesión del Nobel; sobre su opinión acerca de las pérdidas que afectan a sus obras al ser traducidas (esta es tu pregunta, que rescatas de entre las decenas que tienes para hacerle); sobre la homosexualidad en Rumania (¿?); sobre la forma en que cambia la vida de un autor tras ganar el Nobel; sobre cómo trabaja; sobre el supuesto hecho de que poseemos demasiadas cosas, una reflexión surgida del título en español de Todo lo que tengo lo llevo conmigo, cuyo tema es en realidad la precariedad de la existencia de su protagonista en el campo de trabajo; sobre Oskar Pastior (otra pregunta tuya), el poeta rumano de lengua alemana cuyos recuerdos del campo de trabajo soviético Müller utilizó como material narrativo para su última obra.

Las respuestas de la escritora alemana son estas: “Naturalmente la memoria es una condición necesaria para la escritura, pero la vida no puede ser corregida mediante ella. La memoria es apenas una materia prima, que el lenguaje tiene que recomponer de acuerdo a sus propias leyes. A través del lenguaje cambia todo”. “No estoy de acuerdo con ese concepto de la literatura como terapia. Además, yo no necesito ninguna terapia porque no estoy enferma: era el sistema el que estaba enfermo, una dictadura siempre está enferma”. “No me avergüenza que Alemania me haya comprado. Me avergüenza que Rumania me haya vendido”. “En realidad, en Rumania no todo era entusiasmo. Algunos se alegraron y otros sintieron decepción, ya que no me consideraban realmente rumana. Sería absurdo que una obra de estas características sólo despertase entusiasmo, no puede ser, pero tampoco es cierto que yo odie Rumania; se trata de que yo entiendo el patriotismo como una obligación de decir también aquello que no está bien, y en Rumania todavía hay muchas cosas que no lo están”. “Bueno, se producen pérdidas pero cuando un texto es traducido también se le suman las posibilidades del lenguaje en el que es traducido y, en ese sentido, las cosas quedan compensadas. Por lo general no hablo los idiomas a los que son traducidas mis obras, pero me fijo en uno o dos pasajes y muchas veces el resultado me gusta más que el original”. “Creo que la vida de un autor no cambia nada. Todo lo que cambia viene de fuera y es exterior a él. Yo misma, creo, lo estoy encajando con normalidad, y debo decir que a toda esta magia alrededor del Nobel no la entiendo, es muy rara”. “No creo que se pueda decir cómo uno trabaja. Además la pregunta por el método de trabajo siempre es banal. Lo que yo intento es que cada frase cumpla un papel, que no sobre nada y que haya sorpresas poéticas durante la escritura, y también acepto el azar”. “Originalmente el tema que yo quería tratar era el de la deportación de mi madre, que pasó cinco años en un campo de trabajos forzados, pero ella no quería hablar del tema. En el pueblo donde yo nací casi todos los habitantes habían sido deportados pero nadie hablaba de ello. Así que cuando conocí a Oskar Pastior, que había atravesado las mismas circunstancias, y comenzó a hablarme de ellas sentí que todas las piezas encajaban; desde entonces ya sólo procuré hablar de los campos desde su experiencia. Trabajamos juntos durante tres años, visitamos el campo en la actual Ucrania y tomamos notas hasta que Pastior murió repentinamente. Trabajar juntos nos acercó, yo llegué a admirarle mucho como poeta y como persona y, cuando falleció, sentí que perdía a un amigo muy querido. De hecho, durante un año no pude tocar las notas que habíamos tomado juntos, pero finalmente sentí que ya podía escribir este libro y lo hice”.

En todas las ocasiones, Müller comienza a responder con construcción del tipo “yo pienso” o “creo”, e incluso “no tengo idea”, como si ella misma fuera una espectadora de su propia obra. A veces, muchas veces, dice no, y a continuación se desdice. Aunque ríe al comienzo de la ronda de preguntas por un desperfecto técnico, inmediatamente baja la cabeza y responde las preguntas que se le hacen mirando hacia abajo, como un niño al que uno hubiera sorprendido en una falta. Un par de teléfonos móviles suenan mientras la escritora habla; el periodista que leía las primeras páginas del libro hace dos preguntas relacionadas con ellas. Una de esas preguntas es claramente retórica, y Müller tiene que hacer un malabar para responderla, tras encogerse varias veces de hombros. Algunos periodistas comienzan a marcharse mientras la escritora continúa hablando y un camarógrafo comienza a desmontar. Quizás haya habido algo de expectación por su presencia, pero esa expectación parece haberse acabado mientras la mujer pequeña vestida de negro hablaba con incomodidad. Mucho antes de que Mercedes Monmany anuncie las próximas actividades y se despida, todos parecen estar mentalmente muy lejos de allí.

22 MINUTOS. Herta Müller se escurre fuera de la sala apenas acaba formalmente la rueda de prensa para fumar un cigarrillo. Mientras conversas con Michi Strausfeld y saludas a Mercedes Monmany (quien compara la obtención del Nobel con la muerte de un escritor y añade con acierto que Herta Müller todavía parece estar viva), observas a la escritora alemana pasear por el patio mientras fuma. Te presentan a la señora Hausschild y también a Ofelia Grande, la editora de Siruela que te recuerda que te ha conocido en Barcelona unos meses antes. Un momento después está junto a ti Herta Müller. Os presentan brevemente y Müller dice: “Me han gustado sus preguntas. Además, me he dado cuenta de que usted habla alemán. Me doy cuenta siempre al ver los rostros de las personas”. Tú sonríes; de cerca, Müller es más baja de lo que parece a la distancia, y también más frágil. Notas que tiene algunos cabellos blancos, que sostiene con los otros con unas gafas de sol pequeñas que utiliza a modo de diadema; su rostro es blanco como el de una actriz japonesa, y en él destacan unos ojos azules que te miran directamente cuando le hablas y comienzan a rebotar entre las paredes de la sala cuando te responde. Le preguntas por la incomodidad en Rumania tras la obtención del Nobel, y Müller te cuenta que un periódico nacionalista afirmó que el premio debería haber sido dado a la Securitate, la policía secreta del régimen de Nicolae Ceacescu, ya que fue la persecución a la que ésta sometió a la escritora la que le permitió escribir su obra; otro, más cínico aún, entrevistó al técnico encargado de la instalación de los micrófonos en su antigua casa, que narró las alternativas de su trabajo con emoción y cierto orgullo, como lo hicieron también otros miembros de la fuerza a los que Müller llamará más tarde “una banda de criminales legitimada por el Estado”. Le cuentas que Oskar Pastior no ha sido traducido aún al español y Müller te dice que tan sólo tras la publicación de su última obra ha comenzado a ser traducido al rumano; la escritora habla del poeta con emoción y reconocimiento, y parece a punto de echarse a llorar. “Oskar se hubiera alegrado mucho si le hubieran dado el Nobel a él, mucho más de lo que me alegré yo, y se hubiera reído con esa risa infantil que tenía. Lo que más me duele es que él no haya sabido que yo he escrito este libro”, afirma. Al bajar la vista, observa que tienes los cordones desatados y tú tienes que hacerte repetir lo que ha dicho para comprender que en realidad se refiere a tu propio calzado y no al de otra persona. Müller te mira con unos ojos suplicantes que parecen velar por tu salud mucho más de lo que tú mismo lo haces y, antes de inclinarte para atártelos, le dices que resbalarse y caer sería una muerte muy estúpida para un escritor. Müller ríe y, cuando vuelves a ponerte de pie, ves que comienza a ser arrastrada hacia la salida. Un momento antes de abandonar la sala se da la vuelta y te extiende la mano y desaparece entre las cabezas de sus editores y amigos, y tú te quedas pensando en el anillo que acabas de ver en su mano derecha, apenas una sortija fina de algo que parece oro y está adornada por una pieza del mismo metal que corta su dedo índice en diagonal.

120 MINUTOS. Regresas al Instituto Goethe unas cinco o seis horas después pero apenas reconoces la sala donde ha tenido lugar la rueda de prensa porque ahora está repleta de personas, algunas de ellas vestidas con la elegancia prescriptiva para visitar la ópera. Algunas utilizan los cascos que les han provisto a la entrada pero otras parecen entender bien el alemán y más tarde demostrarán que efectivamente lo hacen. En algún momento te encuentras junto a la editora de Herta Müller en español, Ofelia Grande, y a los miembros de su equipo, Elena Palacios, Ana Laura Álvarez y Elena García Aranda: aunque no lo sabías previamente, no te sorprende, ahora que lo piensas, que el personal de la editorial sea casi excluyentemente femenino y que uno de sus miembros sea extranjera, aunque también te preguntas si tu opinión no es el resultado de ese tipo de prejuicios que tienes y con los que siempre asocias el trabajo bien hecho a las mujeres. Una vez más Herta Müller entra a la sala y de nuevo los espectadores la observan y luego miran a su alrededor, como si no acabasen de creerse que la mujer pequeña que sonríe con incomodidad es la última ganadora del Premio Nobel de Literatura. La señora Hausschild glosa brevemente la trayectoria editorial de la autora, que comenzó en la exquisita editorial Rotbuch Verlag, ya desaparecida, y tuvo estaciones en Rowohlt y en Hanser, y anuncia que a continuación tendrá lugar “una lectura típicamente alemana”. Antes de ello, Müller agradece la invitación de la señora Hausschild y admite que ya tan sólo acepta las propuestas de quienes la invitaban antes de obtener el Nobel; la escritora toma aire, mira hacia el techo y explica la génesis del libro del que va a leer a continuación. “En Rumania sólo la minoría alemana fue castigada después de la Segunda Guerra Mundial, y esto pese a que los rumanos estaban del lado de Hitler. Además, el castigo sólo se extendió a los civiles, ya que los miembros de las SS y los de otras organizaciones estaban aún en la guerra en el momento en que se produjeron las deportaciones”. Cuando acaba su introducción, Müller coge un ejemplar de su libro y se coloca unas gafas. Su ejemplar está lleno de marcas y de papeles utilizados a modo de marcador, como los de las personas que suelen usarlos como cartera. Entonces comienza a leer y lo hace con mucha seguridad, con una seguridad de la que carece al hablar. En total leerá unos cinco capítulos de su último libro, y su lectura se extenderá a lo largo de una hora y media, una lectura alemana en toda regla, y también una institución de la sociabilidad literaria que es desconocida y tal vez indeseada en el ámbito hispanohablante: tras la lectura del cuarto capítulo algunos asistentes comienzan a abandonar la sala. Quienes se quedan pueden hacer preguntas al final de la lectura: hay preguntas sobre la suerte corrida por la minoría germanoparlante de Rumania a la que la autora pertenece (“en el pueblo donde yo crecí sólo el policía y el médico eran rumanos; el resto éramos todos alemanes, pero a tres kilómetros había un poblado que era sólo de húngaros y más allá uno en el que sólo se hablaba serbocroata; la gente no se mezclaba y tampoco hizo nada por los alemanes cuando en la década de 1950 fueron acusados de colaboracionistas del nazismo, explotadores de la clase trabajadora y enemigos”), una pregunta sobre la literatura rumana (que la autora sortea mencionando sólo autores muertos como Emil Cioran y admitiendo finalmente: “no he respondido a su pregunta; sólo he fingido que lo hacía”), sobre la supuesta necesidad de dejar de lado los odios vinculados al pasado (a lo que la autora se niega, destacando que “las heridas también son vínculos” y que esos vínculos no pueden ser cortados), sobre sus comienzos como lectora (“en un momento de debilidad Ceacescu había autorizado la creación de un instituto Goethe en Bucarest y mis amigos y yo recorríamos una vez por semana los ochocientos kilómetros que nos separaban de la capital para traernos libros en una maleta o en una mochila: los leíamos, los discutíamos y a continuación alguien volvía a Bucarest para devolverlos y sacar otros, y leíamos casi exclusivamente ensayos sobre los regímenes dictatoriales: queríamos entender el sistema que nos oprimía”).

Al terminar el evento te presentan a Miguel Sáenz, el extraordinario traductor español que es uno de tus ídolos culturales y el responsable de que hayas leído lo que has leído y, secretamente, hayas decidido convertirte en un escritor, hace muchos años. Sáenz y su mujer parecen altos, extraordinariamente altos y jóvenes y felices y tú no sabes si es que son realmente así o es tu entusiasmo el que los engrandece ante tus ojos, pero tú te deshaces en elogios y en agradecimientos que hacen que Sáenz se encoja en su sitio a la espera de que acabes; cuando lo haces, el traductor y su mujer se despiden de ti y tú te quedas viéndolos marcharse, el prosista más importante de la lengua española de los últimos treinta años y su mujer. Afuera hay un cóctel y algunos bocadillos y más conversación, pero tú decides marcharte pronto. Al despedirte ves que Herta Müller, su agente, su marido y sus editores conversan suavemente mientras beben una copa sentados a una mesa bajo los árboles.

70 MINUTOS. Al día siguiente por la tarde estás conversando con Elena Palacios en la explanada de la Biblioteca Nacional cuando llegan Herta Müller y su editora. Müller parece más incómoda que el día anterior y comienza a fumar apenas se incorpora a vuestra ronda. Le preguntas si está disfrutando de su estancia en Madrid y la escritora te sonríe con una mueca torcida de sus labios rojos; entonces le preguntas si en realidad disfruta de este tipo de viajes y admite que no pero que esta vez al menos ha tenido algo de tiempo para caminar un poco por la ciudad. “Es muy difícil tener algo de privacidad”, admite, “pero esta vez nadie me ha reconocido, y eso ya es imposible en Berlín”. A continuación la autora te pregunta qué haces y cómo es que sabes alemán y tú le hablas de tu doctorado en Göttingen y de tus años en Alemania y de tus libros. Müller asiente y sonríe mientras sigue fumando. “Qué pena que no pueda leerle”, dice. Entonces llega el periodista y escritor español Juan Cruz Ruiz, que dialogará públicamente con ella en un momento, y ambos conversan en un inglés que en el caso de la escritora alemana no es particularmente bueno sobre Imre Kertész y Jorge Semprún, que son sus amigos comunes. Müller tiene palabras de reconocimiento y estima para ambos, y afirma que ha “aprendido mucho de Semprún, como escritor y como persona”. Cuando Cruz la invita a reunirse con él y con Semprún en París para una conversación, Müller se tensa pero responde: “Quizás el año próximo”. Ana Santos Aramburu, directora de acción cultural de la Biblioteca Nacional, saluda a la escritora y todos entráis a la sala, que está llena. Müller disimula su incomodidad con una sonrisa y luego conversa con Juan Cruz del modo íntimo que éste siempre prefiere. Cada vez que el periodista español lleva la conversación al ámbito de las intenciones y de las simbologías, Müller se opone sutil pero firmemente. ¿Es su obra una metáfora de la soledad? “No, no escribo metáforas ni parábolas. En el dialecto del pueblo en el que yo nací no había una palabra para soledad; yo conocía ese estado desde que me había visto obligada a pastorear las vacas de mi familia pero no sabía cómo nombrarlo”. ¿Aún tiene miedo? “No, pero vivo con las consecuencias del miedo”. “No escribo con gusto. Escribir me parece un trabajo miserable que alguna vez hay que dejar de lado; cuando lo hago, sólo me interesa acabar y cuando acabo me digo ‘no lo haré nunca más’, y sin embargo sigo escribiendo”. ¿Cómo define su estilo? “No lo sé, es simplemente lo que hago. No puedo hacer otra cosa”. ¿Le interesa más la poesía que la novela? “La poesía es portable, y una vez que uno la ha hecho suya ya no la olvida. La narrativa, en cambio, es para ser releída y en algunos casos, como el de Oskar Pastior en el campo de trabajo, eso no es posible. Además, la poesía es el sustituto de la plegaria para aquellos que no quieren o no pueden rezar”. ¿Es su obra una metáfora del mal? “No, no es ninguna metáfora. Lo que quiero decir es lo que pongo en mis novelas. No hay más. Muchas veces lo que escribo es sobreinterpretado y no siempre es una suerte que sea así”. Cuando Müller acaba de hablar, la sala es invadida por un aplauso cerrado y prolongado que la autora intenta abreviar haciendo señas a los presentes. La concurrencia, que es extraordinaria si se considera que hoy hay una huelga en el metro, hace calor y además juega la selección española de fútbol en un momento, comienza a gotear hacia la salida y tú te despides de todos y por un instante estás de nuevo frente a la escritora incómoda. “Que le vaya a usted bien”, te dice mientras estrecha tu mano. “Esperamos volver a tenerla pronto por Madrid”, le respondes, pero entonces Müller te mira con unos ojos que piden clemencia ante lo que claramente son las incomodidades que tiene que afrontar y que parecen resultarle excesivas. Te preguntas por el particular destino de Herta Müller, la lectura de cuya obra resulta molesta en el país donde nació y también fuera de él por su crítica a los totalitarismos del siglo XX. También te preguntas por esa incomodidad, que es la que se desprende del compromiso ético de su obra pero también de las circunstancias personales que la rodean y que parecen haberse precipitado sobre la autora como una lluvia de ranas tras la obtención del Nobel. Antes de que se marche le dices: “Una visita suya a Madrid sería muy agradable para nosotros pero quizás no tanto para usted, así que nos alegrará saber que está en Berlín y que está escribiendo”. En ese momento, por fin, la escritora sonríe y en su sonrisa, que se desdibuja cuando la autora abandona la sala rodeada de personas, hay una promesa. Entonces tú también sonríes y te vas a ver el fútbol o a hacer cualquier otra cosa de esas que tanto te gustan.


Publicado originalmente en Quimera 323. Barcelona, octubre de 2010.