septiembre 10, 2013

"La literatura actúa como una religión laica" / Una conversación con Patricio Zunini / Entrevista

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—Se nota, además, una recurrencia (¿otra obsesión?) en la forma en que se nombran varias veces y casi siempre de la misma manera a personajes y hechos.
—Esas repeticiones son un intento más o menos descarado de imitar el estilo de Thomas Bernhard, pero también funcionan de tal forma que permiten al narrador orientar la tensión de la lectura hacia aspectos irrelevantes del relato que adquieren una relevancia nueva cuando son señalados. Son magias menores de la literatura y no todas son conscientes para el autor. De hecho, la única razón por la que vale publicar textos es precisamente para que los textos sean leídos y regresen a ti, por decirlo de alguna forma, dotados de un sentido que no tenían cuando los produjiste. Recuerdo que una vez Elvio Gandolfo me dijo que le había gustado mi cuento "Dos huérfanos" (en la antología La joven guardia de Maximiliano Tomas) por la simetría que se daba entre la primera escena y la escena final, que era una especie de inversión de la primera. Yo veía algo que funcionaba en el cuento, pero no era en absoluto consciente de qué era y cuando regresé al texto después de lo que me había dicho Gandolfo vi que efectivamente era así, lo que supongo que viene a probar el hecho de que los autores somos los peores críticos de nosotros mismos debido a una especie de miopía por proximidad que hace que no podamos juzgar nuestras obras como podemos juzgar las de otros. 
—¿Incluso en el caso de que hubiera detrás un “proyecto literario”?
—La intención es, si acaso, el aspecto menos relevante de la literatura. Además, son los lectores quienes otorgan sentido a los libros. Y a menudo lo hacen de formas inesperadas para el autor, lo que supongo que tiene que ver con la potencia significante de la literatura, por no mencionar el hecho de que los libros significan cosas diferentes en lugares diferentes. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia fue publicado en varios países y, curiosamente, en cada uno ha significado cosas diferentes: en Italia ha sido leído en relación con el desgarramiento de la inmigración, que es una temática muy italiana y en la que yo no había reparado cuando escribí el libro; en Estados Unidos está siendo leído como una renovación de la literatura política latinoamericana ya no vinculada a un proyecto político específico; en España fue leída como autobiografía (cosa que en buena medida es), y en Argentina fue leída principalmente como una novela. Esto es singular, porque si alguien puede determinar la veracidad o la ficcionalidad de un relato como aquel es justamente un argentino. Que los argentinos lo tomasen como una ficción al tiempo que los españoles lo tomaban como un relato verídico dice mucho sobre la forma de leer de ambos países, pero también demuestra, una vez más, que mis intenciones tienen una importancia muy secundaria en relación a lo que se hace con los libros. Cada vez más tengo la impresión de que los textos funcionan como artefactos vacíos que el propio lector dota de sentido para que regresen al autor potenciados en su significación. Estoy convencido de que el texto es una especie de espejo que uno sostiene al lector y que lo que el lector contempla en ellos es su propio rostro.
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La entrevista, aquí.


Eterna Cadencia, 2 de agosto de 2013.